Razi Cumpliendo la misión de quien nos envía

Razí nos contará qué aprendemos del relato de la misión de Eliézer para encontrar una esposa para Itzjak.

Por Shiló Ofen. Categoría: «Yo y los niños».

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RIVKA Y LOS CAMELLOS SEDIENTOS  

RAZI BREVEMENTE: ¿CÓMO SER UN VERDADERO EMISARIO?

¡Hola, chicos!

En la parashá se relata extensamente cómo Eliézer, el siervo de Abraham, partió hacia Jarán para cumplir una misión especial: encontrar una esposa para Itzjak. No era una misión sencilla. Eliézer viaja a una tierra extranjera y lejana, donde debe encontrar a alguien que esté a la altura de las expectativas de su justo amo. Además, la extensión del relato se duplica. Cuando Eliézer llega a la casa de Betuel, en Jarán, vuelve a contarles a sus anfitriones todos los detalles de la historia desde el principio: el juramento a su amo, las dificultades del camino, el encuentro con Rivká, la prueba que realizó y el resultado satisfactorio que obtuvo.

¿Para qué hace falta tanta extensión? Evidentemente, el relato contiene una idea que es importante destacar y de la cual debemos aprender.

Soy el siervo de Abraham

Comencemos con un acertijo: ¿cuántas veces creen que se menciona el nombre de Eliézer en nuestra parashá? Esta vez no se trata de una guematria: sencillamente, pasen las páginas y cuenten. Quizás se sorprendan, pero, a pesar de lo extenso de sus palabras, la respuesta es… ¡cero! ¡El nombre de Eliézer no aparece en toda la parashá ni siquiera una vez! Se lo llama únicamente «el siervo». Parecería que no tiene una personalidad propia, con un nombre o un apodo, sino solamente una función. Incluso cuando debe presentarse ante la familia de Rivká, elige estas palabras: «Soy el siervo de Abraham».

¿Conocen a esos maestros que los llaman por el apellido? A mí, por lo general, eso me molesta. ¿Qué importa que mi hermano haya estudiado con ustedes hace tres años? Mi hermano es mi hermano y yo soy yo. ¡Tengo un nombre! Me gusta que se dirijan a mí y me traten de manera personal, llamándome por mi nombre de pila. Dirigirse a alguien de una manera indirecta se hace solamente cuando no queda otra alternativa, como el guardavidas de la playa que anuncia por el altavoz: «¡Eh, tú, el de ahí, con el flotador amarillo…!».

¿Acaso siempre preferimos que nos traten precisamente de esa manera personal? Quizás resulte sorprendente, pero a veces no. A veces preferimos que nos reconozcan justamente por la función que desempeñamos.

En Jasidut, esta cualidad se llama bitul, anulación del yo. La persona no se da importancia a sí misma, porque atribuye toda la importancia a quien está por encima de ella, a aquel ante quien se anula. Cuando una persona se anula ante Hashem, se une a Él y se vuelve parte de Él, revelando así que es «una porción de Di-s de lo Alto, verdaderamente». En Eliézer, que estaba completamente entregado a la tarea que se le había encomendado y se identificaba con Abraham y con la misión que este había puesto en sus manos, esto llegó a expresarse incluso físicamente: sus rasgos se volvieron semejantes a los de Abraham, hasta el punto de que en la casa de Betuel se confundieron y pensaron que era el propio Abraham.

Ser la mano de quien nos envía

Entonces, ¿qué significa esto? ¿Que quien se anula pierde algo de sí mismo? ¿Que ya no tiene una personalidad, con sentimientos y pensamientos propios? La respuesta es sí y también es no, porque depende de qué personalidad mía estemos hablando.

En el libro del Tania, el Admor Hazakén nos enseña que todo judío tiene dos almas: un alma divina y un alma natural, animal. El alma divina es mi personalidad que desea únicamente a Hashem y quiere cumplir Su voluntad, y lo quiere en serio. Pero junto a ella también existe dentro de mí un alma animal, que también forma parte de mi personalidad y que solamente se quiere a sí misma: que yo esté cómodo, que yo encuentre algo interesante, que yo me divierta; lo principal es que sea para mí. Cuando quiero anularme ante Hashem, aparecen los sentimientos y los pensamientos del alma animal y me dificultan vincularme con Él en serio. Claro, ¿cómo voy a saltar de la cama por la mañana, levantarme e ir al Talmud Torá, si en este momento me resulta tan agradable y placentero quedarme debajo de la manta calentita? ¿Cómo puedo apartar los malos pensamientos sobre un compañero que me molesta constantemente durante los recreos e intentar juzgarlo favorablemente? De esos sentimientos sí quiero desprenderme. Esos pensamientos quiero que dejen de estar. Por eso, la respuesta a la pregunta es: ¡sí! ¡Una personalidad así no la queremos!

