CARA A CARA | PARASHÁ VAIGASH 5786

Rabí Itzjak Shapira
Beit Midrash Od Iosef Jai “עוד יוסף חי”

 Sobre los enfoques diferentes de Iosef y Iehudá: entre la justicia absoluta y la humildad,
y de por qué específicamente la revel
ación de la debilidad de Iehudá quebró a Iosef

Cuando observamos el sentido literal de los versículos que abren la parashá Vaigash, vemos a Iehudá acercarse al virrey de Egipto inclinado y suplicando por la vida de Biniamín y por la vida de su padre, como está dicho:
“Y se acercó Iehudá a él y dijo: Por favor, señor mío, que tu siervo hable una palabra a oídos de mi señor, y no se encienda tu ira contra tu siervo”.

En una lectura simple, Iehudá es la parte débil y necesitada, mientras que Iosef se sienta en un trono elevado y encumbrado, sosteniendo en sus manos todo el poder y la autoridad, y el destino de toda la familia descansa sobre sus hombros.

Sin embargo, cuando estudiamos las palabras de nuestros Sabios, descubrimos una perspectiva completamente distinta, que transforma este encuentro de un extremo al otro. Los Sabios describen este encuentro como un choque entre dos gigantes y como una verdadera confrontación bélica. El midrash describe a Iehudá como un héroe de gran fuerza que viene a luchar contra Iosef y contra todo Egipto. Y así amenaza Iehudá a Iosef en palabras del midrash:
“Juro por la vida de mi padre, el justo, y tú juras por la vida del malvado Faraón: si saco mi espada de su vaina, llenaré todo Egipto de muertos”.

Y efectivamente, las palabras de Iehudá condujeron al desenlace decisivo. Iosef el justo, que había planeado continuar probando a los hermanos y quizá llevar el proceso por un camino más largo, no logra resistir frente al discurso de Iehudá. Toda la realidad cambia en un solo instante cuando Iosef se quiebra y se revela ante sus hermanos, en total contradicción con su plan original, como está escrito:
“Y no pudo Iosef contenerse ante todos los que estaban junto a él… y alzó su voz en llanto… y dijo Iosef a sus hermanos: Yo soy Iosef, ¿vive aún mi padre?”.

Esta revelación rápida es una prueba contundente de que דווקא Iehudá fue quien decidió la contienda.

¿QUIÉN ES EL PRINCIPAL RESPONSABLE?

Para comprender en profundidad cómo las palabras suplicantes de Iehudá lograron quebrar a Iosef (y a todo Egipto), y cómo entendieron nuestros Sabios este encuentro, debemos preguntarnos qué intentaba realmente Iehudá conseguir con su discurso. En primer lugar, está claro que Iehudá no imaginó ni por un momento que quien estaba frente a él era su hermano Iosef, y por lo tanto su objetivo no era provocar que Iosef revelara su identidad.

En el plano práctico y simple, Iehudá tenía un único objetivo claro: liberar a Biniamín del cautiverio. A los ojos de Iosef, Biniamín había sido atrapado como ladrón, e Iosef declaró que pensaba dejarlo como esclavo en Egipto y devolver a los demás hermanos a su padre en la tierra de Canaán.

Iehudá intenta ahora convencer a Iosef de que la verdadera culpa de la situación no recae sobre Biniamín, sino sobre él mismo. Iehudá afirma que él es el principal responsable de que Biniamín haya llegado a Egipto, como dice:
“Porque tu siervo se hizo garante del muchacho ante mi padre, diciendo: si no lo traigo a ti, habré pecado contra mi padre todos los días”.

Explica a Iosef que Biniamín es solo un muchacho que no debería haber estado en esta situación, y que solo a causa de la garantía y la presión de Iehudá descendió a Egipto.

Más aún, Iehudá insinúa con delicadeza a Iosef que también él tiene cierta parte de responsabilidad en lo ocurrido. En sus palabras recuerda:
“Mi señor preguntó a sus siervos diciendo: ¿tenéis padre o hermano?”.

Iehudá está afirmando, en esencia, que la investigación y la exigencia de traer al hermano menor fueron las que crearon el enredo. Su argumento central es que el peso principal de la culpa recae sobre él, Iehudá, y una pequeña parte sobre Iosef, mientras que Biniamín no forma parte real de esta historia. Por lo tanto, concluye Iehudá, Biniamín no merece castigo, y quien debe ocupar su lugar como esclavo es Iehudá mismo.

¿QUÉ ES MÁS IMPORTANTE: SER JUSTO O RECONOCER EL PECADO?

Con estas palabras, Iehudá se coloca en oposición directa a toda la personalidad de Iosef el justo, y revela un camino completamente nuevo de presentarse ante Dios. Iosef el justo aparece a lo largo de todo el relato como quien se preocupa por ser el representante fiel de la justicia y la rectitud. Iosef siempre dice, con palabras y hechos: “yo soy correcto, yo estoy bien, yo soy justo”.

Así lo vimos ya en la prisión, cuando dijo:
“Porque ciertamente fui robado de la tierra de los hebreos, y tampoco aquí hice nada para que me pusieran en el calabozo”.

Iosef es sensible a la justicia y responsable de ella. Así lo expresa también ante los hermanos tras encontrar la copa:
“¿Qué es este acto que habéis hecho? ¿No sabíais que un hombre como yo sabe adivinar?”.

