HACIA UN ESTADO JUDÍO EN CAMINO
Número 56 · 15 de Marjeshván de 5787
¿Por qué Abraham y Sará necesitaron cambiar sus nombres para poder tener a Itzjak? La Cabalá explica que Abraham representa las luces que se expanden sin límites, mientras que Sará representa los recipientes que las contienen y les dan permanencia. A partir de Parashat Vaierá, el artículo desarrolla esta relación entre Jojmá y Biná, amor y rigor, hombre y mujer, y la proyecta sobre la construcción del Estado judío y la unidad necesaria para la Gueulá.
Abraham y Sará – Jojmá y Biná
Como es sabido, Jojmá y Biná, llamadas también «Padre» y «Madre», son «dos compañeros que no se separan jamás», a diferencia de los «hijos», las cualidades emocionales —los sentimientos— y los actos que nacen de ellas, en los cuales existe la posibilidad de separación (y a esto se refieren las intenciones y las plegarias por la «unificación del Santo, bendito sea, y Su Shejiná», representados por las letras vav-hei del Nombre sagrado, a diferencia de iud-hei, que representan Jojmá y Biná; y en el futuro Havaiá será uno, es decir, también «su unión [la de los descendientes] será permanente», fluida y perfecta como la de los padres).
Padre-Jojmá es la «raíz de las luces», las bondades que se expanden sin límite, representadas de manera ejemplar por Abraham, quien «comenzó a iluminar». En cambio, Madre-Biná (= escuchar y recibir) es la «raíz de los recipientes», que conservan y limitan, representados por Sará —expresión relacionada con autoridad, detención y crítica—. El mundo no puede subsistir sin un equilibrio adecuado entre estas dos fuerzas opuestas: «No hay hombre sin mujer ni mujer sin hombre», y no hay descendencia sin ambos.
En efecto, así como la unión de Adam y Javá se describe como el final de un proceso que comienza con «dos rostros», unidos entre sí pero orientados en direcciones opuestas, que necesitan una nesirá —separación mediante un corte— para encontrarse verdaderamente, también en Abraham y Sará se necesita una nesirá para poder situarse «cara a cara». De lo contrario, permanecen cerrados a la posibilidad de engendrar («tumtumim», en el lenguaje de nuestros Sabios), debido a una incomprensión mutua que no «ve» ni «toma en cuenta» al otro. Esto se expresa en la letra iud, que es tomada —separada mediante un corte— de Sarai y convertida en dos letras hei, una de las cuales es entregada a Abram —que pasa a ser Abraham— junto con el anuncio del nacimiento de Itzjak. [Y es posible que precisamente un apego excesivo provoque lo contrario, como ocurrió con Javá y con Sarai, cuyo significado es «mi princesa», exclusivamente mía, porque para una unión verdadera hay que «soltar» un poco y no presionar].
De todos modos, la nesirá se relaciona más con la mujer: con Javá, que es separada mediante un corte, y con Sará, de quien fue separada la letra iud. Es decir, ella es la raíz del problema y en ella se encuentra oculta la solución. La mujer tiende a «tomar independencia», a «hacer un Shabat para sí misma», a «encerrarse» en su camino «justo» y a atribuir la principal deficiencia al otro («y mi señor es anciano», aunque yo misma «¿volveré a tener juventud?»). Por eso Hashem modifica y «mejora» sus palabras, convirtiéndolas en «y yo he envejecido», e insiste: «No, porque te reíste». Es decir, en lugar de una risa amarga por aquello —y por aquel— que no depende de vos (¡y, por consiguiente, dirigida contra Hashem, Creador de todo!), es bueno y hermoso que te rías de vos misma: una risa sana y liberadora (¡por la cual el hijo recibirá el nombre de «Itzjak»!). Porque si vos (¡incluso vos!) sos capaz de envejecer, está claro que también sos capaz de rejuvenecer, de volver a ser joven (un significado completamente «legítimo», que no se utiliza solamente por falta de fe en esa posibilidad). [Y es razonable suponer que esa misma risa provocó en Sará una «regulación del cuerpo», a consecuencia de la cual tuvo menstruación, como dijeron nuestros Sabios].
Por lo tanto, la mujer, que cambia constantemente, corresponde a la categoría de baal teshuvá (¡que tiene el mismo valor numérico que ipjá mistabrá, «lo contrario de lo que parece lógico»!). Ella fue quien comenzó con el pecado, y ella es quien retorna y rectifica. Como es sabido, la teshuvá (y también la risa y la alegría) está relacionada con Biná («y su corazón comprenderá y retornará»). Asimismo, la hija (bat, iniciales de baal teshuvá), y lo femenino en general, están relacionados con el séptimo Shabat. En cambio, el hombre corresponde a la categoría de tzadik —que sigue «una sola línea», ¡siempre justo!—, que no cambia. Según esto, explicaremos: «Y tu nombre será Abraham» para poder engendrar; y si decís: ¿cómo puedo cambiar? La respuesta es: gracias a Sará, que de ahora en adelante acepta disminuir su autoridad en beneficio tuyo y de tu deseo de expandirte e iluminar a todos.
