MELAVE MALKA KORAJ

🔸Relato jasídico para la salida de Shabat🔸
🍷🕯🌿Para compartir y reflexionar🌿🕯🍷

¡Una buena y bendecida semana! (Shavúa Tov uMevoraj)

Nuevamente se presenta ante ustedes otra entrega iluminadora y alegre, repleta de delicias espirituales del “Instituto Gal Einai” para comenzar la semana.

Existe una hermosa costumbre de contar, cada sábado por la noche durante la comida de Melavé Malka, un relato jasídico del Baal Shem Tov. Es una segulá para una buena provisión, para tener hijos y satisfacción de ellos, para una vida larga y plena, y para salud.

*ESTE DOMINGO ASTROLOGÍA JUDÍA*

*PRESENTACIÓN*

DOMINGO A LAS 21:00 EN VIVO DESDE ISRAEL

con el Rabino Jaim Frim

ÚNETE Y PARTICIPA:

*ZOOM:*  https://us06web.zoom.us/j/5839538733

*YOUTUBE:*  www.youtube.com/galeinaienespañol

“Este material existe gracias a quienes sostienen este proyecto.”

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En la víspera de Iom Kipur, el santo Rabí Leib Sarás, célebre discípulo del Baal Shem Tov, se encontraba viajando de regreso a su hogar. De pronto, una violenta tormenta estalló en el camino retrasando su marcha. No fue sino hasta pasado el mediodía que el tzadik logró refugiarse en una pequeña aldea vecina. Lejos de lamentarse, Rabí Leib comprendió de inmediato, bajo la perspectiva de la Providencia Divina (Hashgajá Pratit), que aquel retraso tenía un propósito oculto y sagrado. Con el corazón lleno de gratitud, aceptó los designios del Creador y esperó con alegría los acontecimientos.

Al adentrarse en el pueblo, el maestro descubrió una pequeña comunidad judía. Su alegría fue inmensa al enterarse de que contaban con el número exacto para el quórum de oración (minián): ocho residentes locales y dos judíos más que debían descender desde los campamentos del bosque cercano. Con el espíritu aliviado, el tzadik se sumergió en las aguas del río para purificarse, participó de la última comida previa al ayuno (Seudá Mafseket) y corrió hacia la sinagoga, donde comenzó a derramar su alma en rezos y súplicas antes del inicio del servicio.

*El Minián incompleto y la búsqueda de la chispa oculta*

A medida que las sombras de la tarde se alargaban, los judíos de la aldea se congregaron en el templo. Sin embargo, la angustia se apoderó del lugar cuando llegó una fatídica noticia: los dos hombres esperados del bosque habían sido arrestados injustamente bajo una falsa acusación. El Minián estaba incompleto; faltaban dos personas para poder elevar las oraciones comunitarias en la noche más sagrada del año.

Preocupado por la situación, Rabí Leib interrogó a los presentes:

—¿Acaso hay algún otro judío en los alrededores de esta aldea? —No hay ningún otro —respondieron los lugareños con tristeza—. Estamos completamente solos.

El tzadik no se dio por vencido y formuló una pregunta que desconcertó a la congregación:

—¿Acaso vive por aquí algún judío apóstata?

Los hombres guardaron silencio, asombrados ante semejante interrogante. Pero Rabí Leib insistió con firmeza, citando las enseñanzas de sus grandes maestros:

—Las puertas del retorno (teshuvá) jamás se cierran, ni siquiera para un converso. Como decían mis maestros: cuando uno hurga pacientemente entre las cenizas, siempre es posible hallar una última chispa de fuego.

Al escuchar esto, uno de los aldeanos se armó de valor y confesó:

—El Páritz (el noble hacendado), el dueño y señor de todas estas tierras, es un judío renegado. Sin embargo, lleva más de cuarenta años sumergido en el pecado. En su juventud se enamoró de la hija del antiguo señor feudal, quien le prometió su mano y toda su inmensa fortuna a condición de que abandonara el judaísmo. Él no pudo resistir la tentación, abjuró de su fe y se casó con ella. Hoy vive completamente solo, pues su esposa falleció hace años y no dejó descendencia.

El encuentro silencioso en la mansión del noble

Sin perder un instante, Rabí Leib pidió que lo guiaran hasta la mansión del noble. Se quitó el talit y se apresuró hacia el lugar. Vestido completamente de blanco con el atuendo blanco tradicional de Iom Kipur el tzadik golpeó la puerta de las habitaciones privadas del hacendado e ingresó sin esperar autorización.

El páritz se encontró de golpe cara a cara con una figura imponente que parecía un ángel de Dios. Rabí Leib permaneció de pie, mirándolo fijamente a los ojos en un silencio absoluto. Al principio, el noble sintió el impulso furioso de ordenar a sus guardias que expulsaran y castigaran severamente al intruso; sin embargo, la pureza celestial que irradiaba del rostro del rabino y la profundidad de su mirada penetraron como una espada de luz en su corazón, paralizándolo por completo.

Tras un prolongado e imponente silencio, Rabí Leib rompió el hielo:

—Mi nombre es Leib Sarás. Tuve el mérito de conocer y servir al Baal Shem Tov, un hombre amado en los cielos y en la tierra a quien los propios nobles gentiles reverenciaban. Una vez le escuché decir que un judío debe rezar siempre con las palabras del Rey David: “Líbrame de la sangre, oh Dios” (hatzileni mi-damim). Esto significa: líbrame de que los damim (palabra hebrea que significa tanto ‘sangre’ como ‘dinero’) se conviertan en mi dios.

