RASHI PREPARACIÓN PARA UNA MISIÓN

Historias de tzadikim

Rabi Shlomo Itzjaki nació en Troyes, en el norte de Francia, siendo su padre, Rabi Itzjak, en el año 4800 (1040). Se sabe muy poco de sus primeros años, aunque parece que comenzó a aprender Torá de su padre a una edad temprana. Con aproximadamente veinte años, Rashi abandonó Francia para ir a las grandes ieshivot de Alemania. Primero llegó a la ieshivá de Maguncia, donde Rabeinu Gershom, la Luz del Exilio, había enseñado dos generaciones antes y cuya fama se había extendido por todas partes.
Allí Rashi estudió bajo la tutela de Rabi Iaacov ben Iakar, uno de los principales discípulos de Rabeinu Gershom, quien se convirtió en su principal maestro y le instruyó durante seis años. En sus comentarios, Rashi se refiere a él como “mi anciano maestro”, citando sus interpretaciones en numerosas ocasiones. Tras la muerte de Rabi Iaacov ben Yakar en 4824 (1064), Rashi estudió bajo la tutela de Rabi Itzjak ben Iehuda, también uno de los mayores discípulos de Rabeinu Gershom. Tras un tiempo, se trasladó a la cercana Worms, donde aprendió de Rabi Itzjak HaLevi.
Tras casi diez años en Alemania, Rashi regresó a Troyes y se unió a la corte rabínica allí. Comenzó a emitir dictámenes halájicos para las comunidades judías de la región circundante y mantuvo una correspondencia continua con sus maestros y colegas en Ashkenaz (Alemania). Aparte de un breve regreso a estudiar en la ieshivá de Worms, Rashi permaneció en Troyes el resto de su vida, fundando allí una célebre ieshivá.
Su grandeza imponente fue reconocida de inmediato en todo el mundo judío; las preguntas se dirigían a su beit midrash en una amplia variedad de disciplinas, y los comentarios que componía se difundieron con notable rapidez por todo el país. Ambos yernos fueron de los principales eruditos de la Torá en Francia, y las figuras principales de la siguiente generación contaban entre sus descendientes y discípulos. Rashi partió de este mundo el jueves 29 de Tamuz de 4865 (1105) y fue enterrado, según la tradición, en su ciudad natal de Troyes.
Rabi Itzjak poseía una hermosa joya de extraordinario valor, y los habitantes no judíos del pueblo deseaban comprarla para su lugar de culto. Aunque ofrecieron una gran suma como pago, se negó a oír hablar de ello. Finalmente, con astucia, lograron llevar a Rabi Itzjak a un barco en medio del mar y comenzaron a obligarle a entregar la gema. Al ver que se vería obligado a entregarlo, lo arrojó al mar y Di-s lo liberó de sus manos. Una voz celestial se escuchó en su beit midrash (sala de estudio), ante todos sus alumnos, proclamando: “He aquí, se os ha dado un hijo que iluminará a todo Israel.”
En menos de un año le nació un hijo, y le puso el nombre de Shlomo, en honor a su propio padre. El niño creció en sabiduría, y nadie como él surgió en el reino de Francia. Cada interpretación novedosa y comentario con los que se topaba o de los que tenía noticia – ya fuera de otros o propio entendimiento – lo plasmaba por escrito en un kuntres (cuadernillo). Por esta razón, los tosafot – las generaciones de eruditos talmúdicos posteriores a Rashi – se referían a él como “el Kuntres”. Continuó así hasta los treinta y tres años, momento en el que se comprometió a emprender siete años de exilio voluntario, para expiar la angustia que su padre había sufrido por la gema que había rechazado. Porque, aunque su padre había santificado el Nombre Divino mediante ese acto, había soportado un gran dolor por la pérdida, y así la mitzvá no se cumplió en su plenitud.
Había otra razón por la que deseaba exiliarse: para entonces ya había completado su comentario sobre la Torá y la mayoría de los tratados del Talmud, pero se mostraba reacio a publicar sus kuntresim. Se preguntó – ¿quizá alguien más le había precedido con mayor claridad y belleza? Así, durante sus años de exilio, investigaba e investigaba en las ieshivot sobre los comentarios ya existentes.
Por ello, vagó por Italia, Grecia y la Tierra de Israel, pasó por Egipto donde tuvo ocasión de conocer al Rambam, viajó por Persia y regresó vía Alemania a su hogar, la ciudad de Troyes en Francia. A su regreso completó su comentario sobre la Torá, completó su comentario sobre veintitrés tratados completos del Talmud y muchos otros en forma parcial, y solo entonces comenzó a difundir sus obras.
(Seder Olam 4565).

