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Ser sensible a la mentalidad cambiante de cada generación, con su cosmovisión científica en constante renovación que también conlleva un cambio cultural, requiere de realizar adaptaciones en el trabajo de la meditación jasídica o Hitbonenut. A diferencia del estudio, cuyo objetivo principal es recopilar conocimientos y comprender el contenido que se encuentra en los libros, el objetivo de la Hitbonenut es interiorizar las cosas en la mente y el corazón: “Ten presente hoy y asienta en tu corazón que Havaiá es Dios en los cielos arriba y sobre la tierra abajo, no hay otro”[1]; el objetivo es que las cosas se asienten en la mentalidad de la persona que medita, en su conciencia y experiencia.[2] Por lo tanto, la meditación debe ser fascinante para el individuo contemporáneo y adecuada a su visión del mundo. De tal manera, para continuar con la tradición de la meditación de Jabad, debemos ofrecer una meditación profunda que se adapte a la percepción de la realidad de nuestra generación.

Si bien en el pasado estaba claro que “la definición de ‘mundo’ [olam] se refería específicamente al espacio y el tiempo”,[3] la cosmovisión científica actual se ha ampliado para incluir también la energía y la masa. Como se explica extensamente en otro lugar,[4] la estructura fundamental del Nombre esencial de Dios, Havaiá, en nuestra generación es,

iudtiempo
heiespacio
vavenergía (fuerza)
heimasa (materia)

El tiempo y el espacio corresponden a la sabiduría y el entendimiento, jojmá y biná, ya que son como “dos compañeros que nunca se separan”[5] (tal como se perciben en el panorama científico actual, incluiyendo la teoría general de la relatividad de Einstein, como dimensiones de un único continuo espacio-tiempo)[6] son el reino relativamente oculto de la realidad, cuyos límites y sustancia son desconocidos. Por otro lado, la energía y la materia (que Einstein unificó con su universalmente famosa ecuación[7] E = mc2) corresponden a la parte revelada de la realidad, ya que son fácilmente vistas y experimentadas por nuestros sentidos físicos.

Hay un salto entre etapas en este modelo de cuatro niveles del universo. Entre el tiempo y el espacio hay un salto similar a una contracción. El tiempo/sabiduría constituye el “principio de la revelación”[8] de la nada a la existencia; es el comienzo de la revelación de “[sabe que] de la nada has venido”[9], meain batá (מֵאַיִן בָּאתָ). Es esta “nada” (אָיִן, ain) que se revela al “sabio que ve lo que será traído a la existencia”[10], jajam haroé et hanolad (חָכָם הָרוֹאֶה אֶת הַנּוֹלָד) el eterno surgir de la existencia a partir de la nada.[11]

El espacio/entendimiento es considerado el “principio de la realidad”,[12] es decir, constituye “la posibilidad de la realidad”,[13] una connotación del Mundo de la Creación en el que anida el entendimiento y que es la creación del espacio en el que se hace posible la existencia de la realidad. Así, el tiempo permite convocar o invitar a la realidad a que surja de la nada, pero aún requiere un salto del tipo de la contracción para ocultar la nada a partir de la cual se crea la realidad y que proporciona un espacio donde la existencia será posible.

Después de la creación del tiempo y el espacio descrita en los dos primeros versos de la Torá, la energía-luz aparece en el tercer verso (la fuerza como energía relacionada con la luz simple se refiere a la fuerza electromagnética). La partícula de luz, el fotón, no tiene masa y la transición desde energía a materia también requiere un salto. Este salto se describe en la Cabalá como el resultado de “la condensación de las luces”[14] a partir de las cuales se crearon los recipientes. En física el salto es el resultado de una partícula misteriosa a la que pertenece el enigmático número 137, la constante de la estructura fina del universo, que es la relación entre la velocidad de la onda de luz y la velocidad de la partícula más ligera[15]).

Esta estructura puede ampliarse aún más para incluir tres conceptos más que evolucionan a partir del ámbito de la realidad (que incluye el tiempo y el espacio) y sus componentes básicos (referidos a la energía y la masa). Primero hay movimiento. Dentro del espacio y el tiempo las partículas de materia se mueven como resultado de la energía. El movimiento puro, sin fricción ni resistencia continúa indefinida y unidireccionalmente, si el universo es ilimitado, o de ida y vuelta, si el universo es limitado. Incluso la transición de un estado de partícula inactiva a una que está en movimiento es algo así como un salto que aún requiere un examen para ver cómo se define científicamente.

