SOÑAR FUERA DE LA CAJA

Una idea para pensar de la parashá miketz

Parashá Miketz: Iosef el Soñador y el Pensamiento

Te interesan los sueños, hay que darles el lugar que se merecen

Al final de la parashá anterior y al comienzo de miketz, el apodo que le dan los hermanos a Iosef, “el soñador“, adquiere un nuevo significado: Iosef se convierte en un hombre que solo sueña sueños proféticos, un intérprete profesional de sueños que interpreta milagrosamente los sueños de otros, específicamente, los sueños de los jefes de gobierno del Imperio egipcio, el faraón y dos de sus ministros.

La interpretación de los sueños de los egipcios de Iosef es un símbolo eterno de uno de los roles más importantes y profundos del judaísmo en relación con las naciones del mundo: nuestro destino es penetrar profundamente en sus visiones e ideas, capturar su significado interior y elevarlo a su raíz espiritual a través de la clarificación y la interpretación.

Las naciones del mundo tienen grandes sueños, y que están llenos de contenido y e ideas, sean sueños nocturnos o ensueños diurnos, que traducen en obras de arte, manifiestos sociales y similares. Pero al estar atrapados en ellos, no pueden comprender la profundidad de su significado. Así como el dueño de un milagro no reconoce su experiencia, con demasiada frecuencia el dueño del sueño no comprende su sueño. Se necesita una mirada de afuera, de “forastero”, del hebreo que viene del otro lado del río cultural, para despejarlo.

La Dimensión del Tiempo

El primer asunto interesante de la historia de Iosef como soñador, es que no interpreta sus propios sueños, sino que solo los cuenta como un testigo imparcial e inocente. Una de las razones de esto es que sus sueños necesitan menos explicación: las espigas de los hermanos y las estrellas inclinándose hacia Iosef, prácticamente hablan por sí mismos. Pero puede haber otra razón, y es que los sueños de Iosef deben permanecer sin explicación. Así como la Torá que recibirán los hijos de Israel tiene setenta caras, también sus sueños tienen muchas caras, y no se puede decidir por un significado en especial, sino que deben existir uno al lado del otro, al mismo tiempo.

Esto contrasta con los sueños egipcios, para los que Iosef ofrece interpretaciones claras y sin ambigüedades. Aparentemente, aquí la historia es diferente: aunque los sueños de los egipcios no son menos proféticos que los de los hebreos, se perciben como tales, y de los que se debe extraer un mensaje y una conclusión absolutos e incluso prácticos.

¿Cómo se las arregla Iosef para descifrar los sueños de los egipcios? Si uno examina todas sus interpretaciones, puede identificar un denominador común claro: iosef descifra el código del sueño agregando una dimensión: la dimensión del tiempo. Los sarcillos de la vid y las cestas de los ministros son tres días, y las siete vacas y las espigas del Faraón son siete años. Estas interpretaciones no están necesariamente justificadas por los sueños. Según los sabios, los brujos del faraón ofrecían otras interpretaciones para las vacas y los cultivos, y no veían unidades de tiempo sino entidades que coexistían, como los siete reinos que el faraón conquistaría o las siete hijas que le iban a nacer y morir, y cosas por el estilo.

¿Cuál es el significado de agregar la dimensión del tiempo? Cuando se agrega otra línea a una línea unidimensional, se crea un plano bidimensional, y cuando se agrega otra línea al plano se crea un espacio tridimensional. En cualquiera de estos casos, la nueva dimensión hace salir del sistema existente, penetra en él y lo eleva a un orden superior. Según esto, agregar una dimensión es una especie de parábola de pensar fuera de la caja, la mente lateral creativa que tiene el poder de penetrar la caja e iluminarla con una nueva luz.

La imagen de pensar fuera de la caja, un objeto tridimensional, es particularmente apropiada para agregar la dimensión del tiempo al espacio. Egipto es comparado con un gran útero que nos alimentó e hizo crecer, hasta el nacimiento en el Mar Rojo; De la misma manera se puede pensar en el mundo onírico de los egipcios como una especie de espacio mental, que en virtud de la dimensión del tiempo penetra y pasa a él. El espacio sin tiempo es inerte. El tiempo le da vida al espacio. Convierte las piezas del juego esparcidas una al lado de la otra en etapas del proceso que aparecen una tras otra, generando así dirección, movimiento y propósito.

