El trabajo espiritual de Rosh Hashaná consiste en coronar a Hashem: es un día de kabalat ol, de aceptación absoluta del yugo Divino por parte de la persona, y de coronar a Hashem como Rey sobre el mundo entero, el tema de Maljuiot. Pero Rosh Hashaná es también el día de la creación de Adam HaRishón, el comienzo de la historia humana, y por eso es el momento de cumplir «זְכֹר יְמוֹת עוֹלָם בִּינוּ שְׁנוֹת דֹּר וָדֹר — Recuerda los días del mundo, comprende los años de generación en generación»: contemplar el año particular dentro del proceso de toda la historia, el tema de Zijronot. Y, por supuesto, Rosh Hashaná es también el momento del cambio y de un nuevo comienzo mediante una gran teruá, el tema de Shofarot. Este conjunto invita a reconsiderar la esencia y el carácter mismo de la coronación.
Está escrito: «עָשָׂה הָאֱלֹהִים אֶת הָאָדָם יָשָׁר וְהֵמָּה בִקְשׁוּ חִשְּׁבֹנוֹת רַבִּים — Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchos cálculos». Adam HaRishón fue creado recto. Si no hubiera pecado aquel mismo día, «lo recto ante sus propios ojos» habría coincidido también con «lo recto a los ojos de Hashem», y la humanidad podría haber existido en una especie de anarquía sana, sin necesidad alguna de coerción externa. Sin embargo, la incitación de la serpiente condujo al pecado primordial y transformó aquella anarquía potencialmente sana en una anarquía egoísta y dañina.
El pecado de Adam HaRishón fue rectificado por los santos Patriarcas, y por ellos el libro de Bereshit es llamado «Sefer HaIashar — el Libro de los Rectos», es decir, «el libro de los hombres rectos». Con un corazón fiel, ellos sirvieron a Hashem con rectitud, guiados por la orientación interior de sus propios riñones —es decir, por una intuición espiritual interna— y sin necesidad de coerción externa. Sin embargo, después del exilio de Egipto, donde el pueblo de Israel fue esclavizado por un rey tiránico, el pueblo sale a la libertad para vivir una vida de Torá bajo la conducción de Moshé Rabenu, una realidad en la que rige el principio «גדול המצווה ועושה — mayor es quien está ordenado y cumple».
Con la entrada en la Tierra de Israel, el pueblo judío vuelve nuevamente a una cierta forma de anarquía. Después de Iehoshúa, que fue un dirigente centralizado, el pueblo se divide según sus territorios, sin un gobierno central, y según la necesidad surgen shoftim, jueces o líderes, ya sea de carácter general o local. Finalmente, la situación de «איש הישר בעיניו יעשה — cada uno hacía lo que era recto a sus propios ojos» conduce a desastres. El pueblo pide un rey —para disgusto de Hashem— y todo el período del Primer Beit HaMikdash se convierte en la época de los reyes, una monarquía. Con el tiempo, la realeza degenera en corrupción y pecado y termina conduciendo a la destrucción. En el período del Segundo Beit HaMikdash, el poder de los reyes es reemplazado por una conducción basada en la Torá, con el gran desarrollo de la Torá Oral y el creciente prestigio de sus Sabios, una suerte de teocracia.
Sin embargo, desde la destrucción del Segundo Beit HaMikdash parece existir un proceso continuo de retorno a la naturaleza judía básica, de carácter anárquico: una naturaleza de pensamiento independiente y de resistencia a toda dominación externa. Desde un único y poderoso centro del judaísmo en Babilonia se pasa progresivamente a una dispersión por todas las diásporas, lo cual va fragmentando también la autoridad halájica. Más tarde aparece el Jasidut, que fortalece el trabajo espiritual del individuo, mientras que el Rebe le sirve de inspiración y ayuda para rectificar el corazón y esclarecer su voluntad verdadera.
Tampoco el Rey Mashíaj hará retroceder la rueda de la historia. Por el contrario, conducirá al mundo hacia una anarquía sagrada, protegida de las caídas, en la que llegará a expresarse el nivel de «גדול מי שאינו מצווה ועושה — mayor es quien, aun sin estar obligado, actúa», porque su tendencia interior será devolver la realeza exclusivamente a Hashem.
Esta estructura interna de la historia —desde la creación de Adam HaRishón hasta la llegada del Mashíaj que esperamos «hoy», expresión que alude también a Rosh Hashaná— enseña que coronar a Hashem no significa aceptar una esclavitud externa destinada a anular la personalidad independiente. Es exactamente lo contrario. Cuando un judío corona solamente a Hashem, él mismo se transforma en una especie de rey, según la expresión «עבד מלך — מלך — el siervo de un rey es rey».
La definición de un rey es que «אין על גביו אלא ה׳ אלהיו — no tiene por encima de él a nadie salvo a Hashem, su Dios». Es decir, una persona que asume por sí misma la responsabilidad de encontrar el camino para rectificar el mundo, desde un corazón recto y fiel. La verdadera coronación de Hashem no destruye la libertad interior de la persona; la purifica, la eleva y la convierte en una libertad responsable, cuyo único Rey verdadero es Hashem.
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