En 2001, Gal Einai publicó el tercer libro de HaRav Ginsburgh en inglés: Despertar la chispa interior: Cinco dinámicas de liderazgo que pueden cambiar el mundo.
En ese volumen, HaRav Ginsubrgh analiza el concepto de liderazgo desde una perspectiva judía y cómo cada persona puede aprovechar las cualidades espirituales de un líder para influir en su propia vida, en la comunidad que la rodea y, en última instancia, en el mundo entero. Tras presentar la visión más amplia del liderazgo en el número anterior, ahora nos centramos en la primera de las cinco dinámicas: el arte del compromiso – una cualidad fundamental para un liderazgo auténtico y duradero.
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Uno de los requisitos más básicos del liderazgo es la capacidad de encontrar gracia tanto a los ojos de Di-s como a los del pueblo. Este principio lo expresan sucintamente los sabios: «Si el espíritu del hombre se complace en él, el espíritu de Di-s se complace en él; pero si el espíritu del hombre no se complace en él, el espíritu de Di-s no se complace en él».[1] De aquí aprendemos que el liderazgo basado únicamente en la autoridad impuesta no es un liderazgo genuino. La autoridad impuesta sin consentimiento refleja tiranía, no guía. El verdadero liderazgo surge de las relaciones y de la capacidad de liderar mediante el consenso y el compromiso, con empatía, respeto y un vínculo auténtico con aquellos a quienes se guía.
Esta cualidad se ejemplifica cuando Di-s le informa a Moisés que no guiará al pueblo de Israel a la Tierra Prometida. La reacción de Moisés es que Di-s debe designar a su sucesor, revelando que su principal preocupación no es su propio legado, sino el bienestar de la nación – que no deben permanecer “como ovejas sin pastor”.[2] Di-s instruye a Moisés a designar a Iehoshua como su sucesor, no por su habilidad política, sino por la capacidad única de Iehoshua para relacionarse con cada persona según su naturaleza interior. El Midrash enfatiza esta cualidad, explicando que Iehoshua poseía la capacidad de relacionarse con cada persona con amor y empatía, respondiendo al espíritu único de cada alma.[3] Por lo tanto, el liderazgo comienza con una relación personal cálida en lugar de con la dominación.
Sin embargo, el arte del compromiso, no debe confundirse con debilidad ni rendición moral. No implica renunciar a los principios ni empañar la nitidez ética. Al contrario, el compromiso surge de la fuerza interior, de la capacidad de permanecer firmemente arraigados a la verdad, sin perder la apertura, la flexibilidad y la inclusión.
Una perspectiva cabalística
Para entender esta dinámica con mayor profundidad, recurrimos a una de las enseñanzas más profundas de la Cabalá, articulada por el Arizal. Enseñó que cuando se despertó la voluntad Divina de crear el mundo, surgió una paradoja fundamental: ¿cómo podría existir una realidad finita dentro de la infinita Presencia de Di-s? Su respuesta fue la doctrina del tzimtzum – una contracción de la luz Divina que creó un “vacío”, un espacio aparentemente vacío en el que podía surgir la existencia finita. Cabalistas posteriores debatieron si el Arizal se refería a que esta contracción era literal o figurativa.
Si se entendiera literalmente, implicaría una cosmovisión rígida y binaria: o Di-s está presente o ausente; una postura es correcta y la otra falsa. Pero si se entiende figurativamente, como una metáfora utilizada para captar una realidad compleja para nuestra conciencia humana finita, entonces la Presencia de Di-s permanece omnipresente mientras que, al mismo tiempo, se “hace” un espacio para la Creación y, por consiguiente, la realidad puede incluir paradojas, multiplicidad y la coexistencia de verdades opuestas. De hecho, dos de las formas en que se describe a Di-s en la literatura rabínica medieval son como “no afectado por la paradoja”[4], nimná hanimnaot (נִמְנָע הַנִּמְנָעוֹת) y, “el que sostiene opuestos”[5], nosé hafajim (נוֹשֵׂא הֲפָכִים)
Soportar contradicciones y opuestos
Esta perspectiva paradójica constituye la base de un principio central del pensamiento de la Torá. Cuando los sabios debatieron posturas opuestas, afirmaron célebremente: «Estas y estas son palabras del Di-s viviente».[6] Incluso cuando la ley judía sigue una opinión, la perspectiva alternativa se conserva en el Talmud, porque también contiene un aspecto de verdad. Mientras que el pensamiento occidental a menudo rehúye la paradoja, la conciencia de la Torá la abraza, reconociendo que el compromiso y la paz nacen de la capacidad de sostener la complejidad sin borrar la diferencia.
Esta idea está arraigada en los orígenes mismos de la humanidad. En el Jardín del Edén había dos árboles: el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal y el Árbol de la Vida.[7] El Árbol del Conocimiento representa la lógica binaria – el bien contra el mal -, mientras que el Árbol de la Vida representa la plenitud y la integración. La Torá misma se describe como un Árbol de Vida: «Es un árbol de vida para quienes se aferran a él, y todos sus caminos son paz».[8]
Para los líderes, ya sea en la familia, el lugar de trabajo, la comunidad en general o entre naciones, la capacidad de integrar perspectivas opuestas es esencial. Sin embargo, el compromiso tiene límites. Nunca se debe imaginar que la paz se logra comprometiendo los fundamentos morales y espirituales de la Torá, pues la Torá misma es la fuente suprema de paz.
