Los espías relataron la enorme fuerza de los habitantes de la tierra y sembraron temor en el corazón del pueblo. Cuando Caleb proclamó: “Subamos y tomémosla en posesión, porque ciertamente podremos conquistarla”, los demás espías respondieron: “No podremos subir contra ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros”.
Sobre estas palabras enseñaron nuestros Sabios: “Los espías dijeron algo muy grande en aquel momento: ‘porque es más fuerte que nosotros’. No leas ‘que nosotros’ (mimenu), sino ‘que Él’ (mimenu, refiriéndose a Dios); como si, por así decirlo, incluso el Dueño de la casa no pudiera sacar Sus utensilios de allí.”
¿Qué llevó a nuestros Sabios a interpretar el versículo de esta manera? ¿Cómo podría una persona que cree en el Dios Todopoderoso pensar que existe alguien más fuerte que Él? ¿Cómo es posible que la generación que vio todos los milagros de Dios en la salida de Egipto, en la apertura del Mar Rojo y durante su marcha por el desierto —y que escuchó la voz de Dios desde el fuego— fuera tan insensata como para pensar que precisamente frente a los habitantes de la tierra Dios no podría actuar?
La regla general es que las interpretaciones de tipo “no leas así, sino así” (al tikré) no anulan el significado simple del texto, sino que le añaden profundidad. La palabra “mimenu” incluye tanto el sentido literal, una referencia a los hijos de Israel mismos, como el sentido interpretativo renovado, una referencia a Dios, y ambos significados deben aparecer conjuntamente.
Es decir, los dos significados de “mimenu” nos enseñan que Dios (según la interpretación de los Sabios) debe manifestarse dentro de nosotros, los hijos de Israel (según el sentido simple). Los israelitas no pensaban que el Dios que los sacó de Egipto y los condujo por el desierto fuera incapaz de enviar diez plagas sobre los habitantes de la tierra y despejarla para ellos. Sin embargo, comprendían que esa no era la forma de conducción divina que Dios deseaba para la Tierra de Israel.
En el desierto comíamos el maná; en la tierra debemos arar, sembrar y cosechar. En el desierto, las nubes protegían de los enemigos y destruían las amenazas; en la tierra, Dios espera que nosotros mismos combatamos. Los milagros de Dios en la Tierra de Israel se manifiestan dentro de nuestro propio trabajo, y debemos recordar siempre que “Él es quien te da la fuerza para hacer riqueza y lograr éxito”.
En la Tierra de Israel debe realizarse el deseo divino en la creación: que Dios tenga una morada en los mundos inferiores, donde la Divinidad se fortalezca dentro de nosotros y se revele desde nuestro interior, como está dicho: “Yo dije: dioses sois vosotros”.
En realidad, los espías ya habían percibido que la entrada a la tierra no sería bajo el liderazgo de Moisés, nuestro maestro, cuyo rostro era como el sol, una manifestación abierta de la Divinidad, sino bajo el liderazgo de su discípulo Josué hijo de Nun, quien había recorrido la tierra con ellos y cuyo rostro era como la luna, reflejando la luz que recibe a través de sus propios recipientes.
La afirmación de los espías, “porque es más fuerte que nosotros”, significaba que una revelación divina de este tipo, en la que la luz de Dios aparece dentro del ser humano, no tendría fuerza suficiente para enfrentarse a la intensidad de la realidad material. Ellos pensaban, desde una falsa humildad, que el pueblo de Israel no era digno de una revelación semejante; que, en lugar de que la luz brotara de ellos y venciera a la oscuridad, desaparecería dentro de ellos, y ellos serían absorbidos por una “tierra que devora a sus habitantes”.
Sin embargo, la verdadera humildad —“sé muy, muy humilde de espíritu”— produce exactamente el efecto contrario: lleva a la persona a reconocer que, por sí misma, no posee nada; pero que la Esencia misma de Dios se reviste en ella, y para esa Esencia nada es imposible.
Y precisamente esta revelación constituye la finalidad última de la voluntad divina en el mundo. Ella se manifiesta justamente en la buena tierra, de la cual está escrito: “La tierra es muy, muy buena.”
