parte 1
CALENDARIO HEBREO: Sefirat Haomer
PSICOLOGIA JASIDICA
EDUCACION
Conceptos fundamentales de la Cabalá y el Jasidut
El comienzo de la vida de una persona, desde el inicio del embarazo hasta la madurez plena, es un proceso evidente de desarrollo, desde la pequeñez o inmadurez, hasta la grandeza o madurez. El profeta se refiere al ser humano como “aquel que progresa” (literalmente, “el que camina”) y tiene prohibido dejar de avanzar. Siempre debemos esforzarnos por alcanzar un nuevo objetivo: una mayor madurez en relación con nuestro estado actual de inmadurez. En la Cabalá este proceso se divide en cuatro etapas, que son especialmente importantes durante los 49 días de la Cuenta del Omer.
El artículo que tienes delante y el siguiente son extractos de la Seu’dá del Mashíaj de 5785. El original en hebreo apareció en la edición Nifla’ot de Ajarei-Kedoshim 5785.
De Egipto al Sinaí
Ahora estamos en la época del año conocida como Sefirat HaOmer, la Cuenta del Omer, que comienza con el segundo día de Pesaj y termina con la festividad de Shavu’ot. Es la época del año en la que el pueblo judío alcanza la mayoría de edad. En Pesaj, fuimos redimidos de Egipto, escapando de su esclavitud en un estado de relativa inmadurez. Aun incapaces de asimilar todo lo que había sucedido desde la aparición de Moisés hasta que el faraón nos expulsó de Egipto, nuestro viaje de 49 días hasta el monte Sinaí para recibir la Torá representa un recorrido desde una actitud inicial e inmadura hacia Di-s hasta un estado de madurez capaz de recibir Sus leyes y mandamientos. En la víspera de Pesaj, Di-s se nos apareció por Su propia iniciativa. En Shavu’ot fuimos nosotros quienes Le impulsamos a aparecer ante nosotros al prometerLe que viviríamos una vida dedicada a seguir Su Torá.
En la Cabalá y el pensamiento jasídico, el viaje de la inmadurez a la madurez se divide en 4 etapas. En la práctica, cada día de Sefirat HaOmer, las enseñanzas de la dimensión interior de la Torá describen la necesidad de aplicar estas cuatro etapas a cada una de las 49 o siete veces siete rasgos de carácter interincluidos de la psique. En la Cabalá, estas cuatro etapas se conocen simplemente como:
primera-inmadurez, kadnut alef
primera-madurez, gadlut alef
segunda-inmadurez, kadnut bet
segunda-madurez,[1] gadlut bet
Solo por los nombres de estas etapas, entendemos que el paso de la inmadurez a la madurez es recurrente y requiere una revisión del proceso (aunque a un nivel superior) para completarse.
Fe frente a confianza en Di-s
El pensamiento jasídico ofrece muchas aplicaciones diferentes de este proceso de cuatro etapas, aplicaciones que nos ayudan a comprender el significado profundo detrás de cada etapa. La más conocida es que las dos primeras etapas representan los pasos necesarios para alcanzar la conciencia de la omnipresencia de lo Divino, iediat hametziut (יְדִיעַת הַמְּצִיאוּת), mientras que las dos últimas representan los pasos necesarios para alcanzar la comprensión o entendimiento de la esencia de lo Divino, hasagat hamahut (הַשָּׂגַת הַמַּהוּת). En otras palabras, al principio solo podemos llegar a creer que Di-s está en todas partes y que es todo, pero en última instancia nuestro objetivo es aprender a confiar y a comportarnos con seguridad basándonos en esta creencia de que “Di-s es todo y todo es Di-s.” Esto puede compararse con la diferencia entre vivir la vida partiendo de la premisa de que Di-s es bueno y que todo es para bien, y vivir nuestras vidas con confianza en que Di-s, por así decirlo, canaliza esa bondad inherente para cambiar la realidad para mejor.[2]
Para entender mejor estas cuatro etapas, exploremos una parábola que todos conocemos hasta cierto punto – las etapas de la educación, desde entrar en la escuela como alumno hasta tener nuestros propios hijos y educarlos. Este proceso queda plasmado en la fórmula litúrgica que repetimos a diario: “Aprender y enseñar”, lilmod ulelamed (לִלְמֹד וּלְלַמֵּד).
