UN IMPULSO HACIA LA PLENITUD
Continuamos nuestra exploración del libro de HaRav Ginsburgh, Despertando la chispa interior: Cinco dinámicas de liderazgo que pueden cambiar el mundo. Habiendo tratado la visión más amplia del liderazgo y la primera de las cinco dinámicas, el arte del compromiso, ahora pasamos a la segunda de las cinco dinámicas: el afán por la plenitud – una cualidad visionaria que imbuye al líder la capacidad de inspirar a otros a vivir una vida de sentido y propósito
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01 https://galeinai.org/2026/03/09/cinco-dinamicas-de-liderazgo-parte-1/
02 https://galeinai.org/2026/03/12/cinco-dinamicas-del-liderazgo-parte-2/
En nuestro artículo anterior, exploramos la primera dinámica del liderazgo – el arte del compromiso – y su papel esencial en fomentar la paz entre individuos y dentro de la sociedad. De esta base fluye de forma natural la segunda dinámica, una que profundiza la primera: un impulso hacia la plenitud.
La conexión intrínseca entre estas dos dinámicas ya está arraigada en la propia lengua hebrea. La palabra shalom – paz – también significa plenitud, completitud, y perfección. La paz no es simplemente la ausencia de conflicto; es la manifestación de la plenitud. Así, el verdadero liderazgo no termina en compromiso, sino que avanza hacia una visión de completitud interior y exterior.
Esta segunda dinámica se activa cuando un líder ve más allá del estado actual de las cosas y se conecta con el potencial más profundo oculto en la realidad: un futuro de armonía, rectificación y redención. Es la capacidad de imaginar un futuro utópico y mesiánico y de atraer ese futuro hacia el momento presente. Aunque el mundo, tal y como está, está lejos de estar perfeccionado, el liderazgo exige el valor de invertir las energías mentales, emocionales y espirituales en revelar ese futuro aquí y ahora. La gente anhela no solo un mañana mejor, sino un presente impregnado de significado y esperanza. Un verdadero líder no solo habla o teoriza sobre un mundo redimido, sino que empieza a hacerlo tangible para quienes caminan a su lado.
Liderar de esta manera requiere ir más allá de los límites que uno percibe. Exige la disposición a ir más allá de la comodidad y el hábito para acceder al verdadero potencial de uno mismo. Esta cualidad se conoce como mesirut nefesh – la autotrascendencia, la disposición a entregarse plenamente a una tarea o causa, incluso hasta el punto de sacrificio propio para santificación de Di-s y la Torá.
Este tipo de actitud fue articulada con fuerza por Rabi Shmuel de Lubavitch, el cuarto Rebe de Lubavitch, quien enseñó que, al enfrentarse con obstáculos, no se debe primero buscar una forma de rodearlos o pasar por debajo de ellos, sino más bien lejatjila ariber – saltar por encima de ellos desde el principio. Esta enseñanza refleja una profunda confianza espiritual. Al alinearse con un propósito superior, los obstáculos pierden su poder antes de materializarse completamente. Además, cuanto mayor es el desafío, mayor es la oportunidad de crecimiento. Cada salto sobre la limitación se convierte en una expansión permanente del yo. En ciertos casos, incluso puede parecer que el líder inspirado vive, según el pensamiento jasídico, “a un palmo sobre el suelo”, donde los milagros empiezan a parecer normales.
Los Profetas y los Milagros
Este impulso hacia la plenitud se encuentra a lo largo de todo el Tanaj, especialmente en los libros de los Profetas. Estos visionarios percibieron la redención definitiva de la humanidad con tal claridad que sus palabras continúan inspirando hasta hoy en día. Debido a que expandieron su conciencia más allá de los límites convencionales, muchos se convirtieron en recipientes para milagros Divinos. Su liderazgo no surgía de la búsqueda de autoridad, sino de la alineación con una realidad superior.
Aunque la tradición cuenta cuarenta y ocho profetas varones y siete profetisas, el Talmud enseña que en Israel hubo en realidad cientos de miles de profetas y profetisas.[1] Durante la era del Primer Templo, las personas realizaban prácticas meditativas y espirituales diseñadas para elevar la conciencia y convertirlas en recipientes adecuados para la experiencia profética. El objetivo no era la profecía por sí misma, sino la cercanía a Di-s y el cumplimiento del potencial espiritual propio más profundo. Buscar la experiencia espiritual por el “subidón” o la emoción siempre ha sido mal visto en la tradición judía.
Este ideal queda plasmado en un episodio protagonizado por Moisés, el más grande de todos los profetas. Cuando Iehoshua objetó que dos hombres profetizaran dentro del campamento, Moisés respondió: “¡Ojalá todo el pueblo de Di-s fuera profeta!”[2] El liderazgo en su forma más auténtica no es excluyente. El deseo por la plenitud y, de hecho, todas las dinámicas del liderazgo son accesibles para cada alma.
Integridad esencial
El Ba’al Shem Tov articuló un principio profundo sobre la integridad: cuando se capta una parte de una esencia (etzem), se capta la esencia en su totalidad (etzem).[3] Según la Cabalá y el Jasidut, hay tres entidades cuya propia naturaleza se define por su integridad: la Torá, el pueblo judío y la Tierra de Israel.
