Historias Jasidicas y de tzadikim
Rebe Meir de Permishlan
Rabi Meir de Premishlan nació en 5540 (1780) siendo hijo de Rabi Aharon Arié Leib, uno de los hijos del gran Rabi Meir de Premishlan, discípulo de Ba’al Shem Tov. Rabi Me’irel, como era conocido, fue uno de los principales discípulos de Rabi Mordejai de Kreminitz. Tras el fallecimiento de su padre en 5573 (1813), Rabi Me’irel asumió el liderazgo de la comunidad jasídica de Premishlan (Peremishliany, Ucrania). Desde joven, se centró en la caridad y en el cuidado de los pobres.
Era conocido como un humilde tzadik que transmitía sus enseñanzas de Torá en un nivel que podía ser entendido por la persona común e incluso hablaba en la lengua vernácula local. También era famoso por su gran amor hacia sus compañeros judíos y encontraba buenos rasgos en los pecadores. Rabi Meir también era conocido por su ru’aj hakodesh (inspiración divina), así como por los innumerables milagros que hizo posibles. Falleció el 29 de Iyar de 5610 (1850). Sus enseñanzas de la Torá y sus relatos sobre él fueron escritos en los libros Or Hame’ir, Divrei Me’ir y Marganita DeRabi Meir.
En una ocasión, en los días de Tzemaj Tzedek, el invierno era extremadamente frío, nevado y nublado. Pasaron los días y la capa de nubes era tan densa que los jasidim en Lubavitch aún no habían encontrado la oportunidad de recitar la oración del Kidush HaLevaná, que debe recitarse al aire libre cuando la luna es visible. La última noche posible para rezar la oración, los jasidim estaban muy preocupados. Escribieron un pidion nefesh (nota de petición) al Tzemaj Tzedek con la petición de que despertara gran compasión hacia ellos para que las nubes se despejaran lo suficiente para que la luna pudiera verse y pudieran recitar la oración.
El Rebe leyó la petición con gran seriedad, salió y se situó bajo el cielo cargado de nubes. Todos los jasidim siguieron, mirando al cielo y esperando las palabras del Rebe. “Me gustaría contar una historia”, dijo el Rebe Tzemaj Tzedek:
Una situación similar ocurrió con el tzadik, Rabi Me’irel de Premishlan. Sus jasidim estaban en un estado de gran tristeza debido a las densas nubes que cubrían el cielo. Ellos también escribieron un pidión nefesh a su Rebe, con la petición de que tomara medidas para despejar las nubes y dejar ver la luna.
Rabi Me’irel salió con todos sus jasidim y con un pañuelo en la mano, dijo:
Quiero contaros una historia sobre Moisés. Sabemos que durante los cuarenta años que los israelitas estuvieron en el desierto, estuvieron rodeados por todas partes por las Nubes de Gloria. Eran nubes muy especiales, en las que la divinidad se percibía claramente. No obstante, ocultaron la luna a la vista. ¿Cómo recitaban entonces los israelitas la oración del Kidush Levaná? Cada mes, cuando llegaba el momento de la oración del Kidush Levaná, Moisés salía de su tienda con un pañuelo en la mano. Lo levantaba y lo a agitaba hacia el cielo y las Nubes de Gloria se dispersaban, creando una abertura a través de la cual se podía ver la luna. De este modo, los Hijos de Israel podrían recitar la oración del Kidush Levana.
Mientras relataba la historia, el propio Rabi Me’irel agitó un pañuelo, como si estuviera mostrando lo que hizo Moisés. Y, efectivamente, las nubes se dispersaron y se pudo ver la luna.
Mientras el Tzemaj Tzedek contaba esta historia, también agitó su pañuelo hacia el cielo, las nubes se dispersaron y los jasidim recitaron con alegría la oración del Kidush Levana.
Una tras otra, las pantallas de nubes en esta historia se dispersan. El Tzemaj Tzedek cuenta la historia del Rebe Meir, y el Rebe Meir cuenta la historia de Moisés. Cada uno dispersa las nubes con un pañuelo. El poder de la historia es conectarnos con la generación anterior, identificarnos con ellos y inspirarnos en ellos para actuar sintiendo que lo único que podemos hacer es relatar lo que ocurrió en el pasado. Y entonces, por el poder de los tzadikim de las generaciones anteriores, ocurre el milagro.