Y así ocurre con Ishmael: Sarai, que por iniciativa propia había introducido a Hagar para que lo engendrara, acepta ahora de todo corazón las palabras de Abraham: «¡Ojalá Ishmael viva delante de Ti!», porque él expresa perfectamente mi expansión ilimitada («frente a todos sus hermanos cayó»: se expande sin obstáculos). En cambio, Abraham acepta la cualidad de Sará, «consiente» el nacimiento de Itzjak de Sará y, posteriormente, su exigencia de separar y expulsar a Ishmael para proteger a Itzjak.

A los cien años, la inversión
Todo esto sucede en la transición entre Parashat Lej Lejá y Parashat Vaierá, cuando Abraham está por cumplir cien años. Parashat Lej Lejá (como indica su nombre) describe a Abraham caminando y expandiéndose sin obstáculos, mediante luces-energías sin recipientes que las conserven y limiten. En cambio, Parashat Vaierá (también relacionada con irá, temor reverencial-Guevurá, que tienen el mismo valor numérico) es la parashá del Itzjak que hay dentro de Abraham: el temor reverencial que conserva y concentra el amor. Su punto culminante es la integración perfecta de las cualidades de Abraham e Itzjak en la Akedá: «Ahora sé que (también) sos temeroso de Dios» (cuando Sará misma ya desaparece, porque su hijo Itzjak equilibra en su lugar las luces y los recipientes).
«A los cien años es como si hubiera muerto, pasado y desaparecido del mundo» (Avot, final del capítulo 5). En nuestro contexto, las luces por sí mismas se debilitan entonces y pueden desvanecerse si no encuentran recipientes capaces de contenerlas: «¡No había más recipientes y el aceite se detuvo!».
Así ocurrió en el episodio de Elishá y la esposa de Ovadiá, el profeta temeroso de Hashem, con el cual comienza la haftará de Vaierá. Este es el principal origen bíblico de la necesidad de recipientes para las luces, y sin duda está relacionado con el comienzo de la parashá, que anuncia el nacimiento de Itzjak, hijo de Sará, cuya cualidad es Guevurá y Din («el temor de Itzjak»), y junto con él, el juicio de Sedom y Amorá. [También la plegaria de Abraham por los habitantes de Sedom tuvo lugar en el horario de Minjá, el momento de la plegaria de Itzjak, «columna del servicio», desde el momento en que se oscurecen los muros del Templo, como dice la Guemará (lo que corresponde a la partida de los ángeles hacia el este, rumbo a Sedom, con el sol a sus espaldas). Las sombras de la tarde se inclinan y se perciben el juicio y la carencia (y solo a raíz de esto Abraham estableció su plegaria por la mañana; y todavía habría mucho más que explicar)].
Como es sabido, en Cabalá el número de los recipientes es (también por guematría) 100 (así como el número de las luces es 613). Encontramos el número 100 en la conocida enseñanza: «No se compara a quien repasa su capítulo 100 veces con quien lo repasa 101 veces», que se interpreta a partir de lo escrito en las palabras de Malají (= 101): «Y volverán y verán la diferencia entre el justo y el malvado, entre quien sirve a Dios y quien no Lo ha servido (¡aunque sea justo y haya repasado su capítulo 100 veces!)». Y el propio Malají, que completa la etapa de la profecía y de las Escrituras, comienza inmediatamente una nueva etapa y se convierte él mismo en Ezra, el primero y principal de los Sabios de la Torá Oral, que corresponde a los recipientes (y al aspecto femenino, que recibe y responde desde abajo), a diferencia de la Torá Escrita.
La realeza, el Estado, la tierra y la soberanía corresponden a la categoría de los recipientes, y son construidos principalmente por los «seculares», en quienes la luz del judaísmo no se manifiesta abiertamente. Sin embargo, se los considera baalei teshuvá potenciales frente a la posibilidad de asimilación que los acechaba en la diáspora, y sin duda finalmente retornarán en la práctica mediante una teshuvá completa y serán redimidos, tal como fue prometido. Por eso Itzjak, raíz de los recipientes, ama a Esav, porque «son apreciados los conversos» que vienen desde lejos, y la «caza (que estaba) en su boca» de Esav alude, según las palabras del Arizal, a las almas de Rabí Akiva y Rabí Meir, fundadores de la Mishná. Asimismo, «son más apreciadas las palabras de los escribas» de la Torá Oral que las palabras de la Torá (y Ovadiá, el profeta temeroso de Hashem, cuya muerte revela la superioridad de los recipientes, como se explicó anteriormente, también era un converso edomita). Porque, según la tradición recibida, «la raíz de los recipientes es superior a la raíz de las luces», ya que están relacionados con la Esencia, de la cual la luz es una vestimenta. Y cuanto más reconozcan esto los jaredim-los justos y lo interioricen, tanto más contribuirán a su realización práctica y revelada. Esta es la «teshuvá de los justos», que no es fácil, como está escrito en el Zóhar, pero de ella depende la llegada del Mashíaj y la unificación de las luces y los recipientes hasta alcanzar un equilibrio completo, cuando el árbol de Iosef, el justo, y el de Iehudá, el baal teshuvá, se conviertan verdaderamente en un solo árbol.
