La exención halájica de la mujer de la mitzvá del shofar no significa que tenga una conexión menor con él. Al contrario, desde la perspectiva del Jasidut y de la Cabalá podemos comprender que el shofar toca una dimensión muy profunda del alma, una dimensión que va más allá de las palabras, del intelecto y de las explicaciones. El shofar es, esencialmente, un grito del alma.
El shofar no habla. No tiene palabras, argumentos ni explicaciones. Simplemente grita. Y justamente por eso expresa algo que está antes de las palabras: «¡Quiero volver a Ti!». En Rosh Hashaná no venimos solamente a pedir cosas a Hashem; venimos a despertar una conexión esencial con Él. El lenguaje puede explicar lo que pensamos, pero el sonido del shofar expresa lo que somos en lo más profundo.
Escuchar el shofar:
En la Cabalá, el principio femenino está relacionado con Maljut, la dimensión que recibe, reúne y manifiesta las influencias superiores. Maljut no necesita agregar otra explicación: recibe y revela. Esto tiene una relación muy profunda con el shofar. El shofar toma un aliento interior y lo transforma en sonido; no pronuncia un discurso, sino que manifiesta algo que estaba escondido dentro. De manera semejante, la dimensión femenina del alma posee una capacidad especial para llevar lo interior hacia la realidad: transformar una inspiración en vida, una conciencia en experiencia y una conexión espiritual en algo concreto.
Por eso existe también una relación profunda entre la mujer y la dimensión de Maljut, la realeza. Rosh Hashaná es el momento de «המלך — HaMélej», de reconocer y proclamar a Hashem como Rey. El shofar es uno de los instrumentos fundamentales de esta coronación. Podemos decir entonces que la mujer no solamente escucha el sonido de la coronación: desde la perspectiva cabalística, su propia dimensión espiritual está relacionada con Maljut, con la realeza que debe ser revelada en el mundo.
Entonces, ¿por qué la mujer está exenta? Porque la halajá establece que las mujeres están exentas de determinadas mitzvot aseh shehazmán gueramá, los mandamientos positivos dependientes del tiempo. Pero esta es una clasificación jurídica y no una medida de importancia espiritual. Estar exenta significa que no existe una obligación halájica que deba cumplir; no significa que la mitzvá no le pertenezca ni que no pueda tener una conexión profunda con ella. Por eso una mujer que escucha el shofar puede experimentar una conexión espiritual extraordinariamente profunda.
El Jasidut explica que el shofar despierta el punto más esencial del alma. No necesitamos comprender intelectualmente cada sonido para que nos afecte, porque el shofar alcanza un lugar que está por encima de las palabras y del intelecto. Es una conexión con la esencia del alma — etzem haneshamá. Es el lugar donde no necesitamos decir «yo creo que…», sino simplemente: «Yo pertenezco a Hashem». Por eso el shofar puede despertar lágrimas incluso en una persona que no sabe explicar exactamente qué está sintiendo.
Existe una enseñanza jasídica muy hermosa que compara el sonido del shofar con el grito de un hijo que quiere acercarse a su padre, pero no encuentra las palabras para expresar lo que siente. Finalmente, simplemente grita: «¡Papá!». Ese es el shofar. Y aquí podemos comprender algo muy profundo: nuestra conexión con Hashem no depende de nuestra capacidad de formularla con palabras. El shofar permite expresar una relación que existe antes de toda explicación.
Por eso el shofar también puede ser entendido como un despertador de nuestra identidad. No se trata solamente de escuchar: «Tengo que corregir mis defectos». El verdadero despertar de Rosh Hashaná es mucho más profundo: «Tengo que recordar quién soy». Esto se conecta maravillosamente con la parashá Nitzavim: «אַתֶּם נִצָּבִים הַיּוֹם — Atem Nitzavim Hayom — ustedes están hoy de pie». Antes de corregirnos, tenemos que volver a estar de pie. El shofar nos hace levantar la cabeza y nos recuerda: eres hijo de un Rey, tu alma pertenece a Hashem, puedes volver y la conexión nunca se perdió realmente.
También podemos contemplar el shofar desde una perspectiva cabalística a través de la relación entre shofar, kol, voz, aliento y alma. El shofar transforma el aliento en sonido. La palabra neshamá, alma, está relacionada conceptualmente con neshimá, respiración. La vida que Hashem puso dentro de nosotros se convierte, mediante el shofar, en un grito dirigido nuevamente hacia Él. Es como si el alma dijera: «El aliento que Tú pusiste en mí vuelve ahora hacia Ti».
Y aquí está la idea central: la mujer está exenta del shofar como obligación jurídica, pero eso no disminuye su capacidad de conectarse con su esencia. El shofar expresa precisamente una dimensión que va más allá de demostrar, explicar o analizar. Es sentir, pertenecer y volver. No se trata solamente de hablar sobre nuestra relación con Hashem, sino de regresar a ella.
Por eso, cuando una mujer escucha el shofar, puede escucharlo no solamente como una mitzvá que otra persona está cumpliendo, sino como el grito de su propia alma: «Avinu Malkeinu — Padre nuestro, Rey nuestro. Aquí estoy. Quiero volver a Ti».
Y quizás esta sea una de las enseñanzas más profundas de Rosh Hashaná: el shofar no viene solamente a despertarnos para que seamos mejores; viene a despertarnos para que recordemos quiénes somos delante del Rey.
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