A simple vista, las dos razones del exilio autoimpuesto de Rashi parecen no estar relacionadas: la primera fue motivada por su deseo de eliminar cualquier sombra del acto de su padre – por cuyo mérito nació – mientras que la segunda fue motivada por su extraordinaria humildad. Sin embargo, tras una reflexión más profunda, ambos comparten una raíz común: el deseo de Rashi de completar y publicar su comentario de la manera más pura e intachable posible.
La expiación por la angustia de su padre no era solo una expresión de gratitud, ni simplemente un deseo de que todos los días de su padre fueran considerados buenos. Rashi sentía y sabía que todos sus comentarios e interpretaciones novedosas extraían su vitalidad precisamente de aquel acto de entrega abnegada. Y aunque el gran dolor transformó el acto en algo mucho mayor – un gran triunfo para honor del Cielo, una fuente de inmenso deleite divino- Rashi, no obstante, deseaba que ni siquiera un dolor de tal magnitud, arrojara la más tenue sombra sobre la luz de sus grandes obras.
La segunda razón también – la preocupación de que “alguien más le precediera con mayor claridad y belleza”- habla de la pureza singular de Rashi. Como Moisés, que suplica al Todopoderoso que envíe a otra persona para liberar a los israelitas de Egipto – “Por favor, enviad, a quien Tú hayas de enviar”, שְׁלַח־נָא בְּיַד תִּשְׁלָח Shelaj na beiad tishlaj -, Rashi también se negó a creer que no hubiera nadie más digno y justo que él mismo para componer el comentario tan desesperadamente necesario sobre la Torá. El Midrash revela (basándose en los versículos) que Moisés debatió con el Todopoderoso en la zarza ardiente durante siete días antes de consentir la misión de liberar a los israelitas. Según una tradición, los siete años del exilio de Rashi antes de escribir su comentario corresponden a los siete días de Moisés.
En cualquier caso, el único propósito de Rashi era el honor de Di-s, y si otro era más apropiado, ¿por qué debería asumir la tarea él mismo? Solo después de años buscando un erudito o comentario que pudiera llenar el gran vacío que percibía en el estudio de la Torá comprendió que el Cielo le había elegido para la misión hacia la que había sentido una compulsión interior tan poderosa durante tanto tiempo.
A partir de esto, cada persona puede aprender algo sobre su propia vocación y misión en la vida. Por un lado, en cada persona arde un fuerte impulso de cumplir su misión en el mundo: una sensación de lo que se necesita en el mundo y de su capacidad para cumplirlo. Por otro lado, esto debe abordarse con sumisión, humildad y pureza, y con un deseo genuino de rectificación en lugar de desalojar a cualquier otra persona que pueda ser más digna. Si tal persona realmente existe, uno debe abrazar la cualidad de “caminar humildemente con tu Di-s” (Mijá 6:8) y no apresurarse hacia una misión que no es realmente tuya.
El deseo de Rashi de purgar la historia de su nacimiento de todo rastro de tristeza por la preciosa gema es, asimismo, una pureza requerida para cualquiera que emprenda una misión. Una misión, como una boda, es una especie de renacer. El enviado se encarga de renacer – y debe nacer libre de todo residuo del pasado. Así está escrito en la Cabalá: El Principio Madre (Ima), del cual nacen las almas, recibe del atributo de “y purifica” (וְנַקֵּה), venaké – el principio divino de misericordia que se relaciona con la purificación y el perdón (Éxodo 34:7).
Por tanto, existen dos formas de preparación para cualquier misión. La primera es la pureza sencilla desde el momento del nacimiento, o renacimiento – como Rashi expió el dolor de su padre. El segundo es un estado de pureza descrito en el Talmud como el tipo de pureza de mente que poseían (Mishná Guitin 9:9) los escrupulosos hombres de Jerusalén, nekiie hadaat shebiIersushalaim (נְקִיֵּי הַדַּעַת שֶׁבִּירוּשָׁלַיִם), quienes eran extraordinariamente sensibles al estado mental y disposición interior de las personas con las que se encontraban.
Aquí esa pureza es necesaria para asegurarse que la misión que uno ha hecho suya realmente pertenece a la categoría de ser el mensajero en “un lugar donde no hay nadie más [que pueda cumplir la misión]” (Mishná Avot 2:5). Tras estas dos formas de preparación – correspondientes a las etapas de sumisión y separación, las dos primeras en el proceso de transformación de tres etapas del Ba’al Shem Tov – llega el momento del endulzamiento, de emprender una misión cumpliendo el el mensaje final de la mishná: “¡Esfuérzate por ser un hombre [el mensajero de esa misión]!”

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