Cuando un niño entra por primera vez en la escuela, está en la primera etapa de inmadurez. Alguien debe darle instrucción y enseñarle. Todo lo que aprende en esta etapa representa una experiencia inicial y su mente está constantemente ligada al momento presente, debido a estas nuevas y (esperemos) positivas experiencias y revelaciones. Pero obsérvese que esto puede ser igual de cierto para un adulto. No es la edad lo que determina si nos encontramos en la primera etapa de inmadurez, sino más bien nuestra experiencia. Cada vez que nos involucramos en algún aspecto de la realidad que es nuevo para nosotros, entramos en un estado de primera inmadurez, y nuestro ser está investido en el momento presente, porque es ahí donde tiene lugar el contacto inicial con una experiencia. Debido a que el término hebreo para la primera inmadurez, kadnut alef (קַטְנוּת א) se basa en la palabra que también significa “pequeño” como en “niño pequeño [o joven]”, pretende evocar la sensación de que, cuando nos encontramos en esta etapa, en cierto sentido estamos regresando a nuestra infancia. Es bien sabido que las personas que están constantemente ampliando sus horizontes intelectuales y experienciales renuevan su juventud, ya sea física, mental o espiritualmente.
Cuando lo que se nos enseña es Torá, existe un aspecto tremendamente importante del aprendizaje conocido como “retorno”, jazará (חֲזָרָה), que se refiere al acto de repasar repetidamente lo que uno ya ha aprendido. En la era rabínica era común que los alumnos (con 5 o 50 años) repasaran lo que se les había enseñado cien veces. La mayoría de los rabinos revisaban todo el corpus de las enseñanzas orales cada treinta días. En nuestros tiempos, es poco común encontrar a personas repasando lo que han aprendido muchas veces, pero la importancia de las revisiones repetidas sigue siendo reconocida. Repasar hasta dominar el aprendizaje previo representa la primera etapa de madurez en este proceso.
La razón espiritual de la dificultad que se siente al revisar la Torá que ya hemos aprendido es que cada revisión es como un “regreso a Di-s”. Normalmente pensamos que volver a Di-s, o teshuvá, es necesario solo después de haber pecado. Pero hay un requisito igualmente importante para volver a Di-s todos los días de nuestras vidas. Este regreso no pretende actuar como penitencia por el pasado en sentido estricto, sino más bien revitalizar nuestra relación con el Todopoderoso; para ver cómo nuestras circunstancias actuales, nuestra búsqueda desde dentro de nuestro presente, transforman la naturaleza de nuestra conexión con lo Divino.
Los sabios describen la importancia de la revisión con la siguiente afirmación,[3]
Quien olvida cualquier parte de lo que ha aprendido, la Escritura lo describe como alguien que se pone en peligro, como está dicho: “Cuida y protégete enormemente de olvidar lo que tus ojos han visto.” ¿Y si la memoria falla? La Escritura dice: “Para que no se borren de tu corazón en todos los días de tu vida.” Uno no es responsable [de olvidar] hasta que haya borrado deliberadamente las enseñanzas de su corazón.
Claramente, la primera madurez requiere que nos centremos en el pasado – ya sea la suma total de lo que hemos aprendido en el pasado o nuestra relación pasada con Di-s esforzándonos por integrarlo completamente y prepararnos para la siguiente etapa.
La primera inmadurez y la primera madurez requieren que nos veamos como estudiantes, primero como principiantes y posteriormente como maestros, pero seguimos siendo estudiantes que aún no son capaces de instruir a otros. La segunda inmadurez y la segunda madurez marcan un cambio de ser instruidos a instruir a otros, de pasar de ser el alumno que tiene relativamente pocas responsabilidades – a ser el profesor del que ahora dependerá el futuro de lo que nos han transmitido otros.
