Un shiduj en broma
Rabí Tzvi Hirsh, llamado Meshárets (“el Servidor”), de Rimanov, nació de Rabí Iehudá Leib Katz y su esposa Shprintza. A los diez años quedó huérfano de padre y madre, y fue entregado a un sastre para que lo criara a cambio de su ayuda en el oficio. A los 15 años se sintió atraído por el jasidismo y viajó a Rabí Avraham Moshé de Pshevorsk, quien lo envió a Rabí Menajem Mendel de Rimanov para que aprendiera de él.
Fuera de su maestro, casi nadie lo conocía, y se lo consideraba un simple servidor. El Rebe de Rimanov indicó a sus discípulos que, después de su fallecimiento, fueran a Rabí Tzvi Hirsh. Pero Rabí Tzvi Hirsh mismo se negó a conducirse como Admur, y viajó a la corte de su amigo Rabí Naftali de Ropshitz.
Después del fallecimiento de Rabí Naftali, en el año 5587 (1827), los jasidim de Rimanov todavía no habían designado un sucesor, y la comunidad era dirigida por los jasidim ancianos. Cuando Rabí Tzvi Hirsh volvió a Rimanov, lo coronaron como Admur, y muchos jasidim, e incluso Admurim, viajaban a él. Falleció el 30 de Jeshván y está enterrado en Rimanov, junto al óhel de su maestro, Rabí Menajem Mendel.
El relato
En la casa de Rabí Tzvi Hirsh Hakohén de Rimanov servía un muchacho desde hacía algunos años. Un día, en pleno invierno, cuando la nieve lo cubría todo y el frío era insoportable, el Rebe le dijo a su servidor: “Sal de mi casa, porque ya no te quiero aquí”.
El muchacho rompió a llorar y dijo: “¿Adónde iré en un momento así?”. También los gabaím que servían al Rebe le rogaron que tuviera piedad del muchacho: ¿adónde iría en un día tan tormentoso? Pero el Rebe se mantuvo firme: “Que el muchacho se vaya de mi casa y de mi ciudad, y que su lugar no lo vuelva a reconocer. ¿Qué tiene que hacer en mi casa, si no lo quiero?”. Sin otra opción, el muchacho dejó la casa del Rebe y salió al camino, hacia otra ciudad.
Su camino lo llevó a una posada en la aldea vecina. Le pidió a la dueña permiso para pasar allí una noche; al día siguiente seguiría su camino. Ella se compadeció de él y aceptó. El muchacho trepó a la parte de arriba de la estufa, se acostó y se durmió. También la dueña se fue a dormir; su marido no estaba en casa en ese momento.
Esa noche pasaron por la aldea unos comerciantes y entraron a la posada. Despertaron a la dueña y le pidieron que les preparara bebida y comida. Comieron, bebieron y se emborracharon. Eran muy ricos y tenían una gran fortuna. Cuando el vino les alegró el corazón, empezaron a buscar por todos los rincones de la casa, a ver si encontraban a alguien con quien alegrarse y divertirse. Encontraron al muchacho durmiendo en el fondo de la estufa, lo despertaron, le dieron de las porciones que tenían delante, y él comió y bebió con ellos. Y la dueña agradeció a Di-s por haberle mandado a esos hombres, de quienes ganaría mucho dinero.
“Dinos, por favor”, preguntaron los comerciantes, “¿tienes un hijo o una hija?”. “Tengo una hija pequeña”, respondió, y les mostró a su hija. Los comerciantes se dirigieron a la niña y le dijeron: “¿Quieres a este novio? Si es así, estamos dispuestos a prepararles un banquete y una boda”.
La muchacha casi no entendió lo que decían. Y su madre, que quería que el banquete siguiera y que ellos siguieran comprando, la convenció de aceptar casarse con el muchacho, como si no fuera más que un juego. Los comerciantes llevaron a cabo su plan e hicieron una boda como manda la halajá, y el muchacho servidor consagró a la niña según la ley de Moshé e Israel. A los ojos de la dueña, todo esto no era más que una broma. Cuando terminaron, pagaron lo que debían y siguieron su camino.
