*DE BENDICIONES Y MALDICIONES*
*MIÉRCOLES 13 DE ELUL 5786 – 26-8-2026*
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MÚSICA DE LA CLASE
Nigún 70 – MARCHA Rabino Itzjak Ginsburgh
NIGUNEI JEN
MES DE ELUL – CONFÍA EN HASHEM
Rabino Itzjak Ginsburgh
1 PARASHÁ KI TAVÓ
JAI ELUL
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¿CÓMO RECONOCER LA BENDICIÓN QUE SURGIRÁ DE LOS MOMENTOS DIFÍCILES Y PERTURBADORES?
En esta parashá hay pocas leyes, pero abunda en otro tema: las maldiciones. El proceso que crea la realidad de una maldición es mucho más simple que el de crear una bendición, y no solo porque la gente sea malvada, sino porque en el momento en que algo se sale de su orden normal, ya es una maldición. En la naturaleza de la realidad hay más espacio para las maldiciones que para las bendiciones, porque una bendición es esencialmente el límite óptimo de una persona. Cuando hace demasiado calor, tengo calor; cuando hace demasiado frío, tengo frío; cuando llueve, me mojo, y así sucesivamente. El límite de los seres humanos es muy delicado, y si se inclinan hacia un lado, ya no es bueno.
¿Cómo lograremos, en nuestra vida diaria, reconocer la bendición que surgirá de los momentos difíciles y perturbadores?
No siempre podemos verla mientras atravesamos la dificultad. Jasidut tampoco nos pide llamar “bueno” a aquello que duele. Nos enseña algo más profundo: no identificar la apariencia presente con el desenlace final. En Elul, cuando hacemos jeshbón hanéfesh, miramos hacia atrás y muchas veces descubrimos que situaciones que parecían obstáculos nos llevaron a lugares que jamás hubiéramos alcanzado sin ellas. Por eso Ki Tavó comienza con “Vehaiá” — alegría, continúa con Bikurim — agradecimiento, y aun dentro de la Tojajá — ocultamiento, Jasidut busca revelar la bendición interior.
La mirada jasídica no niega la oscuridad; busca descubrir la luz que Hashem ha ocultado dentro de ella. Y quizás esa pueda ser la idea central de tu clase de esta noche: No siempre tenemos el poder de elegir lo que nos sucede, pero podemos aprender a mirar nuestra historia hasta descubrir cómo Hashem transforma también los descensos en parte del camino hacia una bendición mayor.
¡JASID, ESCONDE TUS ESPINAS!
Los primeros jasidim acostumbraban ocultar y enterrar profundamente sus espinas y trozos de vidrio rotos para no dañar al prójimo.
Por lo general, un jasid ferviente y entregado comienza su camino espiritual con cierta dosis de extremismo: un entusiasmo inocente y celoso que lo impulsa a palabras y acciones que traspasan los límites. Más adelante, a medida que madura, ese fervor inicial se transforma en un esfuerzo firme y constante por influir sobre toda la humanidad y cobijarla bajo las alas de la Presencia Divina (Shejiná). Es entonces cuando comprende que, aun si ese celo apasionado sigue latiendo en su corazón, debe ocultar y refrenar su expresión punzante, para no herir al prójimo ni alejarlo de acercarse a la verdad.
Del mismo modo, el jasid debe aprender a ocultar sus propios méritos (zejuiot). Hacer alarde de las virtudes personales conduce a su quiebre, transformando los méritos en fragmentos afilados de vidrio (zejujiot) que pueden herir y cortar a los demás. Para avanzar juntos en el servicio a Dios —con un vínculo sincero y sin soberbia— es necesario borrar la noción de superioridad o privilegio, cultivando una profunda sensación de igualdad nacida de la certeza de que toda virtud no es más que un regalo del Cielo.
EL BIEN OCULTO EN LA PERSONA
A veces una persona no ve el bien que existe dentro de ella.
Está ocupada con sus debilidades, sus fracasos y todas las razones por las que no puede.
Pero cuando alguien elige creer verdaderamente en ella, algo comienza a cambiar desde adentro.
A veces, tu fe en una persona es precisamente lo que le da la fuerza para descubrir quién es realmente.
Cuando vemos el bien en el otro, lo alentamos y creemos en sus capacidades,
le permitimos conectarse con lugares dentro de sí mismo que quizás ni siquiera él conocía todavía.
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Parashá Ki Tavó — Resumen
La parashá Ki Tavó (Deuteronomio / Devarim 26:1 – 29:8) es la quincuagésima sección semanal de la Torá y una de las más solemnes, conteniendo las leyes de la entrada a la tierra de Israel, la ceremonia de bendiciones y maldiciones, y la advertencia nacional (Tojejá).