Un ejemplo elocuente de este equilibrio se puede ver en la observancia del Shabat. Desde una perspectiva externa, el Shabat parece restrictivo, definido por prohibiciones. Pero quienes lo observan saben que estos límites abren las puertas a la paz interior, la santidad, la conexión familiar y la cercanía a Di-s y a la propia alma.
Excepciones a la regla
Es un principio aceptado que cada regla tiene excepciones. Por ejemplo: la ley de la Torá enseña que cuando la vida humana está en peligro, las leyes del Shabat se dejan de lado.[9] La idea de las excepciones a la regla se lleva incluso un paso más allá en una declaración del sabio Rabí Shimón ben Lakish, quien enseña que “a veces, la anulación de la Torá es su mismo cumplimiento”.[10] Este principio encuentra expresión en el sendero de un baal teshuvá, alguien que regresa a un estilo de vida observante de la Torá.
Muchas veces, una persona que no ha sido educada en un ambiente observante de la Torá y que luego se expone a la belleza y riqueza del judaísmo, se sumerge de cabeza por la emoción y una sensación de estar verdaderamente inspirado. Algunas personas pueden hacer un cambio tan drástico en el estilo de vida con facilidad, sin embargo, muchos de los que recién regresan a la observancia de la Torá a menudo requieren un enfoque gradual y mesurado. En este caso, tomarse el tiempo necesario para integrar adecuadamente estos cambios repentinos no es una concesión, sino una estrategia para un crecimiento espiritual duradero.
Liderazgo y un ego rectificado
Otra dimensión esencial del liderazgo es un ego rectificado. En la Cabalá, la sefirá final de reinado (maljut) corresponde a la realeza y al liderazgo. Sin embargo, su esencia interior es la humildad y la modestia existencial. Este tipo de humildad no implica debilidad ni pasividad. Moisés, descrito por la Torá como «el más humilde de todos los hombres», se erige como quizás el mayor líder de la historia judía precisamente porque su ego no obstruyó la empatía, la responsabilidad ni la verdad.[11] Un ego no rectificado, en cambio, deja poco espacio para el compromiso, el entendimiento y la paz.
Desafortunadamente, en el mundo actual, estamos acostumbrados a líderes políticos que anhelan el poder y están dispuestos a prometer casi cualquier cosa a sus electores si eso los lleva a la reelección. Un ego desenfrenado antepone su yo a prácticamente todas las consideraciones, incluso pisoteando a cualquiera o cualquier cosa que se interponga en su camino. El camino del liderazgo judío exige verdadera humildad, a la vez que se mantiene firme en la defensa de los valores eternos, morales y éticos, siempre dispuesto a encontrar maneras de promover el verdadero compromiso y la inclusión.
En aras de la paz
Las ideas anteriores se reflejan directamente en el mandato de la Torá: “Justicia, justicia perseguirás”.[12] Los comentaristas de la Torá preguntan: ¿por qué se menciona la justicia dos veces? Una explicación es que se nos instruye a buscar la justicia desde múltiples ángulos, a ver ambos lados de un asunto. Los sabios debaten si la tarea principal de un juez es descubrir la verdad absoluta o lograr la paz entre las partes en disputa.[13] Idealmente, un juez busca primero el acuerdo y la reconciliación. Solo cuando esto resulta imposible debe emitirse un juicio estricto, e incluso entonces, con compasión. Es significativo que la Torá se describa como una Torá de verdad[14] y una Torá de bondad.[15] El liderazgo requiere la sabiduría para equilibrar ambas cosas.
Los sabios incluso enseñan que «en aras de la paz, se permite alterar [la verdad]».[16] Es importante destacar que la expresión original es «alterar», no «mentir». Los sabios permitieron, en ciertos casos, trascender la lógica estrecha en beneficio de una causa superior: la de facilitar el acuerdo y la paz. El líder supremo, el Mashíaj, encarnará esta síntesis, juzgando y enseñando de una manera que una la verdad y la paz.[17]
El Baal Shem Tov enseñó que cada judío contiene una chispa del Mashíaj, un potencial latente de liderazgo cuyo desarrollo trae paz al mundo. Esta visión se plasma con belleza en las palabras de los Salmos: «La bondad y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. La verdad brotará de la tierra, y la justicia mirará desde el cielo».[18]
En un mundo fracturado por la división y la discordia, que seamos dignos de merecer buscar la justicia mientras cultivamos el acuerdo, y aunar la verdad y la paz a través de un liderazgo iluminado.
[1] Pirkei Avot 3:10.
[2] Números 27:17.
[3] Bamidbar Rabá 21:5.
[4] Teshuvot HaRashba 418.
[5] El Rebe de Lubavitch se basó en la frase: “Dos opuestos en un solo recipiente”.
[6] Eruvin 13b.
[7] Génesis 2:9.
[8] Proverbios 3:18.
[9] Iomá 85b.
[10] Menajot 99b.
[11] Números 12:3.
[12] Deuteronomio 16:20.
[13] Sanhedrín 6b.
[14] Malaquías 2:6.
[15] Proverbios 31:26.
[16] Ievamot 65b.
[17] Isaías 11:3-4.
[18] Salmos 85:11-12.
