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Rabí Dov Ber (que más tarde sería conocido como el Maguid de Mezritch) oyó hablar del gran santo Rabi, el Baal Shem Tov; que muchas personas viajaban a él y que realizaba grandes y asombrosas obras a través de sus oraciones. Su interés se avivó. Rabí Dov Ber era un gran erudito, experto en todo el Talmud y los poskim, y tenía un amplio conocimiento de la sabiduría de la Cabalá. Decidió visitar al Baal Shem Tov para ponerle a prueba. Rabí Dov Ber fue un gran adepto a sus estudios. Tan pronto como estuvo en el camino por uno o dos días y no pudo continuar sus estudios como podía hacerlo en casa, comenzó a lamentar su viaje.

Cuando finalmente llegó al Baal Shem Tov, esperaba escuchar Torá de él, pero el Baal Shem Tov le contó una historia en su lugar. Relató cómo viajó durante varios días sin que le quedara pan para dar a su cochero no judío, y luego apareció un pobre no judío con un saco de pan del que compró pan para mantener a su cochero, y otras historias similares. Luego, en el segundo día, Rabí Dov Ber visitó nuevamente al Baal Shem Tov, y el Baal Shem Tov le contó sobre otro incidente en el que en su viaje no le quedaba heno para alimentar a los caballos, y como providencialmente encontró un poco, y así sucesivamente.

Todas las historias que contó el Baal Shem Tov contenían una profunda y gran sabiduría para aquellos que entendían. Sin embargo, Rabí Dov Ber no comprendió esto, y, por eso, cuando regresó a su posada, le dijo a su sirviente: “Me hubiera gustado partir hacia nuestra casa hoy mismo, pero como está muy oscuro, nos quedaremos aquí hasta la medianoche, cuando salga la luna y aparezca su luz, y luego emprenderemos nuestro camino”.

A medianoche, cuando Rabí Dov Ber se preparaba para partir, el Baal Shem Tov envió a su sirviente a llamarle. Rabí Dov Ber fue a ver al Baal Shem Tov, quien le preguntó: “¿Eres capaz de aprender?” Él respondió: “Sí”. El Baal Shem Tov dijo entonces: “Así que he oído que ustedes saben cómo aprender. ¿Tienes conocimiento de la sabiduría de la Cabalá?” Él respondió: “Sí”. El Baal Shem Tov le dijo a su sirviente: “Tráeme el libro Eitz Jaim (escrito por el Arizal)”. El Baal Shem Tov señaló entonces cierto pasaje del Eitz Jaim a Rabí Dov Ber.

Rabi Dov Ber respondió: “Lo tomaré para examinarlo y reflexionar”. Después, le explicó al Baal Shem Tov el simple significado de ese pasaje, a lo que el Baal Shem Tov dijo: “No sabes nada”. Rabí Dov Ber lo revisó de nuevo y reiteró al Baal Shem Tov: “La interpretación correcta es la que he expuesto. Si hay otra interpretación de mayor significado, por favor dígamelo, y discerniré con quién está la verdad”.

El Baal Shem Tov le dijo: “Ponte de pie”, y él se puso de pie. Mientras recitaba el pasaje, que contenía varios nombres de ángeles, la casa se llenó inmediatamente de luz, y el fuego pareció arder a su alrededor. Percibieron físicamente a los ángeles mencionados.

El Baal Shem Tov le dijo entonces a Rabí Dov Ber: “Es cierto que la interpretación literal es como tú dijiste, pero tu aprendizaje carecía de alma”. Al instante, Rabí Dov Ber instruyó a su sirviente para que regresara a casa, mientras él se quedaba con el Baal Shem Tov para aprender una profunda y gran sabiduría.

(Keter Shem Tov §424)

Después de todos los desafíos, el maestro y el estudiante formaron un profundo vínculo de amor. Pero, ¿por qué el Baal Shem Tov creó inicialmente una impresión tan tosca y extraña? Sin duda, no quería alejar a los que se acercaban a él. Puede decirse que esto fue a la manera de “la mano izquierda rechaza”, lo que lleva a “la mano derecha acerca”. Sin embargo, aun así, queda la pregunta: ¿por qué concretamente de una manera tan inusual?