Luego viene un gran salto desde el movimiento aleatorio a la vida. Se puede ver un salto de este tipo entre las descripciones del segundo y tercer día de Génesis. Al principio este salto conduce a la vida en la forma del reino vegetal y luego continúa a la vida inherente a los animales. El movimiento, como los cuatro niveles que lo precedieron, no tiene forma de superar la entropía aunque sea temporalmente. Pero la vida es un fenómeno milagroso que contradice y lucha contra la ley de la entropía. El salto a la vida comienza con el movimiento, siguiendo la afirmación de que “todos los seres vivos están en movimiento”.[16] Por lo tanto, el movimiento es lo que permite la aparición de la vida. La siguiente etapa, la séptima (y el séptimo es el más querido[17]) en esta meditación es el salto de la vida a la vida inteligente, vida que se puede definir como consciente o inteligente (inteligencia). La mente de la criatura inteligente se expresa a través de todos sus sentidos y entre el pueblo de Israel ello incluye también la libre elección.[18]

Hagamos una alusión numérica analizando estos siete niveles. El valor de los primeros cuatro: “tiempo, espacio, fuerza, materia”, zman makóm coaj jomer (זְמָן מָקוֹם כֹּחַ חֹמֶר) es 559, la mitad del valor del Shemá, “Oye Israel: Havaiá es nuestro Dios, Havaiá es uno”.[19] El valor numérico de los tres niveles restantes, “movimiento, vida, intelecto”, tenuá jaim sejel (תְּנוּעָה חַיִּים שֵׂכֶל) es 949, que entre otras cosas es igual al valor de “amor a Israel”, ahavat Israel (אַהֲבַת יִשְׂרָאֵל), o el producto de “amor”, ahavá (אַהֲבָה) y “sabiduría”, jojmá (חָכְמָה). El valor numérico de los siete niveles es, por lo tanto, 1508, el producto de “gracia”, jen (חֵן) y Havaiá, el Nombre esencial de Dios, cuyo valor es 26.

Esta estructura de múltiples etapas para hitbonenut -la meditación jasídica- forma el fundamento para una educación espiritual,[20] obtenida al contemplar la gracia de Dios en todas las cosas en la realidad. Sigue el orden de la creación desde cómo el tiempo y el espacio emergen desde la nada y luego proceden a desarrollarse hasta que se revela el intelecto (siendo la cima del intelecto el intelecto Divino del alma Divina).

Precediendo a las siete etapas, que son todas etapas de la existencia, se encuentra la nada, el ayin. Al fin y al cabo, todo, comenzando con el tiempo y el espacio, surge de la nada. Lo primero en ser creado de la nada es el tiempo -la esencia misma de su existencia es intangible y todavía se considera relativamente la nada, como lo expresa el famoso dicho, “el pasado ya no existe, el futuro aún está por llegar, el presente es solo un parpadear”[21], heabar ain, heatid adain, hahové keheref ain (הֶעָבָר אַיִן, הֶעָתִיד עֲדַיִן, הַהֹוֶה כְּהֶרֶף עַיִן).

La Cabalá explica que la existencia del tiempo se deriva de la Torá.[22] “La Torá emerge de la sabiduría”[23] y “la sabiduría surgirá de la nada”[24]. Ahora bien, el estudio de la Torá está destinado a ser experimentado con “asombro, temor, temblor y sudor” (tal como fue cuando la Torá fue entregada inicialmente en el Monte Sinaí). Cada vez que nos involucramos en el estudio de la Torá estamos destinados a experimentarlo como si fuera la primera vez que se entrega la Torá.[25] El tiempo también se experimenta con una sensación de miedo. Podemos suponer que la realidad del tiempo comienza con un “temblor”[26], retet (רֶתֶת) -el temblor creativo, que como un Big Bang crea el “parpadeo de un ojo” que es el momento presente. Este temblor o sacudida crea el pulso interno del tiempo al que se alude en la primera palabra de la Torá Bereshit, “En el principio”, que indica la formación del tiempo[27]; las letras de “en el principio”, Bereshit (בְּרֵאשִׁית) permutan para deletrear la palabra que significa “movimiento brusco”[28], bat roshi (בַּת רֹאשִׁי) y que hace referencia al repentino movimiento hacia atrás de la cabeza.[29] A partir del espacio-tiempo creado por el temblor comienza a crecer toda la realidad paso a paso. De hecho, debe considerarse que incluso el “comienzo de la revelación” de la nada, como en “la sabiduría surgirá de la nada”, es algo real en comparación con la nada que precedió a su revelación.

El Mitler Rebe de Jabad afirma[30] que cada día una persona necesita contemplar el orden completo de la evolución, seder hishtalshelut (סֵדֶר הִשְׁתַּלְשְׁלוּת), desde la luz infinita que precedió a la contracción con sus diversos niveles hasta llegar a la realidad -en sus diferentes grados- y hasta llegar a la realidad creada que encontramos todos los días ante nuestros ojos. Sin embargo, en nuestro tiempo es posible proponer la meditación que hemos propuesto aquí con todas sus etapas y saltos que describe también todo el proceso de creación de la realidad a partir de la nada.

