CABALÁ Y JASIDUT (Principiante)
DE CREAR MODELOS
Hay un versículo que proviene del Cantar de Janá, la madre del profeta Shmuel, que ha sido incorporado en muchos libros de oración en el servicio matutino: “No hay santo como Di-s, porque no hay nadie más que Tú, ni roca como Tú.”[1] Los sabios enseñaban: “No leáis esta palabra como ‘roca’, tzur (צוּר), sino como ‘artista’, tzair (צַיָּר).”[2] De forma similar a cómo un artista firma sus pinturas, la firma de Di-s está en cada aspecto del increíblemente complejo y hermoso mundo natural que ha creado.
Para revelar la firma de Di-s, la Cabalá emplea modelos y paradigmas que nos ayudan a ver patrones y correspondencias dentro de la multiplicidad de este mundo y la unidad Divina subyacente que une toda pluralidad. Aunque el uso de modelos para revelar conceptos y correspondencias se ha empleado desde la transmisión inicial de la Cabalá, fue el Arizal, el gran cabalista de Tzfat en el siglo 16 EC, quien la convirtió en una piedra angular de sus enseñanzas.
EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA CABALÁ
El significado bíblico original de la raíz hebrea de Cabalá (קבל) significa “paralelo” o “correspondiente”.[3] Solo en el final cronológico del Tanaj, en el Libro de Ester, encontramos esta misma raíz utilizada con el sentido de “recibir”. Cuando se aplica a la Cabalá, este último significado alude a que esta sabiduría es un cuerpo aceptado de conocimiento místico judío.
Pero su significado original revela que la metodología fundamental utilizada en la Cabalá es trazar paralelismos o correspondencias. Este significado de la palabra arroja luz sobre la esencia misma de lo que la Cabalá intenta revelar y lograr. Al establecer correspondencias, podemos usar nuestro intelecto para captar en cierta medida aquello que está oculto a nuestros sentidos.
Además, una vez que se establece una correspondencia, como se explica en otro lugar, el entendimiento de la mente puede desbloquear una mayor conciencia de la persona a través del entendimiento interior del corazón. Este es el significado de la famosa frase: “entendimiento (biná) es el corazón, y a través de ello el corazón entiende”[4], biná liba uváh haLev mevin (בִּינָה לִבָּא וּבָהּ הַלֵּב מֵבִין).
Nos enseñan que el contexto en el que una palabra o raíz aparece por primera vez en la Torá define su propia naturaleza y significado. Pasando entonces a la primera aparición de la raíz hebrea de Cabalá en la sección de Terumá, que describe las instrucciones para hacer el Tabernáculo, podemos examinar el contexto de su aparición y así revelar la raíz o palabra más profunda.
“Haréis el Tabernáculo de diez cortinas, lino trenzado con lana turquesa, púrpura y carmesí con un diseño tejido de querubines, los harás tú.La longitud de una sola cortina era de veintiocho codos y el ancho de cada cortina de cuatro codos, igual medida para todas las cortinas. Cinco cortinas deben estar unidas entre sí e igual otras cinco cortinas, unidas una con la otra. Debes hacer ojales de lana turquesa en el borde de la cortina al final de la cortina de un extremo de un conjunto y hacer lo mismo en el borde de la cortina más exterior en el segundo conjunto. Haréis cincuenta ojales en la primera cortina, y cincuenta en el extremo de la cortina que está en el otro conjunto; los bucles estarán en paralelo entre sí. Haréis cincuenta broches de oro, y atareis las cortinas unas a otras con los broches, para que el Tabernáculo esté unido.[5]
Como indica claramente el texto, el propósito de cincuenta ojales hechos en cada conjunto de cortinas era unirlas con cincuenta broches o ganchos de oro, “para que el Tabernáculo se convirtiera en uno solo.” Este es, en esencia, el propósito de la Cabalá: revelar los paralelismos o correspondencias entre objetos, entidades y eventos en múltiples niveles hasta que se pueda percibir la unidad esencial que subyace a toda la realidad.
El estudio de la Cabalá nos hace sensibles y conscientes de la conexión y la armonía última entre lo físico y lo espiritual, la forma y la sustancia, la causa y el efecto, la pluralidad y la singularidad. En última instancia, la Cabalá busca revelar nuestra esencia más profunda, mostrar cómo estamos unidos con lo Divino y desbloquear nuestro máximo potencial como seres humanos.[6]
EL NOMBRE DE CUATRO LETRAS DE DI-S
Quizá de todos los modelos que utiliza la Cabalá, las cuatro letras del Nombre esencial de Di-s, Havaia (י-הוה), se emplean para establecer correspondencias entre la mayor variedad de conceptos. Las palabras, “Pongo a Havaia ante mí en todo momento”[7] pueden interpretarse como: reconozco que cada instante de tiempo y cada punto de espacio es en realidad una manifestación de las cuatro letras del nombre de Di-s. Por lo tanto, el nombre de cuatro letras de Di-s se utiliza como paradigma organizativo a través del cual podemos trazar un mapa y meditar sobre todos los niveles de la realidad.
Es importante señalar que la Cabalá explica que la punta de la letra iud, la primera de las cuatro letras, representa un nivel espiritual en si mismo. Por lo tanto, el modelo del Nombre de Di-s de cuatro letras a veces se amplía para convertirse en un modelo de cinco.
