Del libro Luz de Israel
(Or Israel): Relatos de las maravillas del Santo de Israel, nuestro maestro Rabí Israel Baal Shem Tov.
Iluminadas por el rabino Itzjak Ginsburgh
RELATÓ EL REBE RAIATZ:
Antes de que naciera el Baal Shem Tov, hubo decretos muy difíciles sobre Israel, como las persecuciones de 1648-1649 del opresor de judíos Chmielnicki y sus huestes —las bestias salvajes ucranianas, que sus nombres sean borrados—. La situación de los hijos de Israel era muy mala, tanto en su alma como en su sustento. Los nobles (poritzim) abusaban de ellos y los sacerdotes inventaban calumnias falsas. No pasaba un año sin que Israel sufriera por tales libelos, en cuerpo, alma y bienes.
Había nobles que arrendaban a los judíos kretshmes (posadas) en los caminos o en la ciudad, y si el judío arrendatario no podía pagar la renta a tiempo, el noble lo trataba como si fuera de su propiedad y lo sometía a diversas opresiones. Si era un año en que no había ingresos en absoluto y el arrendatario no tenía con qué pagar, entonces la vida del hombre y su familia pendían de un hilo; todos eran encerrados en prisiones subterráneas hasta que conseguían los medios para saldar las deudas.
La situación material de los hijos de Israel descendió drásticamente, y este estado material afectó su condición espiritual hasta el punto de quedar en un estado de letargo y desmayo. Desde el Cielo vieron que debía descender un alma elevada para despertar y elevar a los hijos de Israel, tanto en lo material como en lo espiritual.
Así como vemos que si se quiere despertar a una persona desmayada, el remedio probado es llamarla por su nombre y así despierta; del mismo modo, para despertar a los hijos de Israel de su desmayo y letargo, hicieron descender a este mundo el alma de nuestro maestro, el Baal Shem Tov —quien se llamaba Israel, por el nombre de todo el pueblo de Israel— y a través de esto despertaron.
(Reshimot Devarim 3, pág. 7)
DOLORES DE PARTO
En toda la historia de sufrimientos y amarguras que atraviesa el pueblo de Israel durante su largo exilio, vemos una y otra vez cómo “es tiempo de angustia para Jacob, y de ella será salvado”. Precisamente desde la angustia nos fortalecemos con nuestras fuerzas interiores más resilientes, y de allí nace la salvación. Así ocurre en cada persona: el enfrentamiento agudiza y fortalece la personalidad, sacando a la luz fuerzas dormidas.
La angustia no es un castigo, sino una oportunidad de cercanía y entrega absoluta (mesirut nefesh). Cuando el Santo Bendito Sea y la Asamblea de Israel están distanciados, a veces es necesaria una experiencia aguda y traumática para crear un nuevo acercamiento.
La salvación más elevada de cualquier angustia es atraer el alma de un Tzadik superior a este mundo, un Tzadik que tenga la fuerza de ser un líder auténtico y poner al pueblo de pie de verdad. Este es el fruto de la unión renovada entre Dios y la Asamblea de Israel: el hijo que nace tras el distanciamiento prolongado.
Así nos sucedió en el exilio de Egipto, la madre de todos los exilios, donde merecimos el alma de Moshé Rabenu en medio de la amargura y el clamor. Por eso, la palabra Tzará (angustia/estrechez) alude a Tziré Leidá (dolores de parto), y también a Tzir Ne’emán (emisario fiel): el enviado que media entre Dios y nosotros para recordarnos y redimirnos por la palabra divina.
Tal como se nos envió a Moshé Rabenu, a través de quien se entregó la Torá y cuya luz irradió sobre los setenta ancianos, así se nos envió al Baal Shem Tov junto con los “sesenta valientes” que él encendió con su gran luz.
EL NOMBRE OCULTO
Aprendemos que la angustia provoca que las fuerzas ocultas en el alma del pueblo se revelen. La salvación no es algo externo, sino que desde el inicio de la angustia ella está esperando ser descubierta. En el Jasidismo encontramos tres parábolas que explican tres tipos de ocultamiento:
- Ocultamiento como la llama en la brasa: La llama está dentro de la brasa, pero no arde realmente. Se llama “ocultamiento que está en la existencia”, pues lo oculto está en el umbral de la revelación y se puede sentir desde fuera. Para revelarla, basta con soplar y de inmediato arde como fuego visible.
