RAV SHÉSHET
HISTORIAS DEL TALMUD
Rav Shéshet era ciego (sagui nahor). Toda la gente iba a recibir al rey terrenal, y Rav Shéshet se levantó y fue junto a ellos. Se encontró con él un min [un hereje] y le dijo con ironía: “Los cántaros enteros van al río (a llenarse de agua), ¿pero adónde van los cántaros rotos?”. Es decir, ¿qué tiene que ir a ver un ciego al desfile del rey? Le respondió Rav Shéshet: “Ven y verás que sé mucho más que tú”.
Pasó el primer regimiento en el cortejo real y, al oírse un gran estruendo, el hereje dijo: “¡Ya viene el rey!”. Rav Shéshet le contestó: “No ha venido el rey”. Pasó el segundo regimiento y, cuando volvió a escucharse el tumulto, el hereje insistió: “¡Ya viene el rey!”. Rav Shéshet repitió: “No ha venido el rey”. Pasó el tercer regimiento y, en el momento exacto en que todos guardaron absoluto silencio, dijo Rav Shéshet: “Ahora viene el rey”.
Asombrado, el hereje le preguntó: “¿De dónde deduces tal cosa?”. Le respondió Rav Shéshet: “Porque el reinado de la tierra es semejante al reinado celestial, tal como está escrito: ‘Sal y ponte de pie en el monte delante de Hashem; y he aquí que Hashem pasa, y un viento grande y poderoso que rompe montes y quiebra peñascos delante de Hashem; pero no está Hashem en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero no está Hashem en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero no está Hashem en el fuego. Y tras el fuego, una voz de sutil silencio’ (Reyes I, 19:11-12)”.
Cuando llegó el rey, Rav Shéshet abrió su boca y recitó la bendición correspondiente sobre los monarcas. El hereje le dijo burlonamente: “¿Acaso bendices a alguien a quien ni siquiera puedes ver?”.
¿Qué ocurrió con aquel hereje al final? Hay quienes dicen que sus propios compañeros le arrancaron los ojos, y otros dicen que Rav Shéshet fijó su mirada espiritual en él y lo convirtió en un montón de huesos.
(Talmud Babilónico, Berajot 58a)
🖊️ Reflexión personal
Llama la atención que tanto el inicio como el desenlace de esta historia suelen ser los fragmentos menos recordados.
Rav Shéshet sostenía que la Presencia Divina (Shejiná) mora en todo lugar y, al ser ciego, necesitaba la ayuda de un asistente (shamash) para apoyarse. En cierta ocasión, cuando se disponía a rezar, le dijo a su asistente: “Hacia cualquier dirección puedes orientarme para rezar, excepto hacia el oriente. Y no porque allí no esté la Presencia Divina, sino porque los herejes dirigen sus rostros hacia ese lado (en sus oraciones)”.
Lo que más hirió a Rav Shéshet en nuestro relato fue la burla despiadada de aquel hereje. Según la primera versión, ni siquiera sus propios compañeros pudieron tolerarlo y ellos mismos le arrancaron los ojos por semejante descaro; tal vez porque sus ojos miraban la realidad con soberbia y desdén. En cambio, los ojos interiores de Rav Shéshet contemplaban el mundo con absoluta lucidez, aun sin ver físicamente como los demás.
Comprender que la Shejiná se encuentra en todas partes induce a la persona a reconocer la presencia viva de Dios en cada aspecto de la creación. Si Dios habita en cada detalle, es indispensable tratarlo con respeto y contemplar el valor intrínseco que encierra. Por esta razón pidió a su asistente que no lo orientara hacia el este: hacia cualquier rumbo era posible, menos hacia donde rezaban los herejes. El rumbo de los herejes representa la mirada cínica que desprecia la realidad y se niega a reconocer el valor sagrado de lo creado.

De su biografía
Rav Shéshet fue un célebre amoraíta de la segunda y tercera generación. Fue colega y compañero de Rav Najmán y Rav Jisda. Su lugar de residencia principal fue Shleji, a orillas del río Tigris, donde fundó su propia casa de estudio (Beit Midrash); en ocasiones, también se le encuentra en Nehardea o en Mejoza.
Se destacó de manera extraordinaria por su asombroso dominio y erudición (bekiut) en las Mishnayot y las Baraitot. Rav Najmán testificó sobre él que había estudiado y dominado las Halajot, el Sifrá, el Sifré, la Tosefta y todo el Talmud. Cuando Rav Jisda y Rav Shéshet se encontraban, los labios de Rav Jisda temblaban ante la inmensa erudición de Rav Shéshet en las fuentes de las Mishnayot y Baraitot, mientras que Rav Shéshet se estremecía por completo ante la agudeza dialéctica y el análisis profundo (pilpul) de Rav Jisda.
Cuando sus alumnos le planteaban una consulta sobre algún asunto halájico, siempre respondía directamente citando una Mishná o una Baraita. Acostumbraba responder a las preguntas diciendo: «Tanituha» [«Ya hemos aprendido esto en una fuente tanaítica»], y a varias de sus determinaciones halájicas solía añadir: «¿Maná aminá lah? Dataniá» [«¿De dónde digo esto? Pues hemos aprendido en una Baraita…»].
Detestaba la dialéctica forzada (pilpul excesivo). En cierta ocasión, cuando su discípulo Rav Amram le sugirió una interpretación rebuscada para una Mishná, Rav Shéshet le replicó: «¿Acaso eres de Pumbedita, donde hacen pasar un elefante por el ojo de una aguja?».
Alcanzó semejante nivel de erudición gracias a su constante dedicación y perseverancia en el estudio: cada treinta días repasaba de principio a fin todo su conocimiento talmúdico.
De acuerdo con la regla establecida por los Gueonim respecto a sus controversias con su colega Rav Najmán, la Halajá se fijó según Rav Shéshet en todos los asuntos de prohibido y permitido (Isur veHeter). En su extraordinaria piedad (jasidut), jamás caminaba cuatro codos sin llevar colocados los tefilín. Gran parte de los amoraítas de la tercera y cuarta generación recibieron Torá de su boca, contándose entre ellos el célebre amoraíta Rava.
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