Unas horas después, el posadero volvió de su viaje. Su esposa se apresuró a contarle el mucho dinero que había ganado con los distinguidos comerciantes que habían llegado de noche, y lo extraño que habían hecho: le habían hecho una boda a su hija con un muchacho pobre que había encontrado refugio bajo su techo.
Cuando lo oyó, el posadero se asustó y se enojó mucho: ¿y si en esa broma había un casamiento (kidushín) de verdad? Llamó al muchacho y le preguntó de dónde venía, a qué se dedicaba y qué lo había traído hasta allí. El muchacho le contó todo lo que le había pasado con el Rebe que vivía en la ciudad vecina: cómo lo había servido con fidelidad, y cómo el Rebe lo había echado de pronto de su casa y lo había mandado a arreglárselas solo.
A la mañana, el posadero enganchó su carreta y viajó con el muchacho a la ciudad del Rebe. Cuando llegó al umbral de la casa, el Rebe lo recibió con un saludo de paz y exclamó: “¡Mazal tov! ¡Mazal tov!”. Y le dijo: “Vi que tu hija pequeña es la pareja destinada de este muchacho, y no sabía cómo iba a suceder. Porque tú eres un hombre acomodado, y no aceptarías fácilmente dar a tu hija a un hijo de pobres como él. ¿Quién sabe? Quizás tú también tendrías que volverte pobre… Por eso lo eché de mi lado, y ahora la cosa ya está hecha: es el novio de tu hija, y todo terminó para bien. Que no te parezca mal ni se te caiga el ánimo, porque Di-s lo ordenó, ¿y quién lo anulará? Y tú mismo puedes imaginar quiénes eran esos comerciantes que hicieron la boda…”.
(Sipuréi Anshéi Shem)
El kohén que une las almas
Rabí Tzvi Hirsh se revela aquí como un casamentero (shadján) maravilloso, que sabe formar parejas y mover los hilos de la realidad y de lo que está por encima de ella. Pero ¿cuál es el secreto de su fuerza?
Rabí Najman de Breslov dice en Likutéi Moharán que en el versículo “Pues los labios del kohén guardarán el conocimiento, y la Torá buscarán de su boca”[1] están las iniciales de shiduj (casamiento)[2]. La fuerza para hacer shidujim, entonces, viene de la fuerza del sacerdocio. Y Rabí Tzvi Hirsh era como un kohén gadol: por su linaje, por su conducta majestuosa y, sobre todo, por su rectitud.
La relación del kohén gadol con los shidujim y con la unión entre almas se expresa muy bien en las palabras de nuestros Sabios sobre Aharón Hakohén. Aharón es el único líder por el que, cuando falleció, lloraron todos, hombres y mujeres[3]. Esto es porque Aharón hacía la paz entre una persona y su prójimo, y entre el hombre y su esposa.
Aharón, el prototipo del consejero matrimonial, se revela según las palabras de Rabí Najman como un casamentero. Así, además del amor a la paz, hay aquí también una toma de responsabilidad: se ocupaba del shiduj, y después también de la paz del hogar que se había formado. También Rabí Tzvi Hirsh, en nuestro relato, se ocupó de todo el proceso: desde la propuesta del shiduj y el banquete de bodas, hasta la paz entre el novio y su suegro.
Uniones de amor
Como está insinuado en el versículo, la unión entre almas es una acción de dáat, de conocimiento. Pero el kohén tiene una fuerza más fundamental, con la que se realiza esta unión: con la fuerza de su amor por los dos miembros de la pareja, irradia sobre ellos una luz que los lleva a amarse el uno al otro. Nuestros Sabios cuentan que Aharón se apartaba de la verdad para reconciliar a los que estaban peleados, y le describía a cada uno cuánto lo amaba el otro y cuánto lo extrañaba[4].
Ese cambio no es una mentira, sino la revelación de la verdad interior, que actuaba sobre las personas. Su amor era tan grande que podía revelar el amor que hay en cada uno hacia la persona con la que se peleó. Así también Rabí Tzvi Hirsh y sus enviados celestiales: se hicieron pasar por borrachos, gente cuyas acciones no se pueden entender. Pero en realidad actuaron con una enorme preocupación por los demás, que al final quedó al descubierto y trajo unión y paz entre el hombre y su esposa.
(Según la clase del 14 de Av de 5777)
EN LA MISIÓN DE QUIEN NOS ENVÍA
¡Shalom, chicos!