Ki Tavó (Devarim 26:1–29:8) comienza con una de las mitzvot más hermosas vinculadas con la Tierra de Israel: Bikurim, la entrega de las primicias. Al llegar a la tierra, trabajarla y recoger sus primeros frutos, el judío los lleva al Beit HaMikdash y expresa su agradecimiento a Hashem. No considera la abundancia como algo que le pertenece por derecho propio, sino como una bendición recibida. Por eso declara: “He venido a la tierra que Hashem juró a nuestros padres que nos daría”.
Al entregar los Bikurim se recita un texto que resume la historia del pueblo de Israel: desde nuestros patriarcas, el descenso a Egipto, la esclavitud y el sufrimiento, hasta la redención y la llegada a “una tierra que mana leche y miel”. La Torá nos enseña así que agradecer no es solamente decir “gracias”, sino recordar de dónde venimos, reconocer Quién nos salvó y comprender para qué recibimos nuestras bendiciones.
La parashá continúa con el vidui maaser, la declaración relacionada con los diezmos, y con una afirmación fundamental del pacto entre Hashem e Israel: “A Hashem has declarado hoy que sea tu Dios… y Hashem ha declarado hoy que seas para Él un pueblo preciado”. Existe una relación recíproca: nosotros elegimos pertenecer a Hashem y Hashem nos elige como Su pueblo.
Moshé ordena que, al cruzar el Jordán, se levanten grandes piedras sobre las cuales serán escritas las palabras de la Torá. Luego, en los montes Guerizim y Eival, el pueblo renovará solemnemente su pacto con Hashem mediante bendiciones y advertencias.
Las Piedras en el Monte Eval y el Altar
- Al cruzar el río Jordán, el pueblo debe erigir grandes piedras enyesadas en el Monte Eval y escribir en ellas claramente las palabras de la Torá.
- Allí mismo se construye un altar de piedras enteras (sin labrar con hierro) para ofrecer sacrificios de paz y holocausto con regocijo ante Dios.
TOCAR EL POTENCIAL OCULTO
MEOR EINAIM – PARASHAT KI TAVÓ:
Conversiones de lo revelado y conversiones de lo oculto
La Ceremonia en los Montes Guerizim y Eval
- Seis tribus (Simón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín) se sitúan sobre el Monte Guerizim para proclamar las bendiciones.
- Las otras seis tribus (Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí) se colocan sobre el Monte Eval para las maldiciones.
- Los levitas proclaman once maldiciones específicas en voz alta contra transgresiones cometidas en secreto (idolatría oculta, deshonra a los padres, desvío de linderos, corrupción judicial, incesto, etc.), y todo el pueblo responde: «Amén».
Las Bendiciones y la Tojajá (Reprensión y Advertencias)
- Las bendiciones: Prosperidad agrícola, fertilidad, éxito material, paz y victoria militar si el pueblo escucha y cumple la voz de Dios.
- Las advertencias (Tojejá): Una extensa y detallada lista de consecuencias severas por abandonar el pacto divino, incluyendo epidemias, sequías, derrotas militares, asedios extremos, exilio y dispersión entre las naciones. La raíz de estas calamidades se atribuye a: «Por no haber servido al Eterno, tu Dios, con alegría y con bondad de corazón frente a la abundancia de todo» (Dt. 28:47).
Uno de los versículos centrales dice: “Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones y te alcanzarán”. La Torá promete bendición en la ciudad y en el campo, en los hijos, en los frutos de la tierra, en el trabajo y en todos los caminos de la vida cuando Israel escucha la voz de Hashem y cumple Sus mitzvot.
Después aparece la Tojajá, una extensa y severa descripción de las consecuencias del alejamiento de Hashem. Pero incluso allí encontramos una clave esencial: “Por cuanto no serviste a Hashem tu Dios con alegría y buen corazón, por la abundancia de todo” (Devarim 28:47). No alcanza con cumplir: la avodá debe realizarse con simjá, reconociendo el bien que Hashem nos concede.
Maldiciones por:
A porque no serviste a Hashem con alegría: no se puede tener alegría si lo obligan.
B porque no cumpliste las cosas en su momento entonces ahora las cumples a la fuerza,
En verdad: la historia del ciego y la antorcha.
La parashá concluye recordando los milagros que Hashem realizó durante los cuarenta años en el desierto. Moshé enseña que recién ahora Israel comienza a alcanzar una comprensión más profunda: “Hashem no les dio hasta hoy corazón para comprender, ojos para ver y oídos para escuchar”.
Ki Tavó en Elul
Leída en las cercanías de Rosh Hashaná, Ki Tavó contiene un mensaje especialmente apropiado para Elul: entrar en una nueva etapa comienza con gratitud, teshuvá y alegría. Antes de pedirle a Hashem un año nuevo y bueno, miramos los “primeros frutos” de nuestra propia vida y reconocemos todo lo que Él ya nos ha dado.
