Descenso y ascenso: Todo es un entramado

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Meditación de Cabalá y Jasidut

De las enseñanzas del rabino Itzjak Ginsburgh

Uno de los “principios de fe” que aparecen en las enseñanzas de la Cabalá y el Jasidut, la dimensión interior de la Torá, es que cada descenso tiene el propósito de un ascenso posterior.    Nuestras almas descienden desde las alturas más elevadas de la existencia ante Dios, hasta las profundidades de este mundo corporal. Dios, en su bondad, nos envía en este peligroso viaje con un objetivo digno: el ascenso eterno alimentado por nuestro servicio aquí en este mundo.

Es bastante fácil entender esto con respecto al descenso del alma al cuerpo y al mundo material, ya que solo dentro del cuerpo el alma puede cumplir los mandamientos de Dios. Pero, ¿qué pasa con una persona que sufre un descenso tras otro y que, en lugar de aprovechar la oportunidad de cumplir los mandamientos en este mundo, continuamente cae y peca?

Con respecto al pecado de Adám, que es la causa y raíz de todos los pecados de la humanidad, los sabios se refieren al versículo: “Una gran trama sobre los hijos de Adam”,[2] explicando que, además de la elección humana, que puede llevar a lo bueno y la recompensa o el pecado y el castigo, también incluye una dimensión de maquinación Divina. Dios anticipa el pecado (y en cierto sentido hasta lo provoca a través de las circunstancias en que coloca a las personas), e incluso lo incluye en la vida junto con la muerte causada por él como parte del mismo descenso, cuyo propósito final es un ascenso. Por lo tanto, podemos identificar en cada pecado “un descenso con el propósito de ascender”. El descenso inevitable (por así decirlo) finalmente llevará al pecador a elevarse a un lugar donde solo el penitente puede llegar, la teshuvá, o sea el arrepentimiento y el retorno, lleva a la persona a un estado del ser que es más alto que el ocupado por aquellos que son justos consumados, tzadikim gmurim.

Sin embargo, el propósito final del descenso no siempre es el ascenso de la persona en cuestión. A veces, su descenso de su estado natural tiene como objetivo provocar el ascenso de otra persona, que está más profundamente hundido en el atolladero que él. Este es el significado de la enseñanza de los sabios sobre el rey David, que no estaba realmente predispuesto a caer en la historia con Batsheva, sino que cayó para abrir el camino a los pecadores y enseñar a otros cómo arrepentirse (llamado en sentido figurado, el yugo de arrepentimiento). [Los sabios enseñan el mismo principio con respecto al pecado del Becerro de Oro.

Así, grandes tzadikim caen de sus niveles excelsos (aunque de la manera más sutil) para conectarse con aquellos inferiores a ellos y elevarlos con ellos. Como está dicho “Los miembros de Tu Nación son todos tzadikim”, podemos entender que el alma Divina desciende a este mundo para lograr el ascenso y la rectificación del alma animal en la que está encerrada. Cada falla y cada caída que experimenta una persona están destinadas a provocar el ascenso de otros con él.

En un nivel más profundo, este descenso con el propósito de ascender no depende de lo justa que sea la persona que desciende o de la intensidad de su arrepentimiento para volver a ascender y llevar a otros con él. Más bien, aquí vemos una ley física y espiritual: la Tercera Ley del Movimiento de Newton establece que “Para cada acción hay una reacción igual y opuesta”. El descenso de un cuerpo necesariamente causará el ascenso de otro cuerpo. La Ley de Conservación de la Energía enseña que toda la energía espiritual que perdemos en nuestro descenso alcanzará a otra persona y generará un ascenso espiritual en él.

Esta perspectiva alivia a la persona de la sensación de sentirse estar en el centro del universo y también la libera momentáneamente del sombrío sentido de responsabilidad por su descenso y la tensión que le genera su obligación de arrepentirse, todo esto se hace muy difícil justamente en los bajos niveles de energía en que se encuentra a raíz del descenso. Así descubre la dimensión de la trama Divina positiva urdida por Dios: mi descenso fue por el bien de otra persona. ¡Fue el medio por el cual ascendió! Tomar conciencia de este fenómeno, junto con mi capacidad de anularme ante la Congregación de Israel o el colectivo y decidir perder mi nivel en beneficio del otro, es el camino hacia el mayor ascenso. Por mi mérito, mi descenso provoca un ascenso en un alma diferente a la mía. Pero además, en mérito de este ascenso yo también puedo retornar, puedo ascender con la otra alma e inspirar juntos un ascenso del mundo entero hacia Dios.


NOTAS

[1] Traducción: Jaim Frim y Voz, Edición del Video: Ángel Rodríguez, Foto de Daniel en Unsplash

[1] Salmos 66: 5.

[2] Salmos 66: 5.

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