Pero los buenos sentimientos y pensamientos del alma divina sí los queremos, sin ninguna duda. Esa es la verdadera personalidad del judío. Cuanto más nos anulamos ante Hashem, más se fortalece y se desarrolla esta personalidad. Ya soy parte de Hashem y, por lo tanto, la respuesta es: ¡no! No solamente no pierdo nada, sino que ¡crezco y me fortalezco!

¿Es complicado? Viajemos un poco con nuestra imaginación mediante un ejemplo: estoy sentado en el aula durante una clase habitual. El maestro enseña, la mayoría de los alumnos escucha y algunos un poco menos. De pronto se oyen golpes en la puerta. Entra el director y, junto a él, nada menos que… ¡el Rebe! Los niños, sorprendidos, se ponen de pie con profundo respeto. Se hace un silencio absoluto y se puede sentir la tensión en el aire. De pronto, el Rebe se dirige a mí y me dice: «Querido Razí, ¿podrías traerme, por favor, un vaso de agua?». Pueden imaginar cómo me levanto de un salto y regreso veinte segundos después con el vaso en las manos. ¡Tuve el mérito de servir al Rebe! ¿En quién creen que pensé durante esos segundos en los que corrí a la cocina: en mí mismo o en el Rebe? Está claro: en esos momentos estaba completamente entregado a la misión que había recibido. ¿Acaso cuando me sirvo un vaso de agua para mí, sin más, estoy igual de atento y dispuesto? ¿Se pueden siquiera comparar ambas situaciones? ¡En absoluto! Es como si el Rebe hubiera entrado y se hubiera revestido en mí, y la mano que vertió el agua de la jarra hubiera sido, en realidad, su propia mano. ¡Nos volvimos verdaderamente uno!

Cada uno es un emisario

Esto se llama bitul, y esta es la importante enseñanza que aprendemos de Eliézer, el siervo de Abraham. Cada uno de nosotros descendió a este mundo con fuerzas y cualidades que le son propias, para cumplir la misión particular que Hashem le encomendó. Respecto de una misión, existe una regla en la halajá que dice: «El emisario de una persona es como ella misma». Esto significa que puedo designar a un emisario para que cumpla una mitzvá por mí y, de esa manera, cumplir con mi obligación. ¿Lo sabían? ¡Hashem también cumple lo que está escrito en la Torá! Por lo tanto, esta regla sobre la misión también se aplica a nosotros: ¡todo aquel que actúa como emisario de Hashem se anula ante Él y se vuelve parte de Él!

¡Que cada uno de nosotros merezca encontrar su misión particular y cumplirla plenamente!

¡Shabat Shalom y bendecido!

Razí

El acertijo de Razí

Soy la última de toda la lista,
conmigo, al final, se cerró el trato.
El señor de «mirada maliciosa» intentó sus artimañas,
¡pero ante el de «ojos puros», ¿quién podrá imponerse?!

[Solución al acertijo de la semana pasada: la primera familia del mundo (Adam–Javá–Káin–Hével–Shet) y también la primera familia judía (Abraham–Sará–Itzjak) = 961].

רָזִי רְמַזִי

אַחֲרוֹנָה אֲנִי מִכָּל הָרְשִׁימָה,

בִּי בַּסּוֹף הָעִסְקָה נֶחְתְּמָה,

אָדוֹן “רַע עַיִן” נִסָּה בְּתַחְבּוּלוֹת,

אַךְ מוּל “טְהוֹר עֵינַיִם” מִי יוּכַל לְהִתְעַלּוֹת!

[פִּתְרוֹן הַחִידָה מֵהַשָּׁבוּעַ שֶׁעָבַר: הַמִּשְׁפָּחָה הָרִאשׁוֹנָה בָּעוֹלָם (אָדָם-חַוָּה-קַיִן-הֶבֶל-שֵׁת) וְגַם הַמִּשְׁפָּחָה הַיְּהוּדִית הָרִאשׁוֹנָה (אַבְרָהָם-שָׂרָה-יִצְחָק) = 961]


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