Curiosamente, la brecha entre generaciones en esta historia no es en absoluto simétrica. Mientras Rabi Meir contaba la historia de Moisés, que vivió miles de años antes que él, el Tzemaj Tzedek contaba la historia de Rabi Meir, que le precedió por poco tiempo. Podemos aprender de esto que, en cierta medida, desde los días de Ba’al Shem Tov y en adelante, los tzadikim de Jasidut son la conexión más cercana con Moisés que se puede encontrar. (Como dijo Rabi Levi Itzjak de Berditchev sobre sí mismo, que es el quinto en la línea de sucesiones de Moisés: Moisés enseñó al profeta Ajiá HaShiloni, quien enseñó al Ba’al Shem Tov, quien enseñó al Maguid de Mezritch, quien le enseñó a él).
Rabi Meir’el de Premishlan vivió en un mundo en el que la Divinidad era evidente. Contó la historia de Moisés como si estuviera contando una historia sobre uno de sus tzadikim contemporáneos. Así, cuando miraba al cielo, en vez de ver la luna cubierta de nubes, veía las Nubes de Gloria. La siguiente historia ayuda a aclarar este punto.
La mikve en la ciudad de Rabi Meir’el estaba al pie de una elevada montaña. Cuando el suelo estaba embarrado y resbaladizo, los habitantes del pueblo rodeaban la montaña para no caerse en el descenso. Sin embargo, el Rebe Meir’el bajaba directamente la montaña. Ciera vez, varios jóvenes que no eran precisamente grandes admiradores de los tzadikim se alojaban en la ciudad. Cuando vieron al Rebe Meir’el bajando la montaña en línea recta, intentaron hacer lo mismo. Resbalaron, cayeron y resultaron heridos. “¿Cómo se descender en línea recta por la montaña cuando nadie más puede descender sin caerse?” preguntaron al Rebe Meir’el. El Rebe Meir’el respondió: “Cuando estás conectado arriba, no caes abajo.”
La respuesta del Rebe Meir’el se convirtió en un clásico dicho jasídico. Con su declaración, el Rebe Meir’el expresaba la forma en que había conducido toda su vida – vivir en el mundo y fuera del mundo, simultáneamente. Cuando una persona está conectada al cielo, puede caminar por el suelo, aunque esté embarrado y resbaladizo, y puede ver las Nubes de Gloria en la niebla. Este pensamiento jasídico fundamental es relevante para cada persona en sus esfuerzos por rectificar su alma. Encuentra expresión práctica cuando una persona está ocupada con asuntos mundanos, pero puede mantener continuamente su conexión con Di-s.
Jasidut explica que, respecto a Moisés, no había diferencia entre su raíz del alma, ya que estaba arriba, y cuando se manifestaba abajo en su cuerpo. Para todos los demás – incluidos los grandes tzadikim – las dos manifestaciones del alma divergen; el alma en lo alto se muestra de forma diferente a la forma en que se manifiesta aquí abajo, en la tierra. Arriba, en el Mundo de la Emanación, el alma es parte de Di-s. Pero cuando desciende, se ve influida por el estado de existencia separada que caracteriza a los tres Mundos inferiores (Creación, Formación y Acción) y se transforma en una personalidad independiente. Moisés es la única persona que habló en el Nombre de Di-s sin ser influenciado de ninguna manera por su entendimiento personal ni por las imágenes corpóreas del mundo material. Así, la Torá que Moisés trajo al mundo tiene el poder de conectar incluso la realidad más física y tosca con Di-s, lo que nos recuerda como la la piel de un animal kosher puede convertirse en un sagrado rollo de la Torá.
El Tania (cap. 42) explica que cada persona tiene una chispa del alma de Moisés en su interior. Esta chispa nos da a todos la capacidad de percibir esta claridad – aunque sea solo un poco – siempre que nos conectemos con las generaciones de los tzadikim y nos identifiquemos con ellos, tal y como demuestran tanto el Tzemaj Tzedek como Rabi Meir’el en sus respectivas historias.
Además de los tres tzadikim mencionados explícitamente en esta historia, hay un tzadik adicional oculto: el Mashíaj, simbolizado por la luna a quien todos esperaban para bendecir con la oración del Kidush Levaná. La renovación mensual de la luna nos recuerda de nuevo, cada mes, que David, el Rey de Israel, ¡vive y existe! Así como la luna mengua y crece – pasando de la invisibilidad a un tamaño completo – también el reino caído de la Casa de David resurgirá una vez más. Fortalecer nuestro vínculo con Moisés a través de contar estas historias sobre los tzadikim sirve para dispersar la capa de nubes – es decir, el velo que impide al Mashíaj revelar su luz universalmente.
