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Parashá de la Semana

Dulcificando las Aguas

Después de la división del mar, los Hijos de Israel llegaron a un lugar llamado Mará (literalmente, “amarga”, en hebreo) y se quejaron del agua amarga. Dios le mostró a Moshé un árbol que Moshé arrojó al agua, “y se dulcificaron las aguas.” (וַיִּמְתְּקוּ הַמָּיִם, vaimtekú hamaim)[1]

Inmediatamente después de este episodio, la Torá dice:

“Y Él dijo: “Si escuchas la voz de Havaiá tu Dios y haces lo recto ante sus ojos y escuchas sus mandamientos y guardas todas sus leyes, toda la enfermedad que he puesto sobre Egipto, no la pondré sobre vosotros, porque yo soy Havaiá, vuestro sanador”.

Este episodio tan importante contiene es el único ejemplo de dulzura que se encuentra en todo el Pentateuco. También es la primera y una de las referencias más importantes a la palabra “curación” (רְפוּאָה, refuá) en la Torá, creando así un vínculo especial entre curar y endulzar.

La verdadera curación es capaz de endulzar la amargura de la realidad. De hecho, la palabra hebrea para “curación” se usa en el sentido de endulzar el agua en un episodio paralelo que se encuentra en el libro de los Reyes, donde el profeta Elisha endulza las malas aguas de Ierijó: “Así dice Dios: ‘Yo sano esta agua. ¡ya no vendrán de él muerte ni duelo!’”[2] En ese caso, Elisha endulzó las aguas echándoles sal, pero el árbol que Moshé arrojó a las aguas amargas de Mará era amargo en sí mismo. Los sabios[3] describen el uso de lo amargo para endulzar lo amargo como el tipo de sanación que es Divina. La curación “de igual por igual” de esta manera es incluso considerada un principio médico por ciertos métodos de curación como la homeopatía.

Dos tipos de curación

La promesa de Dios en Mará termina con las palabras: “Toda la enfermedad que he puesto sobre Egipto, no la pondré sobre ti, porque yo soy Havaiá, tu sanador”. Los comentarios hacen una pregunta simple: si Él promete que no habrá enfermedades, ¿por qué Dios necesita sanarnos?

El Rebe Simja Bunim de Pshisja respondió a esta pregunta de la siguiente manera. Encontramos que las plagas sobre Egipto se describen en Ishaiahu como “Dios afligirá a Egipto, afligirá y sanará”[4] (וְנָגַף הוי’ אֶת מִצְרַיִם נָגֹף וְרָפוֹא). El Zohar[5] explica que las palabras “afligir y sanar” no deben entenderse como si sucedieran secuencialmente. No es que las plagas afligieran a los egipcios y, posteriormente, Dios sanó a los hijos de Israel. Más bien, cada una de las plagas que azotaron a Egipto fue al mismo tiempo una fuente de sanidad para Israel. Cada plaga afligió simultáneamente a Egipto y liberó a los Hijos de Israel de la impureza de Egipto. Aunque esta es una curación formidable, dice el Rebe Simja Bunim, aún no es perfecta, porque al final de este proceso, aunque el mal (Egipto) y el bien (Israel) han sido separados, todavía están uno al lado del otro. Ese era el estado de las cosas hasta que Dios dijo: “toda la enfermedad que he puesto sobre Egipto, no la pondré sobre ti”, lo que significa que ya no te sanaré por medio de la aflicción o enfermedad que traigo sobre Egipto, en cambio, de ahora en adelante, “Yo soy Havaiá, tu sanador”. Te sanaré completamente con la infinita bondad amorosa que representa el Nombre esencial, Havaiá.

Inicialmente, la atención se centró en separar el bien del mal. El mal todavía existe, pero podemos y debemos separarnos de él. Sin embargo, después de la División del Mar Rojo y la Canción del Mar, podemos elevarnos a un nivel más elevado de dulzura, por el que la amarga realidad se cura y se endulza por completo y ya no hay necesidad de aflicciones.

El endulzamiento completo es el destino mesiánico, que el Zohar[6] describe como “transformar la oscuridad en luz y el sabor amargo en dulzura”. Este estado es descrito alegóricamente por el profeta[7] como aguas que saldrán del Monte del Templo y endulzarán las aguas malas y amargas. Rabino Itzjak Ginsburgh – Instituto Gal Einai – www.Galeinai.org


[1] Éxodo 15:25.

[2] Reyes II 2:21.

[3] Mejilta en el verso, en nombre de Rabí Shimón ben Gamliel.

[4] Ishaia 19:22.

[5] Zóhar 2:36a.

[6] Ibídem. 1:4a.

[7] Ezequiel 47:8.

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