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El más elevado nivel de bendición.

se oculta dentro de una severa reprensión

En Parashat Vaiejí, “Y vivió”, Iaacov reúne a sus hijos para hablar con ellos antes de su muerte. Aunque la alocución de Iaacov normalmente se conoce como las bendiciones que dio a sus hijos antes de su muerte, sus primeras palabras no suenan para nada como una bendición. De hecho, las primeras tres tribus sufren una severa reprimenda de Iaacov. Le dice: Rubén, “Impetuoso como las aguas, no serás privilegiado, pues subiste al lecho de tu padre…”, es decir, a causa de su pecado impetuoso has perdido todos los privilegios a los que tenías derecho como hijo primogénito. 

Iaacov se dirige entonces a Shimón y a Leví, diciendo: “Shimón y Leví son hermanos, los instrumentos usurpados son sus armas. Que mi alma no entre en su consejo… maldito su furor porque es poderoso, y su ira, porque es dura. Los separaré en Iaacov, y los dispersaré en Israel”.

Al escuchar cómo su padre decidió comenzar su discurso a sus hermanos mayores es comprensible que Iehudá el cuarto hijo de Iaacov no se atreva a acercarse a Iaacov y recibir su parte. Iehudá es plenamente consciente de que hay una buena razón para que Iaacov lo reproche como a sus hermanos. Como Rashi comenta: “Porque [Iaacov] reprendió a los primeros con su reprimenda, Iehudá comenzó a retroceder hasta que Iaacov lo llamó de nuevo con palabras de apaciguamiento: ‘Iehudá, no eres como ellos’”, lo que implica que a partir de ahora ya no hay más reprimenda sino sólo bendición.

Sin embargo, los sabios nos enseñan que en realidad Iaacov bendijo a todos sus hijos como subraya el verso final: “Todos ellos fueron las doce tribus de Israel y esto fue lo que su padre les dijo y los bendijo, a cada uno de acuerdo con su propia bendición los bendijo.” 

Rashi se detiene en este punto: “¿Podría ser que [Iaacov] no bendijo a Reubén, Shimon y Levi?” Y responde: “El versículo nos enseña ‘y los bendijo’, insinuando que fue a todos ellos”. Esto también es evidente en el estilo especial de Iaacov de hablar poéticamente de celebración a todos sus hijos. Las palabras de apertura de Iaacov a Reubén son palabras de alabanza: “Reubén, tú eres mi primogénito, mi fuerza y el principio de mi vigor, destacado en rango y superior en poder.” Si no hubiera seguido el siguiente versículo esto sería una gran bendición. Cuando Iaacov se vuelve hacia Shimón y Leví, se refiere a ellos como “hermanos”, lo que indica algo positivo, su amor fraternal que se hizo evidente cuando rescataron a Diná: “Shimón y Leví, los hermanos de Diná”. Rashi explica allí: “Debido a que la defendieron son llamados sus hermanos”.

¿Qué bendición recibieron estos tres hijos de su padre?
Se podría explicar que, además de la reprimenda documentada en el texto de la Torá Iaacov añadió una bendición indocumentada a las tres primeras tribus. Sin embargo, esta explicación es poco plausible y lo más probable es que todas las bendiciones están en realidad escritas allí mismo, en la Torá. Todo lo que tenemos que hacer es leer entre líneas, y podremos encontrar la bendición en los versos mismos.


La bendición dentro de la reprimenda

La verdad es que la bendición está oculta dentro de la misma reprimenda. En primer lugar, la motivación interna de un verdadero reproche es un “gran amor”. Este es el caso de un padre amoroso, y también es cierto para el mismo Todopoderoso, quien nos reprende con amor, como lo encontramos en Proverbios; “Porque al que Dios ama, lo reprende, como un padre que cuida a su hijo.” El Malbim explica que “reprender es una señal de amor.” Esto es cierto de un padre amoroso, y es cierto del mismo Todopoderoso, quien nos reprende con amor, como encontramos en Proverbios, “Porque el que Dios ama, Él reprende y como un padre apaciguará a Su hijo”. Los padres amorosos saben que a veces deben reprender a su hijo por su propio beneficio para educarle a fin de que perfeccione sus caminos. Una traducción literal de otro versículo en Proverbios dice: “Mejor es la reprensión revelada [cuando viene] del amor oculto”. Los padres que nunca reprenden a sus hijos, les causan daño, como lo expresa el versículo: “El que detiene su vara, aborrece a su hijo, y el que lo ama, pronto lo reprende”. Esto lo vemos en la negligencia del rey David al reprender a su hijo Adoniá: “Su padre nunca le molestó diciéndole: ‘¿Por qué hiciste eso?'” Una cierta medida de castigo define los propios límites. Los sabios describen de manera similar cómo Dios castigó al mundo para que se elevara.