La enseñanza puede resumirse en una frase: cuando reconocemos que todo proviene de Hashem y lo servimos con alegría, transformamos nuestra vida misma en una ofrenda de Bikurim.
Conclusión: La Visión Histórica
Moisés concluye recordando los milagros presenciados en el desierto durante cuarenta años (el sustento, las ropas y calzados que no se desgastaron, las victorias militares sobre Sijón y Og) y exhorta al pueblo a cumplir las palabras del pacto para prosperar en todo lo que hagan.
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Jasidut del Rebe sobre Ki Tavó
Una de las enseñanzas más profundas del Rebe Menajem Mendel Schneerson sobre Ki Tavó surge de las palabras iniciales: “Vehaiá ki tavó el haáretz” — וְהָיָה כִּי תָבוֹא אֶל הָאָרֶץ
“Y será cuando entres a la Tierra…” (Devarim 26:1).
1. “Vehaiá” expresa alegría
Nuestros Sabios enseñan que la expresión “Vehaiá” está asociada con simjá, alegría. El Rebe destaca que la entrada a la Tierra de Israel no debe entenderse solamente como un acontecimiento histórico. En la avodá personal, “entrar en la Tierra” significa entrar plenamente en el lugar y la misión que Hashem nos asignó.
No debemos servir a Hashem como alguien que quisiera estar en otro lugar. La verdadera avodá consiste en reconocer: este es mi lugar, este es mi tiempo y aquí Hashem espera que revele Divinidad. Por eso comienza con Vehaiá: la misión se cumple con alegría.
2. Los Bikurim: entregar a Hashem “lo primero”: Cuando el judío ve el primer fruto que madura, lo marca para llevarlo posteriormente al Beit HaMikdash como Bikurim. Jasidut encuentra aquí una enseñanza extraordinaria: lo primero y mejor de nuestra vida debe pertenecer a Hashem. Al despertarnos, antes de ocuparnos del mundo, decimos Modé Aní. El comienzo del día es entregado a Hashem. Lo mismo sucede con nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestros bienes y nuestros logros. No esperamos a terminar todos nuestros asuntos para darle a Hashem “lo que queda”. Le entregamos las primicias.
3. “Aramí oved aví”: nunca olvidar de dónde venimos: Al presentar los Bikurim, el judío recuerda toda su historia: “Aramí oved aví…” Recuerda las dificultades, Egipto, la esclavitud y finalmente la redención. ¿Por qué recordar los momentos dolorosos precisamente cuando estamos parados con una canasta llena de frutos? Porque entonces comprendemos verdaderamente la bendición.
Cuando uno contempla únicamente el momento presente puede pensar: “Esto lo conseguí yo”. Pero cuando contempla todo el camino recorrido descubre la Hashgajá Pratit que lo acompañó. Aquello que en determinado momento parecía una dificultad puede revelarse después como parte del camino que condujo hacia una bendición mucho mayor.
4. La frase sorprendente de la Tojajá: En medio de las duras advertencias de Ki Tavó aparece: “תַּחַת אֲשֶׁר לֹא עָבַדְתָּ אֶת ה׳ אֱלֹקֶיךָ בְּשִׂמְחָה וּבְטוּב לֵבָב מֵרֹב כֹּל” “Por no haber servido a Hashem tu Dios con alegría y buen corazón, por la abundancia de todo.”
(Devarim 28:47) Jasidut enfatiza algo radical: no basta con hacer la mitzvá; importa también cómo se hace. La simjá no es simplemente una recompensa por servir a Hashem. La alegría misma forma parte de la avodá.
5. ¿Bendiciones o maldiciones? Aquí hay una idea jasídica especialmente apropiada para el título de tu clase, “De bendiciones y maldiciones”. Jasidut explica que las expresiones aparentemente negativas de la Tojajá poseen, en su raíz espiritual, bendiciones muy elevadas, tan elevadas que pueden descender ocultas bajo una apariencia contraria. Esto se relaciona con la conocida historia jasídica sobre el Alter Rebe, quien acostumbraba leer la Torá. En cierta ocasión otro leyó la Tojajá y su hijo, el futuro Admur HaEmtzaí, sufrió profundamente al escucharla. Cuando le preguntaron cómo había podido escucharla otros años, respondió, en esencia: “Cuando mi padre leía, no se escuchaban maldiciones.” El sentido jasídico es extraordinario: el tzadik puede percibir la bendición interior escondida dentro de las palabras severas.
Y esto responde directamente a tu pregunta para la clase:
¿Cómo reconocer la bendición que surgirá de los momentos difíciles y perturbadores?