En la parashá de esta semana se relata extensamente el viaje de Eliezer, el siervo de Abraham, a Jarán para cumplir una misión especial: encontrar una esposa para Itzjak. No se trata de una misión sencilla. Eliezer parte hacia una tierra extranjera y lejana, donde debe encontrar a una joven que reúna las cualidades que espera su justo amo.
Además, el relato es doblemente extenso. Cuando Eliezer llega a la casa de Betuel, en Jarán, vuelve a contarles a sus anfitriones todos los detalles de la historia desde el principio: el juramento que hizo a su amo, las dificultades del camino, el encuentro con Rivká, la prueba que realizó y el resultado favorable que obtuvo.
¿Para qué tanta extensión? Evidentemente, el relato contiene una enseñanza importante que la Torá quiere destacar y de la cual debemos aprender.
«Yo soy siervo de Abraham»
Comencemos con una adivinanza: ¿cuántas veces creen ustedes que aparece el nombre de Eliezer en nuestra parashá? Esta vez no se trata de una guematria. Simplemente abran la parashá, recorran sus páginas y cuenten.
Quizás se sorprendan, pero a pesar de lo extenso de su relato, la respuesta es… ¡cero!
¡El nombre de Eliezer no aparece ni una sola vez en toda la parashá! Se lo llama únicamente «el siervo». Parecería que no tiene una personalidad propia, con un nombre o una denominación personal, sino solamente una función. Incluso cuando le piden que se presente ante la familia de Rivká, elige las palabras: «Yo soy siervo de Abraham».
¿Conocen a esos maestros que se dirigen a ustedes por su apellido? A mí, por lo general, eso me molesta. ¿Y qué importa si mi hermano estudió con ustedes hace tres años? Mi hermano es mi hermano y yo soy yo. ¡Tengo un nombre!
Me gusta que se dirijan a mí y me traten de manera personal, llamándome por mi nombre. Solamente cuando no hay otra posibilidad se utiliza una forma indirecta de dirigirse a alguien, como el guardavidas en la playa que anuncia por el altavoz: «¡Eh, vos, el que está ahí con el flotador amarillo…!».
¿Acaso siempre preferimos que nos traten de manera personal? Quizás resulte sorprendente, pero a veces no. En ocasiones preferimos que nos reconozcan precisamente por la función que desempeñamos.
En la Jasidut, esta cualidad recibe el nombre de bitul, anulación del propio ego. La persona no se atribuye importancia a sí misma, porque toda la importancia se la concede a quien está por encima de ella, a aquel ante quien se anula.
Cuando una persona se anula ante Hashem, se une a Él y se convierte en parte de Él. De esta manera revela que es verdaderamente «una parte de Dios de lo Alto, literalmente».
En el caso de Eliezer, que estaba completamente entregado a la tarea que le habían encomendado y se identificaba plenamente con Abraham y con la misión que este había puesto en sus manos, esa identificación llegó a manifestarse incluso físicamente: los rasgos de su rostro se volvieron semejantes a los de Abraham, hasta tal punto que, en la casa de Betuel, se equivocaron y pensaron que era el propio Abraham.
Ser la mano de quien nos envía
Entonces, ¿qué significa todo esto? ¿Que quien practica el bitul pierde algo de sí mismo? ¿Que deja de tener una personalidad, con sentimientos y pensamientos propios?
La respuesta es sí, pero también es no, porque depende de qué aspecto de mi personalidad estemos hablando.
En el libro Tania, el Alter Rebe nos enseña que cada judío posee dos almas: un alma divina y un alma natural o animal.
El alma divina es aquella parte de mi personalidad que solamente desea a Hashem y quiere cumplir Su voluntad con absoluta seriedad. Pero junto a ella también existe dentro de mí un alma animal, que igualmente forma parte de mi personalidad y que solamente se preocupa por sí misma: que yo esté cómodo, que yo encuentre las cosas interesantes, que yo me divierta. Lo importante es que todo sea para mí.
Cuando quiero anularme ante Hashem, aparecen los sentimientos y pensamientos del alma animal y me impiden vincularme con Él de manera seria.