Y así Israel, «todo tu pueblo son justos», que son «el más pequeño entre todos los pueblos», pues esta es su naturaleza y su carácter: se disminuyen a sí mismos y consideran que su principal misión es elevar y convertir a todos los habitantes del mundo, que serán recipientes para la luz de Israel, para proporcionar satisfacción al Creador de todo, pues para ello creó Su mundo. [También la mujer (y la elevación de su posición) respecto del hombre expresa la Esencia («esta vez, hueso»), que es atraída hacia el hombre para revestirse de su luz y «convertirse» (como está insinuado en la guematría: Sará, Rivká, Rajel y Leá = mujeres extranjeras)].
Para concluir, algunas palabras al conocerse (más o menos) los resultados de las elecciones. ¿Cuál es la dirección (sin duda buena) que Hashem nos está señalando? Parece que se requiere (y se perfila) un gobierno de unidad entre la derecha creyente («ya sea que se desvíen a la derecha o a la izquierda», Ieshaiahu 30:21) y la izquierda (honesta), que debería representar lo mejor del intelecto objetivo. El centroizquierda parece comprender hoy muy bien que no podrá gobernar verdaderamente en colaboración con los no judíos, precisamente porque su fuerza ha aumentado, lo que intensifica su insolencia, su alejamiento del carácter judío del Estado y su identificación explícita con sus abominables enemigos, constituyendo por lo tanto un peligro real para la propia existencia del Estado. Por otra parte, la derecha comprende que no podrá gobernar durante mucho tiempo apoyándose exclusivamente en los jaredim, quienes también han llegado a una posición de distanciamiento respecto del Estado (¡y del Estado en general!) como consecuencia de decretos malvados y estúpidos por parte de las instituciones (discípulos del despreciable periódico «La desnudez de la tierra»), carentes de todo vestigio de judaísmo.
La unidad conducirá poco a poco, y de manera natural, a una conexión y un equilibrio adecuados entre las luces y los recipientes, entre la fe y el intelecto que limita y conserva, y entre la Torá y la sabiduría (que también existe entre las naciones). Los jaredim, cuya fuerza política ha disminuido, dejarán de ser el saco de boxeo de cualquier leproso y de cualquiera que padezca flujo, y dejarán de identificarse con el exilio y la separación. Así aumentará su influencia (ya sea que estén dentro o fuera de la coalición) sobre la conexión y la unidad, hasta que maduren las condiciones para un Estado judío digno de ese nombre, que los observantes de la Torá (en sus diferentes sectores, incluidos los jaredim nacionalreligiosos, los religiosos y los tradicionales) conduzcan y orienten con alegría y confianza, a la luz del Séfer Torá que llevan sobre sus corazones.
Porque el «problema del reclutamiento militar» es, desde su origen, una ficción artificial que no surgió sino con fines de difamación. No existe en nuestro mundo ninguna manera de reclutar por la fuerza a sectores enteros de la población. Por otra parte, los individuos o grupos que consideren necesario combinar el estudio de la Torá con una profesión (y que el ejército y la economía realmente desean y necesitan) encontrarán su camino para integrarse al ritmo y de la manera adecuados, sin presiones sociales ni temor a perder su identidad jaredí (que ya no estará definida ni fundamentada en el extrañamiento y la oposición a la propia idea de Estado, como se explicó anteriormente).
En cuanto a los árabes, que a pesar de toda su fuerza electoral se volverán políticamente irrelevantes, irán liberándose de sus falsas ilusiones acerca de un Estado palestino, que los hacen retroceder (¡también económicamente!). Los mejores entre ellos, aquellos que verdaderamente deseen «apartarse de la idolatría» e incorporarse al Estado judío, serán recibidos con amor como conversos justos o residentes extranjeros —guerei tzedek o guerei toshav— y progresarán extraordinariamente dentro de una igualdad social plena y auténtica, renunciando completamente y por voluntad propia al derecho al voto y a la acumulación de poder político, conforme a la ley de Israel. En esto se pondrán a prueba su sinceridad y su integridad.
[Y, en contraste, aquellos entre los estudiosos de la Torá que, por su propia naturaleza, «no enseñan a sus hijos (ni a sí mismos) sino Torá», y no una profesión, son considerados como leviím, que no tienen parte ni heredad en la competencia económica general. Tienen asegurado lo poco que necesitan para vivir (junto con una retribución adecuada que la comunidad les otorgará generosamente por sus buenos servicios en los ámbitos de la educación, la enseñanza de la ley y la rehabilitación de los delincuentes en las ciudades de refugio). Presumiblemente, también ellos renunciarán voluntariamente al derecho al voto y a la acumulación de poder político, y en esto se pondrá a prueba su condición de leviím. Y, naturalmente, habría mucho más que desarrollar sobre todo esto, pero este no es el lugar ni el momento].
Fin de la traducción. He mantenido las afirmaciones del autor, incluso las expresiones polémicas del último apartado, sin sustituirlas por interpretaciones o valoraciones propias. El copete inicial es el único texto editorial agregado y está separado del artículo.
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