No siempre podemos verla mientras atravesamos la dificultad. Jasidut tampoco nos pide llamar “bueno” a aquello que duele. Nos enseña algo más profundo: no identificar la apariencia presente con el desenlace final. En Elul, cuando hacemos jeshbón hanéfesh, miramos hacia atrás y muchas veces descubrimos que situaciones que parecían obstáculos nos llevaron a lugares que jamás hubiéramos alcanzado sin ellas. Por eso Ki Tavó comienza con “Vehaiá” — alegría, continúa con Bikurim — agradecimiento, y aun dentro de la Tojajá — ocultamiento, Jasidut busca revelar la bendición interior.
La mirada jasídica no niega la oscuridad; busca descubrir la luz que Hashem ha ocultado dentro de ella. Y quizás esa pueda ser la idea central de tu clase de esta noche: No siempre tenemos el poder de elegir lo que nos sucede, pero podemos aprender a mirar nuestra historia hasta descubrir cómo Hashem transforma también los descensos en parte del camino hacia una bendición mayor.
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¡El sonido del shofar despierta: Elul está en el mundo!
Los caminos del jasidut, de las enseñanzas del Rebe Rayatz de Lubavitch: Cada día del mes de Elul es completamente diferente de los días del resto del año.
Cuando uno todavía está acostado en la cama a las seis de la mañana, escucha que el primer minián de vatikín del Beit HaMidrash ya terminó su plegaria. Se toca el shofar. El sonido del shofar despierta: ¡Elul está en el mundo!
Uno se apresura a vestirse y ya no está satisfecho consigo mismo: «¿Por qué dormí hasta tan tarde?». Entonces pasa por su pensamiento Moshé Rabeinu, alav hashalom, que se encontraba en el monte, y recuerda que estos son días de favor —Iemei Ratzón—, días en los cuales es posible actuar de una manera completamente diferente.
Hay que convertirse en una persona verdadera. No se puede desperdiciar el tiempo.
Al llegar al Beit HaMidrash, uno encuentra ya una gran concurrencia. Algunos recitan Tehilim; otros estudian Jasidut; otros dicen Tikunei Zohar; y otros, de pie o sentados, están inmersos en la plegaria.
En el orden del servicio espiritual de Jabad, la plegaria —la avodá shebalev, el servicio del corazón— ocupa uno de los lugares más grandes e importantes.
En Lubavitch había jasidim conocidos como baalei avodá, hombres dedicados profundamente al servicio de Dios, que rezaban durante muchas horas incluso en los días comunes de todo el año. Pero especialmente durante el mes de Elul, todo era completamente diferente.
Cuando se entraba en la segunda sala del minián, uno quedaba impresionado por la extraordinaria escena que aparecía ante sus ojos. Cada uno estaba sumergido en sus pensamientos y en un estado de dvekut, unión y apego a Dios. No escuchaba ni veía lo que sucedía a su alrededor.
Uno entonaba con una melodía de Jabad: «Baruj gozer umekaiem»; otro decía «Janún verajum»; un tercero, «Vejulam meshabejim umefaarim». Otro se encontraba en medio de la plegaria de Ahavat Olam y pronunciaba apenas unas pocas palabras.
Pero el significado de esas palabras brotaba de cada una de ellas con tal riqueza de comprensión, con semejante conexión interior y con una voz tan suplicante, que podía sentirse cómo con cada palabra el hombre que rezaba se elevaba cada vez más alto. Se acercaba más y más al punto esencial; parecía que estaba a punto de alcanzar su objetivo.
La melodía suplicante de «Maher vehavé aleinu berajá veshalom» —«Apresúrate y trae sobre nosotros bendición y paz»—, y la melodía tranquila y agradable de «Vetolijenu meherá komemiut leartzenu» —«Condúcenos pronto, erguidos, a nuestra Tierra»—; la voz llena de confianza con la que decía «Ki E-l poel ieshuot Atá» —«Porque Tú eres Dios, que obra salvaciones»—, y la voz de alegría con la que pronunciaba «Vekeravtanu Malkenu leshimjá hagadol» —«Y Tú, nuestro Rey, nos acercaste a Tu gran Nombre»—, le daban la fuerza para proclamar:
«Shemá Israel».
Con cada día que pasaba, se acercaban más al Shabat de Selijot. Y el maamar de Jasidut de aquel Shabat de Selijot se escuchaba con una concentración y una disposición del corazón completamente diferentes.
El Rebe Rayatz nos transmite aquí algo más que el recuerdo de cómo se vivía Elul en Lubavitch: describe una atmósfera en la que el sonido del shofar cambiaba la percepción del tiempo. El mismo día, la misma plegaria y las mismas palabras adquirían otra profundidad.
El shofar anuncia: ¡Elul está en el mundo! No hay tiempo que perder. Es posible vivir de otra manera.
Fuente: Likutei Diburim, traducción al Lashón HaKodesh, vol. I, pág. 153 y ss.; del original Likutei Diburim, vol. I, pág. 230 y ss.
Presentado por el Instituto Or HaJasidut.
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