Yo y los Niños
¡Hola, chicos!
«Mishenijnas Av memaatin besimjá» (Al ingresar el mes de Av, disminuimos la alegría). Así nos instruyen nuestros Sabios (Jazal). De hecho, durante los primeros nueve días del mes de Av limitamos las celebraciones festivas, evitamos comer carne y beber vino, y nos abstenemos de bañarnos por placer.
¿Acaso esto significa que debemos estar tristes? ¡Dios libre y guarde!
Entre los jasidim se acostumbra puntuar esta enseñanza de nuestros Sabios de una manera un poco diferente, y este cambio en la lectura nos acomoda en la mente la profundidad de su intención: al exilio —junto con todas las demás consecuencias indeseadas que este provoca— debemos limitarlo y achicarlo tanto como sea posible (“mema’atin” / disminuimos). ¿Cómo lo logramos? ¿Cómo reducimos la magnitud de la destrucción? Por supuesto: “besimjá” (¡con alegría!).
Bueno, es un lindo juego de palabras, pero ¿cómo se condice esto con la atmósfera de duelo de Tishá BeAv por la destrucción del Templo y los días que lo rodean? Para comprenderlo, debemos entender mejor en qué consiste la labor de “disminuir” (mema’atin). Pero antes, permítanme compartir con ustedes una historia muy fresca que me ocurrió hace poco.
La arrogancia y sus consecuencias
“Nadie sobrepasa al guía”. Esta regla tan clara se escucha en cada una de las instrucciones que da el Talmud Torá antes de salir de excursión. La siguiente advertencia, ya en camino, suena aún más amenazante: “El que pase al guía, se va directo al final de la fila”. En mi clase, esta regla suele respetarse las primeras dos horas; después, los alumnos empiezan a filtrarse más allá del límite permitido. “No me di cuenta”, “Solo quería mirar algo al costado”, “Dijeron que por acá se podía pasar” y un sinfín de excusas más.
Así fue como terminé junto a Ebiatar, mi compañero de aventuras, en pleno segundo día de la excursión anual: completamente solos en medio de la nada. Todo empezó con pequeños desvíos, manteniendo contacto visual con el grupo, que con el tiempo se hicieron más y más largos. En un punto perdimos el contacto por completo y llegamos a una bifurcación de caminos: a la derecha continuaba el sendero señalizado con la marca roja (por el que veníamos caminando), y a la izquierda subía y se retorcía, de forma muy desafiante, un sendero con señalización azul.
“No hay problema”, decreté. “Vayamos por el azul. De todos modos, más adelante los senderos se vuelven a unir”. Como se imaginarán, mi afirmación se basaba únicamente en una suposición. No soy un guía profesional y jamás había caminado por ese sendero, pero esos detalles no hicieron mella en mi excesiva confianza en mí mismo. Ebiatar se veía más dudoso: “¿Estás seguro? ¿Y si te equivocas?”, pero yo, en mi gran necedad, logré tranquilizarlo.
¿Tranquilizarlo? Solo por unos minutos. Tras una caminata acelerada de 10 minutos, perdimos también el sendero azul. Nos encontramos en un campo abierto, en medio de la nada, y a no mucha distancia divisé unos carteles amarillos de advertencia… imagino que ya entienden lo que eso significaba.
Sí, se trataba de un campo de minas. Eso significaba que cualquier paso en falso podía terminar en una tragedia.
Liberarse de la trampa de la soberbia
No los aburriré con lo que pasamos las siguientes horas hasta que llegó el equipo de rescate y nos sacó de allí. Tampoco los agobiaré describiendo el recibimiento que nos dieron el guía, el maestro de grado, el director del Talmud Torá, el inspector de la reserva y tantos otros… Pero la mayor incomodidad provino justamente de nuestros compañeros de clase, quienes se vieron obligados a cancelar el plan del resto del día y, en lugar de una divertida excursión, tuvieron que pasar las horas en una tensa y aburrida espera.
Ebiatar la sacó barata: “Razí me dijo que era por ahí, yo confié en él”, alegó, apuntando con el dedo acusador directamente hacia mí. “¿Qué voy a responder?”, pensé para mis adentros. Aquí quiero compartir con ustedes un dilema fundamental: yo podría haber intentado defenderme con diversos argumentos. Por ejemplo, decir que eso fue lo que le escuché al guía, o que alguno de los compañeros lo había dicho en su nombre, o que al menos eso fue lo que yo había entendido. Para que esa excusa fuera aceptada, tendría que “torcer” la verdad por aquí y “redondearla” por allá, con el único y exclusivo propósito de autojustificarme. ¿Para qué? Para no perder mi estatus de “experto en excursiones de campo”. Pero entonces empezaría a enredarme, no con el director, sino conmigo mismo.
Sin embargo, hay un camino recto. Es más difícil, pero es real y, al fin de cuentas, liberador: admitir la verdad. Sí, me equivoqué. Me creí muy inteligente y, por pura soberbia, casi provoco una catástrofe. En el mismo instante en que me liberé de las excusas y encontré el valor para admitir la verdad sobre mi fracaso, sentí un alivio enorme. Créanme, en ese momento habría aceptado de buen grado incluso el castigo más severo. El enredo de excusas en el que pretendía meterme se desvaneció de golpe y, aunque suene un poco extraño, justo en ese instante sentí en mi corazón un destello de alegría.
¡”Poquito” y con alegría!
Volvamos a lo nuestro, al mes de Menajem-Av.
El Templo fue destruido, y no menos dolorosa es la causa de su destrucción: el odio gratuito, que lamentablemente todavía se encuentra entre nosotros. Muchos judíos están dispersos por los cuatro confines de la tierra, e incluso aquí, en la Tierra Santa, hay mucho que reparar. Todos estos son signos que demuestran que aún seguimos esperando la Redención completa.
¿Cómo es nuestro estado de ánimo nacional frente a la destrucción? Es bajo, humilde. La experiencia de una persona que descubre lo bajo que ha caído es la bajeza (shiflut), el estar en el suelo. Esta labor espiritual es el “mema’atin” (el empequeñecimiento) del mes de Menajem-Av, en el cual nos sentimos “pequeños”, distantes de Dios. Es verdad que somos Sus hijos, Su pueblo elegido, pero nuestras acciones nos llevaron a este estado de bajeza.
Pero, al igual que en la historia de la excursión, hay algo sumamente liberador en saber quién eres realmente, sin cubrirte con una fachada que no te pertenece. Precisamente desde la distancia brotan una nostalgia verdadera y una gran esperanza. Sorprendentemente, incluso en ese estado de aparente distancia, Dios no nos abandona. Al contrario: ¡cuanto más sentimos la distancia que nos separa de Él, más crece la alegría de saber que Él está con nosotros, en cualquier situación!
El Templo que fue destruido por nuestros pecados aparentemente no se adaptaba a nosotros ni a nuestra conducta, y por eso tampoco lo deseábamos de verdad. En los libros sagrados se explica que, en realidad, el Templo que tanto anhelamos nunca ha sido construido aún: está en lo alto, esperando su edificación física. ¡Este es el momento de soñar y anhelar el Tercer Templo, que se construirá prontamente en nuestros días!
¡Que tengamos el mérito de realizar la labor de ser “pequeños” con una inmensa alegría: la alegría de la Redención!
¡Shabat Shalom uMevoraj!
Razí
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