¡Por supuesto! ¿Cómo voy a saltar de la cama por la mañana, levantarme e ir al Talmud Torá, si en ese momento me resulta tan agradable y cómodo quedarme debajo de la frazada calentita?
¿Cómo puedo apartar los malos pensamientos acerca de un compañero que me molesta constantemente durante los recreos e intentar juzgarlo favorablemente?
De sentimientos como esos realmente quiero librarme. No quiero tener pensamientos semejantes. Por eso, la respuesta a nuestra pregunta es: ¡sí! ¡Una personalidad así no la queremos!
Pero los buenos sentimientos y pensamientos del alma divina, esos sí los queremos, y mucho. Esa es la verdadera personalidad del judío.
Cuanto más nos anulamos ante Hashem, más se fortalece y desarrolla esa personalidad. Yo ya soy parte de Hashem y, por lo tanto, la respuesta es: ¡no! No solamente no pierdo nada, sino que crezco y me fortalezco cada vez más.
¿Les parece complicado? Viajemos un poco con nuestra imaginación mediante un ejemplo.
Estoy sentado en el aula durante una clase común y corriente. El maestro está enseñando, la mayoría de los alumnos escuchan y algunos prestan un poco menos de atención.
De repente, se escuchan golpes en la puerta. Entra el director y junto a él aparece nada menos que… ¡el Rebe!
Los chicos, sorprendidos, se ponen de pie con profundo respeto. Un silencio absoluto se apodera del lugar y se puede sentir la emoción y la tensión en el ambiente.
De pronto, el Rebe se dirige a mí y me dice:
«Querido Razi, ¿podrías traerme, por favor, un vaso de agua?».
¡Imagínense cómo salto de mi asiento y regreso veinte segundos después con el vaso en la mano!
¡Tuve el mérito de servir al Rebe!
¿En quién creen ustedes que estuve pensando durante esos segundos en los que corría hacia la cocina? ¿En mí mismo o en el Rebe?
Por supuesto, durante esos instantes estaba completamente entregado a la misión que había recibido.
¿Acaso cuando me sirvo un vaso de agua para mí mismo estoy igualmente atento y concentrado? ¿Se pueden comparar ambas situaciones?
¡De ninguna manera!
Era como si el Rebe hubiera entrado en mí y se hubiera revestido de mi persona. La mano que vertía el agua de la jarra era, en realidad, su propia mano.
¡Nos habíamos convertido verdaderamente en uno!
Cada uno es un enviado
Esto es lo que se llama bitul, y esta es la importante enseñanza que aprendemos de Eliezer, el siervo de Abraham.
Cada uno de nosotros descendió a este mundo con fuerzas y cualidades especiales que le son propias, con el propósito de cumplir la misión particular que Hashem le encomendó.
Respecto de la misión de un enviado, existe una regla en la Halajá que dice: «Shelujó shel adam kemotó», «El enviado de una persona es como la persona misma».
Esto significa que alguien puede designar a un enviado para que cumpla una mitzvá en su nombre y, de esa manera, cumplir con su propia obligación.
¿Sabían que también Hashem, bendito sea, cumple lo que está escrito en la Torá?
Por lo tanto, esta regla de la misión también se aplica a nosotros: toda persona que actúa como enviada de Hashem se anula ante Él y se convierte en parte de Él.
¡Que cada uno de nosotros tenga el mérito de descubrir su misión particular y cumplirla plenamente!
¡Shabat Shalom y bendecido!
Razi
Los enigmas de Razi
Soy la última de toda la lista,
conmigo, al final, se cerró el trato.
El señor «Mal Ojo» intentó con sus artimañas,
pero ¿quién podrá superar al «Puro de Ojos»?
Solución de la adivinanza de la semana pasada: La primera familia del mundo (Adam, Javá, Káin, Hével y Shet) y también la primera familia judía (Abraham, Sará e Itzjak) suman, cada una, 961 en guematria.
[1]Malají 2:7.
[2]En hebreo: שפתי (sifté, “los labios”), ישמרו (ishmerú, “guardarán”), דעת (dáat, “conocimiento”), ותורה (veTorá, “y la Torá”), כהן (kohén): ש-י-ד-ו-ך, shiduj.
[3]Ver Bamidbar 20:29 y Rashí allí; Avot deRabí Natán 12.
[4]Ver Avot deRabí Natán 12.
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