Con esta afirmación, Iosef sostiene que sabe identificar exactamente dónde está la injusticia y dónde falta la rectitud.

Si profundizamos más, veremos que el Faraón representa la realidad concreta y estable en sí misma, mientras que Iosef el justo representa el cálculo moral y la preocupación de que esa realidad se conduzca con justicia y rectitud. Iosef simboliza la estabilidad de la justicia: observa el mundo desde arriba y lo gestiona como debe ser gestionado. Mientras que el Faraón no está vinculado a Dios y representa únicamente la materialidad de la realidad, Iosef actúa desde el temor al Cielo, menciona constantemente el Nombre Divino y, desde allí, se preocupa por la integridad de la realidad y por la justicia.

Frente a esta imponente estructura de Iosef, el Faraón y todo Egipto, se alza Iehudá y presenta una alternativa completamente distinta. Iehudá sostiene que lo esencial no es la preocupación por la justicia abstracta de la realidad, sino la atención a las debilidades humanas, a los actos incorrectos que una persona comete, y la capacidad de reconocerlos. Iehudá se centra en estar “mal”, en ser culpable. Para él, incluso si fuera posible culpar a otros, el foco está en la culpa personal y en la confesión del pecado.

Esta cualidad extraordinaria de Iehudá es la que logra derribar todas las murallas de Egipto. Egipto, como sistema y como reino, no legitima la debilidad humana; está construido sobre la estabilidad de la realidad y la fuerza de una justicia inflexible. Cuando una persona decide que no es “justa” ni “correcta”, sino culpable que reconoce su pecado, socava por completo los cimientos de la concepción egipcia y también la visión de Iosef el justo.

Iehudá vence la justicia y la rectitud de Iosef porque sostiene que דווקא desde el lugar de la debilidad y la confesión se está ante Dios con una anulación más profunda. La diferencia se nota incluso en el lenguaje que utilizan: mientras Iosef dice “A Dios temo yo”, atribuyéndose la virtud del temor, Iehudá dice: “Dios ha encontrado la culpa de tus siervos”. Desde su postura honesta y su confesión, Iehudá coloca al Santo, bendito sea, completamente en el centro de la realidad. Demuestra cómo un modo de vida basado en reconocer la debilidad y asumir la culpa hace presente a Dios y lo revela en el mundo mucho más que un modo de vida centrado en la preocupación general por la justicia.

Y SERÁN UNO EN TU MANO

Sin embargo, es importante subrayar que la realidad corregida es aquella en la que la tensión fecunda entre Iehudá e Iosef acompaña al pueblo de Israel a lo largo de las generaciones. Sin Iosef, tampoco el camino de Iehudá puede expresar una postura completa ante Dios. Si adoptáramos solo el camino de Iehudá, basado en la confesión del pecado y la humildad, sin la presencia de Iosef que representa la aspiración a la justicia y a la rectitud desde el temor al Cielo, podríamos caer en una pendiente resbaladiza. Sin el deseo de ser “justo” y de cuidarse del pecado, una persona podría pensar erróneamente que no hay problema en la caída, siempre que la reconozca.

Aquí entra el papel de Iosef el justo, que nos presenta la importancia de la rectitud y de la preservación de la justicia.

Esta unión anhelada aparece en la profecía de la haftará que leemos en este Shabat, donde el profeta Ezequiel es ordenado a tomar dos maderos, uno para Iehudá y otro para Iosef, y acercarlos hasta que se conviertan en uno solo. Así dice el profeta:
“Y tú, hijo de hombre, toma un madero y escribe sobre él: Para Iehudá y para los hijos de Israel, sus compañeros; y toma otro madero y escribe sobre él: Para Iosef, madero de Efraím, y para toda la casa de Israel, sus compañeros. Y acércalos uno al otro para que sean un solo madero en tu mano”.

Solo cuando estas dos fuerzas se fusionan —Iehudá aportando la confesión y la humildad, e Iosef aportando la rectitud y la estabilidad— la posición del pueblo de Israel ante Dios se vuelve verdaderamente completa.

Y UN SOLO REY SERÁ PARA TODOS

A pesar de la unidad entre Iosef y Iehudá, la haftará enfatiza que al final del proceso Iehudá es quien sostiene el cetro de la realeza. El versículo dice:
“Y los haré una sola nación en la tierra, en los montes de Israel, y un solo rey será rey para todos; y no serán más dos naciones ni se dividirán más en dos reinos”.

Tal como vimos en la parashá, Iehudá logra atravesar la armadura de la justicia de Iosef y prevalecer sobre su firme postura. Así también en el futuro, el camino de Iehudá será el que lidere. Pero la realeza de Iehudá es única, porque nace de la humildad. Desde ese reconocimiento de su propia debilidad, Iehudá siempre valorará y apreciará el camino de Iosef el justo. Iehudá ve en Iosef una figura más elevada y más justa que él mismo, ya que define su propia existencia desde la confesión de su fragilidad.

Por eso, incluso cuando la realeza de Iehudá se establece, no borra el camino de Iosef, sino que lo preserva como un tesoro precioso, permitiendo al pueblo de Israel estar ante su Creador en ambos planos a la vez: desde la humildad sincera de Iehudá y desde la rectitud luminosa de Iosef.

¡Shabat Shalom!

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