La segunda inmadurez también implica estudiar, pero esta vez se hace como parte de la preparación necesaria para enseñar a otros. Al abordar el material que ya he aprendido en el pasado, ahora miro al futuro, pensando en cómo debería presentarlo a mis alumnos, cuáles podrían ser sus reacciones, reparos o preguntas, y cómo responder a ellas. ¿Por qué llamamos a esto una etapa de inmadurez? Cuando estudiaba el material como estudiante, absorbía mucha información. El material que estudié formaba parte de una gran cantidad de conocimientos que se fue acumulando con el tiempo. Esta vez, mientras me preparo para enseñarlo a otros, tengo que seleccionar los puntos más relevantes del tema en cuestión y sintetizarlos en ideas y un lenguaje que mentes sin experiencia puedan asimilar. Seleccionar y condensar el material es similar a la contracción (el tzimtzum) de la presencia infinita de Di-s necesaria para crear la realidad. Si todo se revelara, no quedaría espacio para la Creación. Si imparto todo lo que sé, saturaré la mente de mis alumnos y frustraré el propósito de la enseñanza. Por lo tanto, en cierto sentido me identifico con su inmadurez.[4]
Una vez que he completado toda la preparación necesaria y he adaptado el material para que se ajuste a los destinatarios, paso a impartir la clase. Para enseñar bien, no basta con regurgitar lo que se preparó. De hecho, eso aseguraría que permanezca en un estado de segunda-inmadurez. Para alcanzar un estado de segunda-madurez, el estado requerido para que la enseñanza tenga un impacto en quienes la escuchan, en esencia debo alcanzar un estado de dveikut, una palabra que normalmente se traduce como “unión-apego”, como en el versículo, “tras Havaia, tu Di-s, caminarás… y a Él te aferrarás”[5], Ajarei Havaia Elokeijem teleju..uvó tudbakún (אַחֲרֵי הוי’ אֱ־לֹהֵיכֶם תֵּלֵכוּ… וּבוֹ תִדְבָּקוּן). La adhesión es un estado en el que el individuo se siente inmerso en lo que está enseñando. Cuando el tema es la Torá, la adhesión va más allá del tema e implica aferrarse a Di-s. Para entender mejor qué es el apego, podemos traer algunos ejemplos de la tradición jasídica. Cuando las enseñanzas del Rebe Elimelej de Lizhensk se plasmaron por escrito y se le llevaron para que las revisara y aprobara, no podía creer que él las hubiera dicho.[6] Asimismo, antes de enviar las transcripciones de sus enseñanzas a imprenta, el Rebe Menajem Najum de Chernóbil, autor de Ma’or Einaim, eliminó aquellas enseñanzas que no se habían expresado con la debida rigurosidad-adhesión.[7]
Como hemos explicado en el pasado, al dar una clase, uno debe dejar a un lado todas las preparaciones que se ha hecho para la clase. La segunda- madurez es similar a un estado de inspiración por el Espíritu Divino (Ru’aj HaKodesh). Incluso alguien que no mereciera un estado tan elevado de adhesión a Di-s sabe que, al impartir la clase a los estudiantes, uno se siente continuamente inspirado por nuevas perspectivas e ideas que antes desconocía. El Rebe Rashab, el quinto Rebe de Lubavitch, conecta este fenómeno con la afirmación de los sabios de que, “Se otorgó a la mujer una mayor capacidad de entendimiento – en lo que respecta al habla – que al hombre – en lo que respecta al pensamiento.” Cuando uno habla, tiene el privilegio de aferrarse al aspecto eterno de la enseñanza. Este fenómeno alcanzó su epítome cuando Moisés se dirigió a los israelitas en las últimas semanas de su vida y lo que dijo se describe como: “la Presencia Divina habla desde su garganta.”[8] La Torá eterna misma salía de la boca de Moisés.
En resumen, las cuatro etapas de la primera y segunda inmadurez y madurez corresponden al pasado, al presente, al futuro y a lo eterno.
[1] Los términos originales en hebreo son: קַטְנוּת א, גַּדְלוּת א, קַטְנוּת ב, גַּדְלוּת ב y se analizan en las kavanot de Arizal para Pesaj y Sefirat HaOmer en los libros Sha’ar HaKavanot y Pri Etz Jaim.
[2] Estos dos aspectos son conocidos en la literatura jasídica como “Fe y Confianza”, un tema que ha sido un elemento fundamental del estilo de vida jasídico desde el Ba’al Shem Tov y que alcanzó su punto álgido en nuestra generación gracias a la conducta transformadora de la realdad y la inspiración del Rebe de Lubavitch. Véase en extensión en nuestro volumen hebreo, Lev LaDa’at, “Emuna VeBitajon.”
[3] Jaguigá 9b.
[4] De hecho, cuando se trata de la Torá, uno debe preparar el material cuatro veces: “Una persona debe tomar un ejemplo, que, al venir a enseñar un capítulo, o una alegoría, o una exhortación, no debe decir: ‘Como conozco bien estas cosas, simplemente me levantaré y enseñaré.’ Más bien, dijo Rav Aja, de Di-s debe aprender, porque cuando Di-s quiso enseñar la Torá a Israel la repitió cuatro veces para Sí Mismo, antes de dirigirse a ellos, como dice (Job 28:28), ‘Entonces [Di-s] la vio, la declaró, la preparó y la examinó,’ y solo entonces, ‘Y dijo a la humanidad…'” (Shemot Rabá 40:1). Estas cuatro repeticiones del material deben realizarse enfocándose en los destinatarios y sus capacidades.
[5] Deuteronomio 13:5.
[6] Devarim Areivim (Arman), vol. 1, Rebe Elimelej & Rebe Zusha, cap. 17.
[7] Zijronam Livrajá, Jeshvan, p. 352.
[8] Zohar 3:7a.
