Rabí Jaim Shmuel de Jentshin
Un relato jasídico impactante que revela el inmenso valor de la teshuvá: cómo un justo puede cambiar decretos del Cielo, salvar vidas y abrir el camino a la Redención verdadera.
Rabí Jaim Shmuel Horowitz nació en el año 5603 (1843), en la santa comunidad de Neustadt. Era hijo del gran tzadik Rabí Eliezer Horowitz, de bendita memoria, descendiente del célebre Vidente de Lublin. En su infancia quedó huérfano de padre y fue criado como un hijo por su abuelo materno, el santo Rabí Yosef Baruj, conocido como “el Guter Id”, “El Judío Bueno”, de Neustadt.
Al llegar a la edad de casarse, contrajo matrimonio con la hija del gran justo Rabí Yehoshua Heshel Frenkel-Teomim, de la comunidad de Komarna, y en segundas nupcias con la hija del santo Rabí Elimelej de Grodzisk. Se estableció en la comunidad de Jentshin, adonde comenzaron a acudir multitudes de jasidim. Su nombre se difundió como el de un genio incomparable y un santo de Israel.
En el año 5674 (1914), durante la Primera Guerra Mundial, se trasladó a Kielce, donde sirvió fielmente en santidad hasta el 18 de Tevet de 5676, día de su fallecimiento. Allí mismo fue enterrado.
UN RELATO ASOMBROSO
Contó su nieto, el santo Rabí “Baer Moshé” de Ozerov, de bendita memoria:
“Cuando llegué por primera vez a América, en el año 5681 (1921), un Shabat por la mañana entró en mi alojamiento un judío visiblemente agitado. Se presentó como Rabí Itzjak Schwartz, un hombre erudito, jasid de Jentshin.
Me contó que la noche anterior, viernes por la noche, había visto en sueños a su Rebe, Rabí Jaim Shmuel, quien le dijo:
‘Mi nieto está aquí. ¿Por qué no vas a recibirlo?’
Por eso vino a verme.”
Luego Rabí Itzjak nos relató un episodio ocurrido años antes, cuando vivía en Kielce. En su casa era costumbre, cada viernes por la tarde, colocar un gran samovar sobre las brasas para que todos los visitantes del Shabat pudieran beber té y reponer fuerzas, ya que él se sentaba a estudiar Torá y la gente entraba y salía constantemente.
Una noche de Shabat, cerca de la medianoche, las brasas se encendieron en exceso y se desató un incendio en la casa. El humo lo invadió todo, provocando una asfixia terrible. Rabí Itzjak corrió a abrir las ventanas y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Los vecinos acudieron de inmediato, sacaron el samovar y lo arrojaron sobre la nieve del exterior. Milagrosamente, todos se salvaron.
Como fiel jasid, Rabí Itzjak comprendió que debía contarle el milagro a su Rebe. Apenas terminó Shabat, viajó de Kielce a Jentshin. Al entrar ante el Rebe, antes siquiera de abrir la boca, el Rebe le dijo:
—“Bueno, Itzjak, ¿tienes algo que contarme de los milagros de Janucá?”
Rabí Itzjak relató todo lo sucedido: cómo él, su esposa y sus tres hijos —cinco personas en total— se salvaron de morir asfixiados. El Rebe respondió:
—“Cinco gentiles fueron entregados en tu lugar, en un juicio de vidas…”
Al principio Rabí Itzjak no comprendió el sentido de las palabras. Pero tras investigar, se descubrió que esa misma noche de Shabat fueron ejecutados repentinamente cinco prisioneros gentiles en la cárcel municipal de Jentshin. El asombro fue total.
Profundidad espiritual – “Y pondré a un hombre en tu lugar”
Uno de los relatos más impactantes del Zóhar describe cómo Rabí Elazar se encuentra con una serpiente y percibe que ha sido enviada para matar a una persona. Rabí Elazar le ordena regresar, pues el hombre destinado a morir ya se había arrepentido sinceramente y hecho teshuvá.
La serpiente se niega. Entonces Rabí Elazar le informa que se le ha dado un “rescate”: un bandido gentil que había golpeado a un judío y que dormía en la cueva de la serpiente. La serpiente mata al bandido, y Rabí Elazar explica el versículo de Isaías:
“Porque eres precioso a Mis ojos… y pondré a un hombre en tu lugar, y pueblos en lugar de tu alma.”
Rabí Elazar enseña que este versículo se refiere al baal teshuvá. A quien retorna, Dios le dice: “Te has vuelto precioso”, incluso más que el justo que nunca pecó. Por eso, el daño destinado al arrepentido es desviado hacia alguien del lado de la impureza.
No hay amor más grande ante Dios que el amor por quien hace teshuvá. Solo el baal teshuvá puede transformar lo despreciable en precioso, lo casual (kerí) en valioso (yakar), y generar este deleite Divino: “Y pondré a un hombre en tu lugar.”
Este “intercambio” es una expresión del profundo favor divino hacia quienes retornan. En nuestro relato, no es casual que los ejecutados fueran prisioneros: personas alejadas del bien. El Zóhar incluso interpreta la palabra “adam” como “edom”, símbolo de una civilización que vive por la espada y el derramamiento de sangre.
Más allá de la lucha: los días del Mashíaj
Sin embargo, el propósito final no es la lucha eterna, sino trascenderla. El Rebe de Lubavitch explica que la llegada del Mashíaj se divide en dos etapas:
- Una primera etapa de descanso tras la lucha, como la llegada del Shabat después de una semana agotadora. El alma disfruta del deleite divino luego de haber combatido sus inclinaciones.
- Una segunda etapa de descanso absoluto, que ya no depende del contraste con la lucha. No es placer, sino anulación total ante Dios. Un estado de paz verdadera… incluso con Esav.
Ese es el destino último: no solo vencer el mal, sino elevarse por encima de él, hasta una paz auténtica y eterna.