Aun así, hay una diferencia significativa entre lo que prescribió el Mitler Rebe y nuestra sugerencia aquí. Según el sistema del Mitler Rebe, contemplamos la evolución de la realidad de arriba hacia abajo. Nuestra contemplación en siete etapas procede en la dirección opuesta, de abajo hacia arriba, en lo que es esencialmente un proceso de desarrollo (como una evolución) de abajo hacia arriba, de lo simple a lo complejo. El orden de lo simple a lo complejo fue conocido por los primeros filósofos como el “orden natural”[31], kdimá bizmán (קְדִימָה בִּזְמַן), el orden de desarrollo de la Naturaleza en sí con el paso del tiempo. Incluso si las raíces del tiempo y el espacio son en última instancia más elevadas, su realidad constituye un concepto relativamente simple.

En otras palabras, en nuestra estructura meditativa partimos de la nada Divina, desde la cual se forma primero el fundamento simple e inferior, y luego emerge la complejidad cada vez mayor. Así, hablando relativamente seguir el proceso de arriba hacia abajo corresponde a la Torá Escrita -la Torá tal como descendió del cielo a la tierra (“Los Mundos Superiores descendieron”), mientras que seguir el proceso de abajo hacia arriba corresponde a la Torá Oral, la cual “crece” desde abajo (meditando en la segunda mitad de este dicho, con “los mundos inferiores ascienden”[32]).

Estas dos direcciones y enfoques se caracterizan por la relación entre el novio y la novia. Para nuestra generación, la generación femenina de la venida del Mashíaj,[33] es más apropiada la meditación de abajo hacia arriba (usando el orden natural). Ir de abajo hacia arriba es similar al concepto de la luz reflejada, que tiende a “regresar [a arriba] a su origen”[34].


[1] Deuteronomio 4:39
[2] Véase también el shiur del 7 de Elul, 5782 (se puede encontrar en hebreo en www.galeinai.org.il).
[3] Tania, Sha’ar HaIjud VeHa’Emuná, cap. 7.
[4] De un seminario dedicado a las teorías especial y general de la relatividad de Einstein. Una transcripción del seminario aparece en Mivjar Shiurei Hitbonenut vol. 15 y este tema en particular se trata a partir de las págs. 163 y sig.
[5] Ver Zohar 3:290b y 1:123a.
[6] Desde la perspectiva de la dimensión interior de la Torá hay dos formas posibles de ver la relación entre el tiempo y el espacio. Una posibilidad es que el vacío creado por la contracción de la luz infinita de Dios sea en sí mismo el espacio, mientras que el tiempo está representado por el rayo de luz que entró en el vacío. Esta primera opción sigue la postura filosófica expresada por Rav Saadia Gaón en Emunot VeDeot final del maamar 1 y en la Guía de los Perplejos 2:13 y 2:30 de Maimónides. Otra posibilidad es que el tiempo preceda al espacio y le permita llegar a existir. Estas dos opciones corresponden a la relación entre sabiduría y entendimiento, que tienen orígenes separados.
[7] Que significa Energía igual a masa por el cuadrado de la velocidad de la luz, donde se alude al cuadrado de la velocidad de la luz en las dos menciones de la palabra “luz” en el versículo que describe la creación de la luz, “Dios dijo: ‘Sea la luz’ y fue la luz”.
[8] Véase Etz Jaim 42:1.
[9] Avot 3:1.
[10] Tamid 32a.
[11] Tania cap. 43.
[12] Ver Shiurim BeSod HaShem Lierei’av vol. 3, pág. 163.
[13] Ver Sefer Hama’amarim 5662, p. 356 y Sefer Hama’amarim 5686 p. 30. Véase Sod HaShem Lierei’av 2:1.
[14] Véase Etz Jaim 7:1.
[15] El electrón, que se mueve alrededor del núcleo atómico, por eso lo llamamos Ofan (אוֹפָן) en hebreo. El valor de Ofan (אוֹפָן) es exactamente 137.
[16] Mafte’aj HaRaaion de Rabi Avraham Abulafia, tav.
[17] Vaikrá Rabá 29:9.
[18] Véase Midbar Shur, 43 (pág. 314).
[19] Deuteronomio 6:4.
[20] Como se explica en la parte de Tania conocida como “Jijuj Katan”, la introducción a la segunda parte de Tania, El Portal de la Unificación y la Fe.
[21] Mareh Musar, hei. Véase Pele Io’etz s.v. De’agah.
[22] Ver fuentes citadas en Torat Menajem vol. 19, pág. 88, nota 46.
[23] Zohar 2:121a y también 2:85a.
[24] Iob 28:12
[25] Berajot 22a
[26] El valor de “temblor” (רֶתֶת) es 1000, el secreto de las 1000 luces dadas a Moisés en el Monte Sinaí. Este temblor (pronunciado Retet) es la fuente de la lectura del Libro de “Rut” en Shavuot.
[27] Guía del perplejo ibíd.
[28] Pardes Riomonim 10:8.
[29] Véase Ioma 38b.
[30] Kuntres HaHitpa’alut (Likutei Bi’urim) 53b.
[31] Maimónides, Milot HaHigaion, sha’ar 12.
[32] Shemot Rabá 12:3.
[33] Ver shiur de 7 Adar 5777 (disponible en www.galeinai.org.il).
[34] Mittler Rebe, Sha’ar HaEmuná cap. 15.

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