Esto también explica por qué Iosef propuso un plan de acción práctico en el contexto de los sueños del Faraón (tomar a un hombre sabio y prudente que recolectaría toda la comida de los años buenos y los guardaría para los años de hambruna, etc.), aunque nadie se lo pidió: una vez que empezamos a interpretar las cosas en términos de Tiempo y Procesos, ingresamos en un estado de conciencia del progreso, el pensamiento práctico y la solución de problemas.

Tiempo y alma

Pero ahora surge una nueva pregunta: ¿Cómo supo Iosef qué unidades de tiempo estaban en cuestión cada vez? ¿Cómo supo interpretar los sarcillos y las cestas como señales específicamente para días, mientras que las vacas y la espiga como señales de los años?

Aquí hay otra dimensión que Iosef incorporó en la interpretación de los sueños: la dimensión del alma. Iosef vio en sueños no solo visiones Divinas que descendían directamente del cielo, sino una luz envuelta en los recipientes de la conciencia del soñador y recibiendo su forma. Conocer la identidad de las almas protagonistas en la realidad fue fundamental para comprender sus sueños y su significado. En el caso de los ministros, Iosef entendió que se caracterizan relativamente por la “mente estrecha”: tienen una ‘cabeza pequeña’, que piensa en el corto plazo, y por lo tanto tiene sentido que se les hable desde el cielo en términos de días. El faraón, por otro lado, tiene una relativa “grandeza mental”: el futuro del reino descansa sobre sus hombros, como también el destino de masas de personas, y por lo tanto es probable que los sueños le hablen en términos de años, no de días.

La idea de que el alma es una dimensión se origina en el “Libro de la Formación”, Sefer Ietzirá, el antiguo libro de Cabalá. Allí se explica que la realidad consta de cinco dimensiones: las tres dimensiones del espacio, dentro de ellas la dimensión del tiempo, y dentro de ella una misteriosa quinta dimensión – la dimensión de la mente o conciencia. Según esta estructura, el tiempo es una especie de memutzá hamejaber, “intermediario que conecta” entre el espacio y la mente. Mientras que el espacio es completamente objetivo y la mente es completamente subjetiva, el tiempo toca y comparte ambos: en el lado ‘externo’ pertenece al universo físico, parte de la ‘secuencia del espacio y tiempo’, y en el lado ‘interno’, está estrechamente relacionado con la conciencia humana, que ‘viaja’ en el tiempo y lo experimenta como que transcurre desde el pasado hacia el futuro. Cuando Iosef incluyó la dimensión del tiempo en los sueños de los egipcios, fue a través de ello que llegaría al punto principal: entrar en su espacio mental y tocar el punto interior que los tiene ocupados, lo que se encuentra dentro de sus corazones.

En el siglo XIX la física reconoció el tiempo como una dimensión, pero el reconocimiento de la dimensión psíquica, Nefesh, sigue siendo del dominio de los místicos y científicos marginales que trabajan fuera del establishment, en resumen, de los soñadores de todo tipo. El mundo está esperando que un nuevo Iosef nos lleve al día en que todos nos encontraremos como dice el rey David “seremos como soñadores”, en el que reconoceremos que en todo late un alma: nuestra propia alma, el alma del mundo y el alma de que “Habló y el Mundo fue.”

Una idea para pensar en Januca: cuando los griegos profanaron el Templo, una pequeña vasija de aceite sellada con el sello del sumo sacerdote desapareció de su vista. Esta jarra fue descubierta como lo poco que contiene lo mucho: milagrosamente se almacenó en ella un aceite que fue suficiente para encender la lámpara del templo durante ocho días. A partir de este tipo de maravilla, nos descubrimos ante nuestros ojos cada Jánuca en la acción de agregar cada día una vela más al lado de la otra.

Y he aquí, la vasija de aceite simboliza las dimensiones del tiempo y el alma escondidas en el espacio, y desapareciendo de los ojos que solo buscan lo externo. Para descubrir esas dimensiones debemos adquirir y acomodar nuestros ojos interiores, atentos a los procesos ocultos de la realidad, que ocurren debajo de la superficie. Cuanto más profundicemos nuestra visión y los pidamos, más los veremos revelarse y desplegarse ante nosotros de una manera que vaya agregando luz.

Nir Manusi Rabino Itzjak Ginsburgh – Instituto Gal Einai

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