JASIDUT PARA LA PARASHÁ VAIERÁ CON EL RABINO ITZJAK SHAPIRA, ROSH IESHIVÁ OD IOSEF JAI DE SHJEM (TEMPORALMENTE EN ITZHAR), BASADO EN LAS ENSEÑANZAS DEL RABINO ITZJAK GINSBURGH
Una de las grandes problemáticas del ser humano es el egoísmo: ¿acaso todo lo que hacemos es solamente para nosotros mismos? En la parashá Vaiéra, las hijas de Lot nos enseñan que incluso dentro de la cáscara más profunda del egoísmo se oculta una chispa divina: el deseo de Hashem de que el mundo exista.
La parashá Vaiéra relata la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades cuyos habitantes eran sumamente malvados y pecadores ante Hashem. Durante la destrucción, Hashem recuerda a Abraham y salva a Lot y a sus hijas, quienes se refugian en una cueva. Pensando que toda la humanidad ha desaparecido, las hijas de Lot emborrachan a su padre y conciben de él descendencia, dando origen a las naciones de Amón y Moab.
A primera vista, este episodio parece una continuación de la corrupción moral de Sodoma. Sin embargo, nuestros sabios descubren en él una dimensión sorprendente y profundamente positiva.
DOS VIDES BUENAS
El Talmud enseña: «La persona siempre debe adelantarse para cumplir una mitzvá, porque debido a una noche en la que la mayor se adelantó a la menor, adelantó cuatro generaciones a Israel: Obed, Ishai, David y Shlomó». La descendencia de la hija menor llegaría a la monarquía a través de Naamá la amonita, madre de Rejavam.
En otro pasaje, cuando Moshé Rabeinu quiso combatir contra Moab, Hashem le respondió: «No como ha surgido en tu pensamiento ha surgido en Mi pensamiento; tengo dos buenas vides para sacar de ellos: Rut la moabita y Naamá la amonita».
¡Qué enseñanza extraordinaria! Nuestros sabios encuentran en las acciones de las hijas de Lot una intención de mitzvá, y precisamente de sus descendientes surgirán dos mujeres fundamentales para la monarquía de Israel y el linaje del Mashíaj. ¿Cómo comprender esta aparente contradicción?
EL DESEO DIVINO DE QUE EL MUNDO EXISTA
Para comprenderlo debemos observar los acontecimientos desde la perspectiva de las hijas de Lot. Ellas creían que toda la humanidad había sido destruida y que solamente quedaban ellas y su padre. Frente a semejante catástrofe podían entregarse a la desesperación o intentar preservar la existencia humana. Eligieron continuar la vida.
Cuando una persona experimenta una destrucción terrible, puede sentir que su mundo ha terminado. Sin embargo, incluso en medio del sufrimiento surge una fuerza interior que la impulsa a levantarse, reconstruir y comenzar nuevamente. Según el Jasidut, esta fuerza no es solamente un instinto natural: es una expresión del deseo divino de que el mundo exista.
Las hijas de Lot, convencidas de que debían preservar a la humanidad, manifestaron ese deseo profundo de Hashem. Aunque su acción fue objetivamente problemática, nuestros sabios destacan la intención que las impulsó: asegurar la continuidad de la vida.
Algo semejante ocurrió después del Holocausto. Muchos judíos que habían perdido a sus familias y comunidades encontraron fuerzas para reconstruir hogares, formar nuevas generaciones y levantar nuevamente una vida de Torá. En esa capacidad extraordinaria de comenzar de nuevo se revela la voluntad de Hashem de que el pueblo judío continúe existiendo.
También hoy, cuando tantas familias sufren las consecuencias de la guerra y sienten que su mundo se ha derrumbado, deseamos que encuentren esa fuerza divina para levantarse y reconstruir sus vidas.
SODOMA: LA CÁSCARA DEL EGOÍSMO
Los habitantes de Sodoma representaban una concepción extrema del egoísmo. Según su ideología, cada persona debía preocuparse exclusivamente por sí misma, sin ayudar al prójimo. Consideraban que el interés personal era la única fuerza que movía al mundo y prohibían la generosidad.
Esta visión negaba la bondad de la creación y, en cierto sentido, atribuía al propio Creador un mundo carente de bien. Por eso Sodoma era descrita como una ciudad profundamente malvada ante Hashem. Una sociedad basada exclusivamente en el egoísmo no puede sostenerse.
Sin embargo, incluso dentro de ese egoísmo absoluto se esconde una chispa divina. El intenso deseo del ser humano de existir tiene su raíz en el deseo de Hashem de darle vida. Si Hashem desea mi existencia, también yo deseo vivir.
El problema comienza cuando ese deseo cae en las klipot, las cáscaras impuras, y se transforma en una preocupación exclusiva por uno mismo, desconectada del prójimo y de la voluntad divina.
La destrucción de Sodoma representa el quebrantamiento de esa concepción egoísta. Pero de sus ruinas surgen las hijas de Lot, quienes transforman el deseo individual de sobrevivir en una preocupación por la continuidad de toda la humanidad.
La misma fuerza que en Sodoma se había convertido en egoísmo extremo comienza a revelar su raíz divina: el deseo de que la vida continúe.
LAS DOS HIJAS DE LOT Y EL SECRETO DEL MASHÍAJ
Las dos hijas de Lot expresan aspectos diferentes de este impulso. La mayor toma la iniciativa y actúa para preservar la humanidad; la menor acepta y continúa su camino. La primera representa la fuerza intensa del deseo de existir, mientras que la segunda expresa el reconocimiento de que ese deseo es bueno.
El relato subraya que Lot estaba completamente ebrio y no era consciente de lo sucedido. No existía una relación de pareja normal, basada en el amor y la reciprocidad. Las hijas estaban concentradas exclusivamente en lo que consideraban su misión de asegurar la continuidad del mundo.
Precisamente de esta historia tan compleja surge el linaje del Mashíaj. Esto nos enseña que incluso de situaciones oscuras pueden extraerse chispas de santidad destinadas a revelar una luz extraordinaria.
El Mashíaj viene a mostrar que nuestro deseo de vivir no tiene por qué ser egoísta. Cuando reconocemos que nuestra existencia es deseada por Hashem, el amor por la vida deja de estar encerrado en nosotros mismos y se transforma en una fuerza de bondad y entrega.
En la oración de la Amidá pedimos: «Retzé Hashem Elokeinu beamjá Israel» — «Complácete, Hashem, nuestro Dios, en Tu pueblo Israel». Pedimos que Hashem revele Su deseo profundo por nosotros, para que podamos reconocer que nuestra vida tiene un propósito divino.
Esta es la gran enseñanza de las hijas de Lot: incluso dentro del egoísmo más profundo puede esconderse el deseo de Hashem de que el mundo exista. Nuestra tarea consiste en liberar esa chispa de sus cáscaras y transformar el deseo de vivir en amor, responsabilidad y entrega hacia los demás.
La verdadera corrección del egoísmo no consiste en dejar de desear nuestra propia existencia, sino en descubrir que vivimos porque Hashem nos desea, y que nuestra vida debe convertirse en un instrumento para cumplir Su voluntad.
Así prepararemos al mundo para la llegada de nuestro justo Mashíaj, quien revelará plenamente cuánto Hashem desea a Su creación.
¡Shabat Shalom!
Beit Ieshivat Od Iosef Jai
Del Rabino Itzjak Ginsburgh
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