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En los capítulos anteriores aprendimos acerca de la importancia de la comunicación sincera, centrada en las necesidades del estudiante. Otro principio de la comunicación que debe gobernar las relaciones maestro-estudiante es la ilusión de que la severidad en la comunicación, tales como gritar o llevar a las lágrimas al estudiante, es una técnica educativa ilegítima.

(Mientras que la recompensa y el castigo tienen su lugar en la educación y serán discutidos en extenso en el séptimo y último prerrequisito, sin embargo, una filosofía educativa no debería institucionalizar o glorificar la severidad como un medio de comunicación. No hay aquí una contradicción. La severidad como metodología empleada para brindar enseñanza es un grave error, mientras que la recompensa y el castigo pueden ser utilizados según la necesidad de corregir la comprensión y la internalización de dicha enseñanza.)

Los resultados aparentemente dramáticos derivados de emplear medidas severas se marchitan rápidamente, mientras que el crecimiento inspirado por el amor y la gentileza, perdura. A veces el maestro ve que uno de sus estudiantes necesita un sacudón para sacarlo de un sendero en particular. Aunque esta evaluación puede ser verdadera, sin embargo, el estímulo motivador (si se desea que sea efectivo por largo tiempo) debe provenir del interior del estudiante. El maestro, en su impaciencia y entusiasmo, no debe sacudir al estudiante, más bien debe permear su corazón con gotas tras gotas de luz, amor y Torá. Lentamente, esta infusión de luz creará una disonancia interior que eventualmente erupcionará en la forma de un sacudón interior, que impulsará al estudiante a salir de ese camino.

Un maestro que imagina que su angustia e impaciencia son en aras del máximo bien del estudiante, está racionalizando su propia falta de control. Su rigor puede parecer forzar el crecimiento y el aprendizaje, pero sus efectos son efímeros, porque al final el estudiante retendrá poco, sino nada, de los beneficios e incluso se podrá volver tosco e insensible en el proceso. Tal educador está realmente poniendo su propio impulso de gratificación inmediata (esto es, su necesidad de ver resultados y su propensión a la liberación emocional) por sobre los intereses educacionales de sus estudiantes. No tendrá éxito en sus enseñanzas e incluso puede causar más daño que beneficio.

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