En el encuentro entre el Baal Shem Tov y el Maguid, convergieron dos enfoques para servir a Dios: los no judíos y los caballos representan el carácter general de este mundo, el cuerpo y el alma animal, tal como la experimentaron los judíos en esos tiempos y lugares. Frente a esta representación, el Maguid sintió un gran distanciamiento, mientras que el Baal Shem Tov se sentía a gusto en ella. Antes del Baal Shem Tov, el camino principal en el Servicio Divino consistía en someter y conquistar la dimensión física. En contraste, el Jasidut buscaba revelar la Divinidad que brilla dentro del cuerpo y extraer de él grandes poderes para el servicio a Dios. Si erradicamos el cuerpo lo mejor que podemos y dejamos que el alma actúe de acuerdo con su naturaleza Divina, no habremos ganado nada: el alma pura permanece desligada de lo físico, tal como era antes de que comenzara todo el proceso. Los mundos físicos fueron creados para elevar aún más el alma, a un nivel superior que es inalcanzable excepto a través del cuerpo y por medio de él. El descenso del alma al cuerpo es “un descenso con el propósito de un ascenso”.

En otra versión del primer encuentro del Maguid con el Baal Shem Tov, se relata que “el Maguid ayunó siete u ocho veces consecutivas de Shabat a Shabat y enfermó gravemente”, y su razón para visitar el Baal Shem Tov era buscar curación. Cuando conectamos las dos versiones, aprendemos que, en las historias de los no judíos y los caballos, el Baal Shem Tov tenía como objetivo desafiar el enfoque del Maguid para servir a Dios, un camino que deja el cuerpo y el alma animal en la oscuridad, sin hacer realmente una morada para lo Divino en los reinos inferiores. Esta profunda sabiduría, oculta en las historias que contó, pone de relieve cómo el método anterior del Maguid le llevó a su enfermedad, ya que la luz de su Torá no iluminó su cuerpo. Además, debido a este enfoque, su Torá era como un cuerpo sin alma; cuando el cuerpo y el alma no están integrados en el trabajo espiritual activo, ni siquiera el estudio de la Torá logra esta unidad.

De hecho, el alma sólo puede captar la revelación de la Divinidad en la Torá a través de su apego al cuerpo. A pesar de todos los defectos y limitaciones de la existencia física, se explica que, en un cierto sentido limitado pero profundo, el cuerpo se asemeja a una de las cualidades más esenciales de Dios: “Su existencia es independiente de cualquier otra cosa”, metziutó meatzmutó (מְצִיאוּתוֹ מֵעַצְמוּתוֹ). El cuerpo también transmite a su entorno que su existencia proviene de si mismo, como si fuera independiente de todo lo demás. Por supuesto, esto es una completa ilusión. Este punto debe aprenderse del cuerpo, y de él se puede extraer la inspiración y la dirección para servir a Dios y comprender las palabras de la Torá.

Si profundizamos, podemos preguntarnos ¿cuál es exactamente el alma que faltaba en el aprendizaje del Maguid? Generalmente, se dice que el Baal Shem Tov vino al mundo para revelar los secretos de la Torá y hacerlos accesibles a todos. Esto es cierto, pero estos secretos de la Torá son algo más que simples interpretaciones que antes eran desconocidas. Representan una cualidad diferente del estudio de la Torá, un enfoque que le da un sabor completamente distinto al propio estudio y al servicio a Dios en general.

A partir de las enseñanzas del Baal Shem Tov, se desprende que su enfoque se centra en el amor y el temor de Dios. Estos deben acompañar todo estudio de Torá y servir como alas que le permitan elevarse: “Una Torá sin temor y amor no asciende a lo alto”.[1] Puede decirse que esta revelación fue el eje principal de lo que el Baal Shem Tov se propuso enseñar a lo largo de su vida.

Reconocer la Divinidad en el cuerpo y en el mundo trae elevadas percepciones y santidad a las simples experiencias de una persona. Naturalmente, la presencia del temor y del amor en el alma depende del grado de su reconocimiento de la realidad de Dios como estando verdaderamente ante sus ojos. Sólo a partir de una realidad clara pueden desarrollarse emociones genuinas y firmes, como las que pueden animar las palabras de Torá y elevarlas al Cielo Arriba.


[1] Tikunei Zohar 10 (25b). Tania, cap. 41.

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