LAS DIEZ SEFIROT Y LAS VEINTIDÓS LETRAS
Otros dos modelos cardinales en la Cabalá son las diez sefirot y las veintidós letras hebreas. Según la tradición mística judía,[8] la creación se construye a partir de una combinación de las veintidós letras hebreas y las diez sefirot, los canales divinos a través de los cuales Di-s crea y mantiene el mundo. La Cabalá utiliza los modelos de las letras y las sefirot para estructurar simbólicamente toda la realidad, desde los reinos espirituales más elevados hasta el mundo físico de la materia.
LOS CINCO NOMBRES DEL ALMA
Otro modelo usado frecuentemente es el de los cinco niveles del alma. Los cinco nombres o niveles del alma aprendidos de los sabios son: nefesh, ru’aj, neshamá, jaiá y iejidá.[9] Estos cinco nombres se refieren a una jerarquía ascendente de poderes del alma y sirven como una poderosa herramienta para analizar y entender la psique humana.
Nefesh, el nivel más bajo del alma, puede traducirse como ánima (o psique) y se refiere a los impulsos y patrones instintivos y conductuales de acción humana, más asociados con el cuerpo; en el Tania, a veces se reemplaza por el término “alma animal”. Ru’aj, o “espíritu”, se refiere a las facultades emotivo-afectivas. Neshamá, que literalmente significa “alma”, se considera el asiento del intelecto. Jaiá, que significa “el viviente”, se refiere a la interacción entre la conciencia y su origen superconsciente. Finalmente, iejidá, que significa “el único, el singular”, se relaciona con el aspecto más Divino del alma.
Existe una enseñanza fascinante sobre los Salmos 103 y 104, que ambos comienzan con las palabras:
“Bendice a Di-s, oh alma mía”
Brají Nafsí et Havaia
בָּרְכִי נַפְשִׁי אֶת י־הוה
En total, esta frase aparece 5 veces en estos dos capítulos y los sabios[10] se preguntan por qué el rey David la repite cinco veces. El Talmud ofrece una respuesta esencial: Cada una de las cinco repeticiones alude a una característica diferente del alma y cada uno de estos rasgos es compartido con el Creador:
1) Así como el Creador llena el mundo entero, así el alma llena el cuerpo.
2) Así como el Creador ve, pero no puede ser visto, el alma también ve pero no puede ser vista.
3) Así como el Creador sostiene el mundo entero, el alma sostiene el cuerpo.
4) Así como el Creador es puro, así también lo es el alma.
5) Y, así como el Creador mora en las cámaras más recónditas, así el alma también mora en lo más profundo.
Los sabios concluyen afirmando que estas cinco cualidades del alma deben unirse para alabar al Único que posee estas mismas cualidades. Así, la frase “Bendice a Di-s, oh alma mía” se repite cinco veces. Esta enseñanza es de suma importancia, ya que reflexiona sobre los aspectos específicos de nuestra semejanza con Di-s. Los seres humanos somos creados a imagen de Di-s, un atributo único que nos diferencia del resto de la creación.
Es destacable que, los cinco niveles del alma coincidan precisamente con el orden de las comparaciones presentadas en el Talmud. El alma que llena el cuerpo corresponde al nefesh, que representa la conexión más cercana con el cuerpo y el reino físico. El alma que ve, pero permanece invisible, es el ru’aj, el espíritu que representa el aspecto emocional del alma. El alma que nutre el cuerpo es la neshamá, el componente intelectual del alma. El alma que es pura es la jaiá, la esencia de la vida. Y finalmente, el alma que habita en la cámara interior es la iejidá, la única Presencia de Di-s oculta en su interior.
Esta deliberación en el Talmud es verdaderamente extraordinaria, ya que arroja luz sobre la intrincada relación entre el alma y el Creador. Refuerza el concepto fundamental de que nuestras almas guardan una semejanza con Di-s, manifestándose en diversas maneras y atributos.
Hay otra revelación fascinante aquí, una joya matemática. El valor de la frase, “Bendice a Di-s, oh mi alma” (בָּרְכִי נַפְשִׁי אֶת י־הוה) es 1099, el mismo que la suma de los cinco nombres del alma, nefesh, ruaj, neshamá, jaiá y iejidá (נֶפֶשׁ רוּחַ נְשָׁמָה חַיָּה יְחִידָה). Cuando pronunciamos las palabras, “Bendice a Di-s, oh mi alma” estamos activando los cinco niveles del alma. Así, los cinco nombres del alma junto con las cinco comparaciones del alma con Di-s se convierten en una poderosa meditación.[11]
| Letra de Havaia | Nivel del alma | propiedad de Di-s/alma |
| Punta de la Iud | Iejidá (singular) | mora en una cámara interior |
| iud (י) | Jaiá (viviente) | es pura |
| hei (ה) | Neshamá(alma) | sostiene el cuerpo con vida |
| vav (ו) | Ru’aj (espíritu) | ve y no es visto |
| hei (ה) | Nefesh (Psique/Ánima) | llena el cuerpo |
[3] Como en el versículo (Éxodo 26:5), “los ojales eran paralelos entre sí”, makbilot halulaot (מַקְבִּילֹת הַלֻּלָאֹת).
[4] Introducción a Tikunei Zohar (Pataj Eliahu).
[5] Éxodo 26:1-6.
[6] Basado en Iain Itzjak, Terumá, págs.395-401.
[7] Salmos 16:8.
[8] Sefer Ietzirá 1:1
[9] Bereshit Rabá 14:9.
[10] Berajot 10a.
[11] Para obtener más información sobre este tema, consulte Todo lo que necesita saber sobre la Cabalá, págs. 61-66.




