LA MONTAÑA DE LA TESHUVÁ Y LA ALEGRÍA

¡Shalom, niños!

Este próximo Shabat leeremos la parashá Ki Tavó, donde se relata un acontecimiento sumamente importante que habría de celebrarse el día en que los hijos de Israel tuvieran el mérito de ingresar en la Tierra de Israel.

La orden era llegar ese mismo día a la ciudad de Shejem, situada entre el monte Guerizim y el monte Eival, y realizar allí la ceremonia de las bendiciones y las maldiciones. Esta ceremonia era una especie de nueva recepción de la Torá —la misma Torá que ya habíamos recibido en el monte Sinaí—, pero ahora repetida en la Tierra Prometida.

En ese acontecimiento, la mitad del pueblo de Israel se ubicaría sobre el monte Guerizim y la otra mitad sobre el monte Eival. El Arca del Pacto y los sacerdotes se colocarían en el centro, entre las dos montañas, y proclamarían en voz alta las bendiciones y las maldiciones ante todo el pueblo.

El orden debía ser el siguiente: cuando los sacerdotes pronunciaran las bendiciones —aquellas que recaerían sobre nosotros cuando cumpliéramos debidamente la voluntad de Hashem—, dirigirían sus rostros hacia el sur, en dirección al monte Guerizim.

Cuando pronunciaran las maldiciones —aquellas que podrían sobrevenirnos si, Dios no lo quiera, abandonáramos a Hashem y Sus mandamientos—, volverían sus rostros hacia el norte, en dirección al monte Eival.

Todo el pueblo, tanto quienes se encontraban en la montaña del sur como quienes estaban en la del norte, respondería en voz alta:

—¡Amén!

De esta manera, el pueblo aceptaría mediante un pacto con Hashem bendito el compromiso de cumplir la Torá.

La montaña de la alegría

Hagamos ahora un experimento imaginario: si hubieran estado allí aquel día y les hubieran permitido elegir a cuál de los dos grupos incorporarse, ¿cuál habrían preferido?

Yo creo que habría pedido ocupar mi lugar en el lado sur. Evidentemente, resulta más agradable participar activamente en la proclamación de las bendiciones que en la de sus opuestos, ¿no es cierto?

Sin embargo, en esa misma sección de la Torá se menciona otra instrucción, relacionada precisamente con la montaña del norte, aquella hacia la cual se dirigía la proclamación de las maldiciones.

Los hijos de Israel recibieron la orden de tomar piedras del río Jordán, transportarlas hasta el monte Eival y construir con ellas, precisamente en la cima de esa montaña, un altar para Hashem. Sobre ese altar debían ofrecer sacrificios: ofrendas de ascensión y ofrendas de paz.

¿Saben qué tiene de particular una ofrenda de paz? La mayor parte del sacrificio no se quema sobre el altar, sino que es consumida por sus dueños.

¿Y quiénes eran los dueños de las ofrendas de paz presentadas en el monte Eival? Naturalmente, todo el pueblo de Israel.

Esto me enseña que aquella ceremonia fue una celebración extraordinaria, acompañada por una gran comida festiva. Por esa razón, al finalizar la orden relacionada con los sacrificios, la Torá dice expresamente:

«Y comerás allí y te alegrarás delante de Hashem, tu Dios».

Por cierto, de aquí aprendieron nuestros Sabios que la mitzvá de «te alegrarás en tu festividad» se cumple durante las festividades mediante el consumo de carne.

¿Qué aprendemos de todo esto?

Que la ceremonia de renovación de nuestro pacto con Hashem bendito en la Tierra de Israel concluyó con una comida festiva multitudinaria, celebrada precisamente en la cima del monte Eival, la montaña hacia la cual se dirigía la proclamación de las maldiciones.

¿Por qué?

La alegría del hijo que regresa

Las bendiciones del monte Guerizim y las maldiciones del monte Eival representan para nosotros dos tipos de almas, que son también dos caminos diferentes en el servicio a Hashem.

El camino recto es el camino de los tzadikim, quienes tienen el mérito de cumplir los mandamientos de Hashem exactamente de acuerdo con Su voluntad. Dichoso quien tiene el mérito de transitar por ese camino. ¡Que las bendiciones reposen sobre su cabeza!

Pero ¿qué debe hacer quien tropezó y cayó? ¿Acaso para aquel sobre quien se pronuncian las maldiciones —Dios no lo permita— todo está perdido?

¡Por supuesto que no!

Para esa persona se abre un camino nuevo y singular: el camino de la teshuvá.

En este camino debemos aprender a encontrar a Hashem bendito incluso después de habernos alejado de Él. Más aún: precisamente debido al alejamiento de Hashem, provocado por nuestras malas acciones, nuestra necesidad de regresar y acercarnos a Él se vuelve mucho más fuerte e intensa.

¡Realmente necesitamos a Hashem bendito! ¿Cómo podríamos arreglarnos sin Él?

Transitar rectamente por los caminos de Hashem produce un gran placer, tanto para Hashem bendito como para quien tiene el mérito de recorrer ese camino. Pero cuando un hijo que se encontraba muy lejos regresa junto a su padre, la alegría es doble: se revela con toda su fuerza y rompe todos los límites.

La bendición y el placer pertenecen al monte Guerizim, pero la alegría del pacto con Hashem se celebra precisamente en el monte Eival:

¡La montaña de la alegría!
¡La montaña de los baalei teshuvá!

Junto a papá, todo es bendición

Concluyamos con una historia sobre el Admur HaEmtzaí, Rabí Dov Ber, hijo del Alter Rebe.

Por lo general, su padre era quien leía públicamente en la Torá la parashá de la semana. En una ocasión, el Alter Rebe emprendió un viaje prolongado, por lo cual la lectura de la Torá quedó a cargo de uno de los jasidim.

Cuando llegó el Shabat de parashat Ki Tavó, al concluir la lectura de la Torá, el Admur HaEmtzaí comenzó a sentirse mal. Se debilitó y tuvo que permanecer en cama. Escuchar las maldiciones escritas en la parashá le había provocado un profundo abatimiento.

Su estado fue empeorando hasta tal punto que, al llegar Iom Kipur, varias semanas después, existían dudas sobre si su debilitado cuerpo podría soportar las dificultades del ayuno o si tendría que interrumpirlo por el peligro que podía representar para su vida.

Esto resultaba un tanto sorprendente. Después de todo, escuchamos esa lectura de la Torá todos los años. Entonces, ¿qué había de particular en aquel año? ¿Por qué en los años anteriores escuchar las maldiciones no había afectado al Admur HaEmtzaí como lo hizo en esa oportunidad?

Ante la pregunta de quienes estaban sorprendidos, el Admur HaEmtzaí respondió:

—¿Cómo es posible comparar? Todos los años es papá —el Alter Rebe— quien las lee. Por lo tanto, las maldiciones que salen de su boca no son maldiciones. ¡De papá solamente escucho bendiciones! Él sabe cómo transformarlas y endulzarlas.

¡Que tengamos el mérito de transformar la maldición en una bendición llena de alegría!

¡Shabat Shalom umevoraj!

Razi


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