Un rollo de la Torá al que falte incluso una sola letra o incluso parte de una letra es inválido para lectura pública hasta que se corrija, porque la Torá, por definición, debe ser completa. La Torá es mencionada en los Salmos como “La Torá de Di-s es perfecta.”[4] De manera similar, el pueblo judío es una sola entidad orgánica. Si, aunque sea un judío sufre o se distancia de la tradición judía, la integridad de todo el pueblo se ve afectada. Esta idea se expresa en la enseñanza de que “Todo Israel es responsable unos por los otros.”[5] El mismo principio se aplica a la Tierra de Israel, que también es inherentemente plena. Cualquier división o incompletitud dentro de la tierra refleja un estado incompleto que espera ser corregido. Por esta razón, la profecía mesiánica se centra consistentemente en el regreso de todo el pueblo judío a la totalidad de la Tierra de Israel, culminando en su pleno asentamiento y redención. Solo entonces se realizará la plena redención del mundo, liderada por el líder supremo, el Mashíaj.
Junto a estas enseñanzas se sostiene una afirmación paradójica: “No hay nada tan completo como un corazón roto.”[6] A primera vista, esto parece contradictorio. Sin embargo, un corazón roto despierta el anhelo de sanación, de santidad y, en última instancia, de un mundo restaurado a su plenitud. El peligro de sentir tal rotura causada por un mundo donde tantos sufren por guerras, odio, enfermedad y desilusión es que uno pueda quedar angustiado, deprimido o sentirse sin esperanza para rectificar la situación. Sin embargo, lo que quiere decir esta declaración es que, precisamente al sentir un corazón roto tan profundamente, esto no conduce a la desesperación, sino que uno se fortalece para aportar su granito de arena a la hora de crear paz y plenitud en la manera que sea posible.
En este sentido, los sabios enseñan que “los secretos de la Torá solo se confían a quien siente inquietud en su corazón.”[7] Esta inquietud no se refiere a la ansiedad personal ni a la carencia material, sino a una conciencia existencial de las imperfecciones del mundo: el sufrimiento, la injusticia y el ocultamiento espiritual que aún prevalecen. Aunque la fe enseña que todo lo que hace Di-s es, en última instancia, para bien[8] y que todo es, en cierto sentido, como debe ser, está igualmente claro que el mundo sigue sin rectificar. Sus imperfecciones no reflejan una deficiencia en la perfección Divina, sino las distorsiones acumuladas de la elección humana.
El impulso por la integridad surge entonces de esta tensión sagrada, reconociendo el mundo tal y como es, mientras se niega a renunciar a la visión de lo que puede y debe ser. El liderazgo animado por esta dinámica no espera la redención, comienza a vivirla ahora, arrastrando el futuro hacia el presente hasta que la plenitud se convierte en realidad.
Unidad de Cuerpo y Alma, Física y Espiritual
A nivel práctico, el impulso por la plenitud significa unificar cuerpo y alma, lo físico y lo espiritual. Nuestra tarea no es huir del mundo físico ni denigrar el cuerpo en busca de una espiritualidad abstracta, sino elevar lo físico e infundirlo de santidad. Esta unidad está en el corazón de la creación misma y explica el propósito de la Torá y sus mandamientos. Después de que Adán y Eva comieran del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, la maldición de Adán, o, mejor dicho, la consecuencia de sus acciones, fue la lucha por mantenerse a través del trabajo físico.[9] Sin embargo, dentro de esta dificultad está incrustada la posibilidad de la rectificación – la oportunidad de santificar lo físico mediante el esfuerzo, la intención y el propósito.
Una de las mayores bendiciones en la vida es amar el propio trabajo, experimentar la profesión como una misión personal. Cuando el trabajo de una persona se convierte en una expresión de su llamado interior, cuerpo y alma se unen, y la vida misma refleja la plenitud.
Una visión que sostiene
El pueblo judío ha sobrevivido a siglos de exilio sostenido por esta visión de unidad y redención. Incluso el acto de imaginar un futuro redimido lo acerca más al presente. En sus últimos años, el Rebe, Menajem Mendel Schneerson, instó a sus seguidores a estudiar sobre el Mashíaj y a dedicar sus vidas a hacer de la redención una realidad vivida. En nuestro tiempo, a medida que el pueblo judío regresa a su tierra, se establece y redime la tierra, y mientras un número creciente de judíos se reconecta con la Torá y la tradición judía, comenzamos a experimentar en el presente la realidad del futuro mesiánico.
Así como estamos llamados a elevar lo físico y santificarlo, también se nos llama a traer el cielo a la tierra – a infundir cada acción con un significado Divino. Que cada uno de nosotros se inspire para buscar y materializar la plenitud en sus vidas e irradiar esa energía a los demás. Cuando suficientes individuos lo hagan, se revelará una masa crítica de energía redentora, que atraerá al líder definitivo, el Mashíaj, a la realidad.
[1] Meguilá 14a.
[2] Números 11:29.
[3] Keter Shem Tov (ed. Kehot) apéndice 116.
[4] Salmos 19:8.
[5] Shevuot 39a.
[6] Deguel Majané Efraim, Va’etjanan.
[7] Jaguigá 13a.
[8] Berajot 60b.
[9] Génesis 3:19.
