TRES TIPOS DE IMPUREZA

(FOTO: construcción de la mikve en el Kever Iosef Hatzadik, la Tumba de Iosef el justo en Shjem)

PARASHÁ TAZRÍA METZORÁ

En nuestra sección semanal, las parashot conectadas de Tazría y Metzora, estudiamos las leyes de pureza e impureza (Tumá ve-Tahará). Estas leyes son un fundamento principal de la Torá que no solemos encontrar en el día a día; en este artículo intentaremos “saborear” un poco de su profundidad.

En la parashá Tazría encontramos la impureza de la mujer tras el parto y la de la lepra (Tzaráat). Al final de Metzora, estudiamos las leyes del Zav y la Zavá (flujos), la Nidá (menstruación) y la polución nocturna. Todas estas impurezas se caracterizan por salir de dentro del cuerpo.

Por el contrario, en la parashá anterior (Sheminí), aprendimos sobre otro tipo de impureza: la de los cadáveres de animales (nevelá) y la de los reptiles (shratzim). Estas impurezas no brotan del cuerpo, sino que provienen de una fuente externa; animales que contaminan al hombre o a sus utensilios.

Además, hay otra parashá en la Torá que trata estas leyes: Jukat (en el libro de Números). Allí aprendemos sobre la impureza del muerto (Tumát Met), cuyo origen es el encuentro con la muerte misma.

Impurezas que salen del cuerpo: Un defecto en la preparación para lo sagrado

De forma simple, todos sabemos que la impureza del muerto es la más grave. Es la única que contamina por estar bajo un mismo techo (Ohel) y requiere para su purificación el rocío de las cenizas de la Vaca Roja.

Sin embargo, existe un aspecto en el cual las impurezas que salen del cuerpo (las de nuestras parashot) son incluso más graves que la del muerto, y ciertamente más que la de los animales. La gravedad de las impurezas que brotan del cuerpo radica en la cercanía o lejanía respecto a lo Sagrado, el lugar donde reside la Shejiná (Presencia Divina).

Una persona impura por haber tocado un reptil o un muerto tiene permitido entrar al Campamento de Leví (el área del Monte del Templo). Lo único que se le prohíbe es entrar al Campamento de la Shejiná (el área del Santuario propiamente dicho). En cambio, quien tiene una impureza que brota de su cuerpo (como un Zav) debe alejarse incluso del Campamento de Leví; se le prohíbe acercarse a cualquier área del Monte del Templo.

Aprendemos el significado de esto en otros dos lugares de la Torá:

  1. En el Monte Sinaí (Parashá Itró): Antes de la gran revelación, Moshé ordena al pueblo: “Estad preparados para el tercer día, no os acerquéis a mujer”. La precaución ante las impurezas corporales es la preparación necesaria para la conexión con lo Sagrado.
  2. Moshé Rabenu (Parashá Behaalotjá): Cuando Miriam y Aarón hablan sobre el hecho de que Moshé se apartó de su esposa, Dios les explica que, a diferencia de otros profetas, Él habla con Moshé “boca a boca” en cualquier momento. Al estar en comunicación constante, Moshé debe estar en un estado de pureza perpetua, evitando cualquier impureza que brote del cuerpo.

De esto aprendemos que las impurezas corporales dañan la conciencia interna del hombre y le impiden estar en la posición anímica correcta frente a Dios. En palabras simples: estas impurezas debilitan el temor reverencial (Irá) requerido para acercarse a lo sagrado. El Campamento de Leví simboliza la transición y preparación; quien carece de esta pureza, carece momentáneamente de la conciencia adecuada para el encuentro divino.

Impureza de animales y reptiles: Un defecto en lo sagrado mismo

A diferencia de las anteriores, la impureza por contacto externo (animales) solo afecta al Sagrado mismo. Quien tocó un reptil no tiene falta de temor a Dios ni su conciencia está dañada; su preparación es perfecta y por eso puede entrar al Monte del Templo (Campamento de Leví).

Sin embargo, desde la perspectiva del Santuario, no es apropiado que entre quien tiene sus manos sucias por un reptil. Lo Sagrado requiere un recipiente estético (Keli Naé) para residir en él. Así como un Cohen con un defecto físico no puede servir en el Templo por no ser un “recipiente estético”, el que se ha contaminado con agentes externos no es apto para entrar al Santuario porque dañaría la dignidad del lugar.

Vemos esto en la estructura del alma: el intelecto no reside en el hígado o el estómago (órganos más “densos”), sino en el cerebro, que es el órgano más refinado y limpio, siendo así un recipiente estético para la luz de la mente.

Impureza del muerto: La lucha entre la Santidad y la Realidad

La impureza del muerto pertenece a la realidad física concreta. El muerto representa la entropía y la extinción. Ante los ojos del mundo, la muerte simboliza cuán fuerte es la naturaleza y cómo “nada puede vencerla”.

Cuando la Torá nos enseña la purificación con la Vaca Roja, nos enseña que la Santidad es más fuerte que la realidad física. La pureza del muerto nos imbuye la idea de que, aunque la realidad parezca absoluta y definitiva, es posible purificarse de las “cadenas de la existencia” a través de la conexión con lo Sagrado. Por eso la Torá enseña primero el remedio (la Vaca Roja) antes que la enfermedad (la muerte), para grabarnos que la Santidad siempre tiene la victoria final.

Orden de “Arriba hacia Abajo”

Si resumimos, la Torá organiza las impurezas en un orden perfecto:

  1. Sheminí: Impurezas que dañan lo Sagrado mismo (animales). Problema: el recipiente.
  2. Tazría-Metzora: Impurezas que dañan la preparación al Sagrado (corporales). Problema: la conciencia y el temor (Irá).
  3. Jukat: Impurezas que ponen a lo Sagrado en lucha contra la realidad (muerte). Problema: la percepción de la finitud.

El caso especial del Leproso (Metzora)

El centro de nuestra parashá es el leproso. Él tiene una regla única: debe alejarse no solo del Monte del Templo, sino salir de todos los campamentos de Israel.

La razón es que su falta no es solo ante Dios, sino ante la sociedad. Nuestros sabios enseñan que la lepra viene por el habla malintencionada (Lashón HaRá). Mientras que otras impurezas corporales dañan la relación con Dios pero mantienen la relación humana sana, el leproso ha dañado el tejido social.

Raban Iojanán ben Zakai bendijo a sus alumnos para que tuvieran tanto temor a Dios como lo tienen a los hombres. El nivel más básico es el respeto y la integridad hacia el entorno. El leproso, al hablar mal, carece incluso de este nivel básico de humanidad, y por ello debe ser excluido totalmente hasta que rectifique su conducta.

¡Shabat Shalom!

Rabino Itzjak Shapira

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