Mi propia madre, Sara, fue una mujer piadosa. Un noble intentó tomarla por la fuerza ofreciéndole riquezas y honores, pero ella prefirió santificar el Nombre de Di-s y, para escapar de sus garras, aceptó casarse con un anciano melamed (maestro de niños) sumido en la pobreza. Tú, lamentablemente, no lograste resistir la prueba; te vendiste por oro y plata y caíste en la apostasía. Sin embargo, ¡nada puede resistirse ante el poder del arrepentimiento y el retorno!

El tzadik dio un paso al frente y sentenció con voz vibrante:

—¡Hay quienes adquieren su mundo por venir en una sola hora! Y tu hora ha llegado en la víspera de este Yom Kipur. El sol está a punto de ocultarse y a los judíos del pueblo les falta el décimo hombre para completar el Minián. Ven con nosotros, únete al quórum y santifica tu existencia, tal como está escrito en la Torá: “El décimo será sagrado para el Eterno”.

*El llanto de las cenizas y el suspiro del retorno*

Las palabras del rabino conmovieron las fibras más íntimas del noble cuyo rostro palideció por completo. Desarmado ante la majestad espiritual de aquel anciano vestido de blanco, el páritz rompió a llorar. Con manos temblorosas y el corazón quebrado aceptó la invitación y caminó junto al tzadik hacia la sinagoga.

Mientras tanto, en el templo, los aldeanos esperaban con temor, temiendo que la presencia del poderoso noble trajera alguna desgracia sobre la comunidad. De repente, la puerta se abrió. Rabí Leib ingresó al recinto seguido por el imponente hacendado, quien caminaba con la cabeza gacha y el rostro cubierto de lágrimas.

Por indicación del tzadik le entregaron un talit. El hombre se envolvió en él, cubriendo por completo su cabeza y su rostro para ocultar su vergüenza. Rabí Leib se acercó al Arca Sagrada (Arón HaKódesh), extrajo dos rollos de la Torá; entregó uno a uno de los ancianos de la aldea y el segundo se lo colocó en los brazos al noble arrepentido. Colocándose entre ambos, el rabino comenzó a entonar con una melodía celestial la célebre declaración de Kol Nidré:

“Por la autoridad de la Corte Celestial y por la autoridad de la congregación terrenal… permitimos orar junto a los transgresores…”

Al escuchar aquellas palabras, el noble lanzó un suspiro tan desgarrador y profundo que estremeció los cimientos del lugar. La congregación entera estalló en un llanto inconsolable. Durante toda la noche, y a lo largo de todo el día siguiente —desde las oraciones de la mañana hasta el cierre del ayuno—, el hombre permaneció de pie, quebrado y exhausto, suspirando desde lo más profundo de sus entrañas y empapando el suelo con sus lágrimas cada vez que pronunciaba las confesiones del vidui.

*Un alma entregada en santidad*

Cuando el sol comenzó a ocultarse y la congregación alcanzó el clímax de la oración de Neilá (el cierre de las puertas celestiales), el pueblo entero proclamó el verso final. En ese instante supremo, el noble introdujo su cabeza dentro del Arca Sagrada, abrazó con todas sus fuerzas los rollos de la Torá y exclamó con un grito sobrehumano:

—¡SHEMÁ ISRAEL, ADON-AI E-LOHEINU, ADON-AI EJAD! (¡Escucha, Israel: el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno!)

Luego, retiró la cabeza del Arca y proclamó con una potencia celestial que iba en aumento:

—¡ADON-AI HU HA-E-LOHIM! (¡El Eterno es el único Dios!)

Repitió la frase una y otra vez, con una voz cada vez más fuerte y pura. Al pronunciar la séptima y última vez la palabra E-lohim, su corazón no resistió la intensidad de la luz espiritual y su alma abandonó el cuerpo físico.

Rabí Leib Sarás contempló la escena y exclamó con profunda reverencia:

—¡Dichoso de ti, judío, que tu alma ha partido de este mundo pronunciando el Nombre de Di-s!

Aquel hombre, que había vivido cuarenta años en la desconexión, logró purificar todas sus transgresiones y comprar su eternidad en una sola hora de entrega absoluta. Esa misma noche, al concluir el día sagrado, recibió sepultura comunitaria según los ritos tradicionales de Israel. El propio Rabí Leib se encargó personalmente de los rituales de purificación y del entierro, y estableció la costumbre de elevar las oraciones del Kadish por el alma de aquel noble converso —transformado ahora en un Tzadik Baal Teshuvá— en cada Iom Kipur de su vida.

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❣️ ¡Para una semana buena y bendecida! ❣️

🙏¡Que así desaparezcan todos Tus enemigos, oh Hashem!🙏

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“Este material llega a ti gracias a quienes sostienen este proyecto.”

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❣️*Shavúa Tov uMevoraj*❣️

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*💎💎 PARA CURACIÓN COMPLETA DE💎💎*

*ITZJAK FEIVISH BEN BREINA MALKA*

*💎💎 Para la elevación del alma de 💎💎*

Iosef Itzjak ben Avraham ve-Sterna Sara

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