PATERNIDAD SABÁTICA

“Porque la inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud”. “Desde el momento en que se sacude del vientre de su madre”, el ser humano es egocéntrico, ocupado en los asuntos del cuerpo y sumergido en su pequeñez. También al llegar a la adolescencia, junto con el instinto bueno que entra en él en la edad de las mitzvot, aumentan la autoconciencia y el deseo, que lo hacen caer en pecados juveniles y otras conductas propias de la “edad tonta”.
En el lenguaje de la Cabalá, esta pequeñez (katnut) —que caracteriza al bebé, al niño y también al joven— pertenece al partzuf de Zeir Anpín (“rostro pequeño”, las seis sefirot emotivas del corazón, las midot de Jesed a Iesod de Atzilut). En este nivel de conciencia se actúa principalmente según las emociones y los instintos (lo sentido y lo arraigado), y la imagen del mundo aparece fragmentada en extremos distintos, separados y polarizados (los seis extremos).
En cambio, la función de los padres es poseer mojin de gadlut (mente de grandeza): mirar las cosas desde una perspectiva intelectual, orientar y regular la conducta del niño, e inculcarle una visión unificada del mundo. En el lenguaje cabalístico, los padres corresponden a los partzufim de Aba e Ima —sabiduría y entendimiento, Jojmá y Biná—, las facultades intelectuales caracterizadas por moderación, serenidad y una visión amplia e íntegra de la realidad.
La función del intelecto es protestar frente a las emociones cuando es necesario, calmar las tormentas del sentimiento y refrenar impulsos y deseos: “el cerebro domina al corazón por naturaleza”, lo obliga y lo encauza cuando hace falta. Así también, los padres deben mantener los ojos abiertos sobre sus hijos y protestar ante toda desviación del camino recto. Una presencia parental involucrada y comprometida, que también reprende de la manera adecuada (una corrección nacida del amor), es esencial para el niño: lo construye y le da fuerzas para enfrentar por sí mismo desafíos y pruebas. Esa presencia también lo alegra mucho más que un “ocultamiento del rostro” indiferente, que le permite equivocarse sin orientación.
La relación entre la pequeñez del niño y la grandeza de los padres es semejante a la relación entre los días de semana y el Shabat: las seis midot actúan durante los seis días laborales, en los que estamos ocupados en el trabajo, dedicados a satisfacer las necesidades del cuerpo, dispersos entre múltiples asuntos y sumergidos en los detalles pequeños. Los mojín iluminan en Shabat, día de descanso, serenidad y contemplación del panorama completo y de la finalidad sagrada de todas las acciones.
Esta comparación añade un punto esencial al rol de los padres: Shabat es un día de deleite. El pequeño se toma demasiado en serio a sí mismo, sus deseos, sus dificultades y sus necesidades. En cambio, los mojín de gadlut se caracterizan por el juego y el deleite: la mirada superior y amplia está llena de placer por el buen propósito final y contempla con cierta ligereza los procesos intermedios, sin hundirse en angustias momentáneas. Por eso, los mojín también “borran” los juicios severos, el dolor y la crítica, para que no oscurezcan la visión general positiva.
Precisamente en los momentos difíciles del comportamiento del niño, los padres deben recordar que su hijo es un “niño de delicias”. Para atravesar las dificultades presentes, es necesario recordar las delicias y ternuras de su infancia —que tienen su raíz en el deleite de los padres en su concepción y nacimiento, algo que también les recuerda que ellos mismos “fueron niños” y son la fuente de las ocurrencias del hijo—, y también lograr “recordar” el futuro, cuando el niño crezca y madure, alcance la adultez y aún colme a sus padres de satisfacción y alegría.
Así como siempre después de los días de semana llega el Shabat, así también, con certeza, después de la pequeñez llegará una grandeza llena de alegría. Esa mirada sabática es la que los padres deben adoptar para sí mismos, aflojar tensiones en la relación y conducir a sus hijos con seguridad y serenidad desde la pequeñez hacia la grandeza.

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