Desde una perspectiva más profunda, Jasidut describe dos niveles de bendición. Las bendiciones normales son explícitas y se comunican abiertamente, pero hay bendiciones especiales que deben permanecer ocultas a veces dentro de palabras duras de crítica.La fuente de una bendición oculta es más elevada que la de las bendiciones reveladas. Lo que se nos aparece como sufrimiento es producto de la abundancia que emana del mundo oculto. Tal profusión no puede ser revelada en nuestro mundo en forma de una bendición directa. Como tal, una dificultad es una expresión aún más profunda de la cercanía de Dios hacia nosotros: “Feliz el hombre a quien Dios aflige”. Cuando el Todopoderoso aflige a un individuo con dificultades, debe aceptarlo con ecuanimidad.

Esta idea ciertamente no es una píldora fácil de tragar para el individuo que sufre, pero desde un punto de vista objetivo, la reprensión en sí misma es una bendición, como un padre que dice: “Amo tanto a este hijo desobediente que tengo que regañarle por sus acciones.” La reprensión tiene el poder de endulzar los juicios severos desde su origen, trayendo finalmente bendiciones infinitas.

El Talmud relata que Rabi Shimón bar Iojai una vez envió a su hijo Elazar a pedir la bendición de dos sabios. Elazar se sorprendió al escuchar sus palabras que le sonaron como lo opuesto a las bendiciones. Rabí Shimón bar Iojai le explicó que la intención de los sabios en realidad era bendecirlo profusamente (por ejemplo: cuando dijeron “Sembrarás pero no cosecharás” su intención era “Tendrás hijos y no los verás morir”). Del mismo modo hay muchas historias que relatan cómo un jasid se salvó de algún mal debido a una reprimenda de su Rebe. Los jasidim saben que si el Rebe los castiga es una ocasión alegre.

Uno de esos casos extremos se relata sobre el justo Rebe Baruj de Mezhibuzh, el nieto mayor del Baal Shem Tov, quien era famoso por su severidad:

Era la sagrada costumbre del Rebe Baruj de Mezhibuzh hacer que la vida de sus estudiantes fuera una miseria. Regañaba con enojo a cualquiera que viniera a estudiar Torá de él. Interpretaba la frase: “Y las almas que hizo en Jarán(חָרָן) para referirse a “aquellas almas que uno rectifica en su ira (חֲרון אַף) … Una vez, mientras se sentaba a comer un hombre rico entró en su casa y el Rebe Baruj comenzó a vociferar contra él e incluso ordenó a sus ayudantes que lo echaran fuera de la casa. El yerno del Rebe Baruj, el Rebe Abraham Dov de Chmelinik, que estaba presente en ese momentole preguntó al Rebe Baruj cómo justificaba tal comportamiento a la luz de la prescripción: “Quien avergüenza a su amigo en público…”, respondió el Rebe Baruj: “¿Por qué no completas la oración?– ‘…no tiene parte en el Mundo Venidero’? Vi que había juicios severos que se dirigían hacia ese hombre y al humillarlo anulé todos los juicios que pesaban sobre él. ¿Cómo podría no renunciar a mi parte en el Mundo Venidero para salvar a otro judío?”

Un método tan severo solo puede ser adoptado por unos pocos. Nosotros las personas simples no podemos aplicarlo. Esta historia nos enseña que el castigo y la severa reprensión pueden provenir de una forma profunda de amor. Cuando el Rebe Baruj falleció encontraron el Zohar abierto en la página que dice: “Hay ira y hay ira. Hay ira que es bendecida arriba y abajo y se llama bendita”, enseñándonos que el Rebe Baruj, cuyo nombre significa “Bendito” (בָּרוּךְ) era fiel a su nombre, fue bendecido y transmitió bendición. Su ira y reprensión fueron meras vestiduras para la gran bendición que otorgó al mundo.