- Ocultamiento más profundo como el fuego en el pedernal: El fuego no está de forma efectiva dentro de la piedra, sino solo de modo oculto, en potencia. Se llama “ocultamiento que no está en la existencia”, y para extraer el fuego se requiere un esfuerzo mayor: un golpe con fuerza.
- El ocultamiento más profundo: el Nombre dentro de la Esencia: “Y todo lo que el hombre llamó a cada ser viviente, ese es su nombre”. Cada persona tiene su propio nombre, derivado directamente de su esencia. Solo responde a ese nombre, porque solo ese nombre está labrado en los fundamentos de su raíz espiritual superior.
Sin embargo, el nombre es lo más difícil de revelar desde el ocultamiento de la esencia. Está allí incluso menos de lo que el fuego está en el pedernal. Por eso, dicen los Tzadikim que los padres reciben inspiración divina (Ruaj HaKodesh) al elegir el nombre de su hijo; de lo contrario, no acertarían con el nombre correcto.
Cuanto más profunda es la angustia, más necesita el hombre atraer una luz nueva y revivir desde su raíz más profunda. Si para una pena ligera basta con una pequeña sacudida, en una angustia grave —cuando la persona se desmaya y está cerca de expirar— no hay más solución que llamarlo por su nombre. Saber apuntar a lo más recóndito, a la raíz de su vida, pues solo de allí se puede tomar el “rocío de vida” para revivirlo.
En los días de los profetas, antes de la destrucción del Templo, estábamos en un estado de sueño despierto (somnolencia). Entonces los profetas intentaron soplar en nuestra brasa e inflamar nuestra alma con sus reprensiones y consuelos. En el punto álgido del largo exilio, en los días de Mordejai y Ester, caímos en un sueño profundo. “Hay (Ieshnó) un pueblo” se interpreta como “duerme (Iashen)”. Solo con la fuerte sacudida del decreto de Hamán, nuestra alma despertó y revivió.
Al final del exilio, cuando la oscuridad aumenta justo antes del amanecer, nuestras fuerzas nos abandonaron y quedamos desmayados en el suelo. Entonces se nos envió al Baal Shem Tov, el alma de Israel. Cuando su nombre fue llamado en los oídos del alma de la nación, su espíritu retornó y revivió como si hubiera nacido de nuevo.
Este es el significado de llamar por el nombre: ante la angustia, el alma se retrae hacia su punto de origen, hacia la “nada” previa a su existencia, y desde allí crece de nuevo. Ahora es más fresca, más valiente y está preparada para las nuevas circunstancias que la rodean.
EL NOMBRE Y LA ESENCIA
Desde el Baal Shem Tov hasta hoy han pasado muchos años, y nuevamente nos encontramos desmayados. Sabemos en nuestra alma que aquellas generaciones, comparadas con la nuestra, son como la luz frente a la oscuridad. Si ellos estaban desmayados, nosotros estamos en un auténtico “coma” espiritual.
Si en aquellos días estábamos sujetos al yugo de los gentiles malvados, hoy nos causamos los problemas a nosotros mismos. Es como si una enfermedad maligna anidara en el corazón de la nación, enviando metástasis que adormecen el cerebro y el corazón judío.
Existe una tradición que dice que Rabí Eizik de Homil dijo poco antes de fallecer que el mundo está cayendo y se necesita un “Nuevo Orden” (Seder Jadash). Con el concepto de “Orden”, se refería al orden de iluminación de la Torá del Jasidismo: la aparición del Baal Shem Tov, el Maguid y el Alter Rebe.
Rabí Eizik reconoció que no nos basta con la luz que ha brillado hasta ahora. En el aumento de la oscuridad que veía a su alrededor, vio la prueba de que la tarea no ha terminado. El Nombre de la Esencia que el Baal Shem Tov gritó a nuestros oídos debe revelarse sobre nosotros nuevamente con una voz fuerte y clara, no solo como un susurro al oído del desmayado.
Para los estudiosos del Jasidismo: Se puede notar que el Jasidismo en general, y la Torá del Rebe de Lubavitch en particular, tocan la Esencia (Atzmut) más que los “nombres”, respondiendo a la necesidad ardiente de nuestro tiempo: el tiempo de la Redención. El Rebe enseña el camino para pertenecer a la Esencia, cómo atraer la revelación de Dios mismo en Su Gloria y Esencia, y no conformarse con ningún nivel intermedio.