Podemos ilustrar esto con una alusión numérica. El valor numérico de “bendición” (בְּרָכָה, brajá) es 227 y el valor numérico de “reprensión” (תּוֹכֵחָה, tojajá) es 439. Su suma es 666, que es 3 veces 222, el valor numérico de la raíz de tres letras de “bendición” (ב-ר-ך). Este verbo aparece tres veces en el versículo final de las bendiciones de Iaacov a sus hijos: “Y los bendijo, a cada uno según su propia bendición los bendijo”. Los valores numéricos de los tres verbos que aparecen en el versículo, “habló” (דִּבֶּר, diber), “bendijo” (וַיְבָרֶךְ, vaibarej) y “bendecir” (בֵּרַךְ, birej) son 206, 238 y 222, respectivamente. La suma de estos tres valores numéricos también es 666, o 3 veces “bendecir” (בֵּרַךְ), enseñándonos que todo fue una bendición.

Iehuda, Dan y Asher

Con referencia a la bendición de Iaacov a sus hijos, el Zohar relata:

Un día, Rabi Iehuda y Rabi Iosi estaban sentados a las puertas de Lod. Rabi Iosi le dijo a Rabi Iehuda: “Hemos visto que Iaacov bendijo a sus hijos con las palabras: ‘Y les bendijo’, pero ¿dónde está su bendición? [Rabí Iehuda] respondió: Todas estas son las bendiciones que les bendijo, tales como ‘Iehuda ahora tus hermanos te reconocerán’, ‘Dan juzgará a su pueblo’, ‘De Asher rico pan’, y así sucesivamente con todos ellos…”

El Zohar continúa explicando la gran bendición en las palabras de Iaacov a Reubén, Shimón y Leví como hemos explicado. La bendición está presente en las palabras de reprensión si leemos los versículos correctamente.

¿Por qué Rabi Iehuda eligió las bendiciones de estas tres tribus para ilustrar que todas son bendiciones? Podría haber mencionado a cualquiera de las otras tribus que recibieron bendiciones.

Los nombres de las doce tribus estaban grabados en las piedras del pectoral que el Sumo Sacerdote usaba en el Templo. Estaban ordenados en cuatro filas, cada una de las cuales contenía tres piedras preciosas. La primera fila de tres gemas correspondía a Reubén, Shimón y Leví, la segunda fila a Iehuda, Isajar y Zebulun, la tercera fila a Dan, Naftalí y Gad, y la cuarta fila a Asher, Iosef y Biniamín. Esto sigue el orden cronológico de nacimiento de en las cuatro esposas de Iaacov: primero los hijos de Lea según su orden de nacimiento, seguidos por los hijos de las siervas según su orden de nacimiento y, por último, los hijos de Rajel.

Las tres tribus que mencionó Rabi Iehuda fueron las que aparecieron en la primera fila.

La Bendición Oculta en Atzilut (el Mundo de Emanación)

Las cuatro filas del pectoral corresponden a los cuatro “Mundos” espirituales: Atzilut (Emanación), Beriá (Creación), Ietzirá (Formación) y Asiá (Acción). Los tres Mundos inferiores de Beriá, Ietzirá y Asiá manifiestan bendiciones de una manera revelada que es intelectualmente tangible. El Mundo más elevado de Atzilut (el Mundo de Emanación) es un Mundo Divino de absoluta bondad y unidad. Por esa misma razón está más allá de nuestra comprensión. La fila superior del pectoral que representa a Reubén, Shimón y Leví es la fila que corresponde a Atzilut. Atzilut está repleto de una bendición tan extraordinaria que cuando desciende a la realidad mundana, se manifiesta como una dura reprensión.

El objetivo es que toda bendición se sienta como buena. No debería haber necesidad de ocultarlo bajo una fachada de reprensión. Este objetivo será patente en la redención final, que Iaacov deseaba revelar a sus hijos. Él dijo: “Reúnanse y les diré lo que les sucederá al final de los días”. Rashi explica: “Él deseaba revelarles el curso de la redención final, pero la Presencia Divina le dejó y comenzó a decir otras cosas”. Si Iaacov hubiera revelado la redención final, no habría habido necesidad de reprender a sus tres hijos mayores. Sin embargo, la Presencia Divina lo abandonó y la redención final quedó fuera de su alcance. En nuestra situación actual, es imposible revelar la gran bendición otorgada a esas almas desde Atzilut. Mientras estemos en un estado de exilio, la reprensión domina y la bendición permanece oculta. Apropiadamente, el valor numérico de “exilio” (גָלוּת) 439 es también el valor de “reprimenda” (תּוֹכֵחָה).

Una vez que llegue la redención toda reprimenda será endulzada y la bendición escondida será revelada. Reubén, Shimón y Leví y todos los hermanos son bendecidos “Cada uno según su propia bendición, los bendijo”.

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