HISTORIAS DE TZADIKIM Y MAESTROS ESPIRTUALES
CALENDARIO HEBREO: El mes de Elul
Rebe Dovid Tzvi Shlomo de Lelov:
El Rebe David Tzvi Shlomo Biederman de Lelov nació en el año 5604 (1844) siendo su padre, el santo Rebe Elazar Mendel de Lelov, de bendita memoria. En su infancia, en el año 5611 (1851), hizo aliá a Tierra Santa junto con su padre y su abuelo, el santo Rebe Moshe de Lelov, de bendita memoria. Impulsado por su aspiración de crecer en su servicio Divino, emprendió la aventura de recorrer Europa, visitando las sedes de los Rebes. Cuando llegó a Karlin, se acercó al santo Beit Aharon, de bendita memoria, que se convirtió en su principal maestro.
Al regresar a Jerusalén, estableció su lugar de oración en el Beit Midrash de los jasidim de Karlin. Sus oraciones se desarrollaban con un estrecho apego a Di-s y se oficiaban con una inmensa fuerza interior y total devoción. Se dedicó a asuntos públicos y recaudó grandes sumas con las que construyó el barrio Batei Varsha (Casas de Varsovia) en Jerusalén, pero él mismo se negó a beneficiarse de esos fondos, por lo que se abstuvo de vivir en el barrio e incluso prohibió a sus hijos residir allí. Partió de este mundo el 7 de Elul, 5678 (1918), y fue enterrado en el Monte de los Olivos. En su lápida están grabados su nombre y la fecha de su fallecimiento, de acuerdo con sus instrucciones explícitas.
Uno de los jasidim del Rebe Dovid Tzvi Shlomo relató lo siguiente:
El anciano Rebe Iehuda Leib Deutsch de Stropkov, de bendita memoria, que en sus primeros años había viajado para visitar al gran Rebe, el Divrei Jaim de Sanz, desde su llegada a Jerusalén, se unió a nuestro maestro, el santo Rebe Dovid Tzvi Shlomo, de bendita memoria, y se vinculó a él con toda su alma. La noche del sábado tras el fallecimiento del Rebe Iehuda Leib, nos sentamos en la comida de la Melave Malka y, en medio de la reunión, el Rebe Dovid Tzvi Shlomo relató:
Dos jasidim de la dinastía de Lublin se pusieron en camino para visitar al Rebe de Lublin, de bendita memoria, para Rosh Hashaná y Iom Kipur. Por el camino se encontraron con que no les quedaba una sola moneda. Acordaron entre ellos que uno se haría pasar por un rebe y el otro por su asistente y así conseguirían algunos fondos para mantenerse y continuar su viaje.
Oyeron que en las cercanías de donde viajaban, vivía un hombre acaudalado que llevaba muchos años sin tener hijos y que ya había acudido a los grandes tzadikim en busca de una bendición para tener descendencia. El jasid, haciéndose pasar por el asistente, se acercó a él y le dijo que había llegado un gran Rebe que deseaba alojarse con él. El hombre adinerado se irritó y dijo: “He llegado a conocer a todos estos Rebes. Solo te dejan sin un céntimo y no logran nada. ¡No quiero tener nada más que ver con ellos ni con sus séquitos!” Pero el asistente respondió: “A un Rebe como este nunca lo has encontrado. Escribe amuletos y ¡y funcionan sin lugar a dudas!”
Dado que se trataba realmente de una novedad, las palabras del ‘asistente’ causaron impresión, y el hombre adinerado llevó a los invitados a su casa, les dio de comer y de beber, les proporcionó provisiones para el camino y les puso algunas monedas en sus bolsillos. El ‘Rebe’ se sentó y escribió un amuleto, que le entregó al hombre rico envuelto y sellado, y se dirigieron a continuar su viaje hacia Lublin.
Al año siguiente, cuando volvieron a ponerse en camino hacia el Rebe de Lublin para Rosh Hashaná y Iom Kipur, tuvieron cuidado de tomar una ruta diferente para asegurarse de no pasar por ese mismo pueblo, no fuera a que el hombre rico los reconociera y descargara su furia sobre ellos.
Para su disgusto, cuando entraron en presencia del Rebe de Lublin, vieron al mismo hombre adinerado en la sede del Rebe, así que ocultaron sus rostros por miedo. Pero pronto se quedaron asombrados al verlo acercarse al Rebe, con la intención de honrarle como sandak en la circuncisión de su hijo recién nacido. Se les levantó el ánimo y ellos también se acercaron como si fueran familia celebrando la alegría de la ocasión.
El santo Rebe de Lublin se volvió hacia ellos y les dijo: “¿Sabéis qué le pasó a este hombre? Una barrera de hierro se alzaba entre él y el Cielo, y todas las oraciones que los tzadikim habían elevado en su nombre para tuviera hijos se topaban con esa barrera y no podían atravesarla. Fuiste a él y, sin saber lo que hacías, le escribiste un amuleto con cuatro letras: M.K.M.D., las iniciales de la frase ucraniana “makorava kolda milka daia” que significa “hasta una vaca vieja da leche”. Esto provocó grandes risas en el Cielo, hasta que apareció una grieta en esa pared, y a través de ella, pudieron pasar todas las oraciones de los tzadikim acumuladas a lo largo de los años. Y así fue bendecido rápidamente con un hijo.”
Y entonces – el Rebe Dovid de Lelov continuó – cuando el alma del Rebe Iehuda Leib ascendió Arriba, preguntaron de quién era jasid. Él respondió que era mi jasid, y hubo grandes risas: “¿Ahora, Dovid también se ha convertido en rebe?!” Y así, en medio de la risa, se abrió paso…
Cuando el Rebe Dovid Tzvi Shlomo terminó sus palabras y vio la impresión que habían causado en los presentes, pidió agua para maim ajaronim y dirigió la Bendición después de las comidas. Más tarde se descubrió con asombro que apenas unos momentos antes de su fallecimiento, el Rebe Iehuda Leib había pedido a sus hijos que, tras su muerte, lo mencionaran ante el Rebe.
Reírse de los demás
Una famosa enseñanza del Ba’al Shem Tov pregunta: ¿por qué es así el mundo, que cuando alguien tropieza y cae, los que le rodean estallen en carcajadas?
A primera vista, esto parece un mero acto reflejo, y no precisamente uno refinado. ¿Por qué habría alguien de reírse de una persona desfavorecida que ha caído? Pero el Ba’al Shem Tov enseña lo contrario: la risa espontánea surge porque la persona cayó debido a juicios severos que se levantan contra ella en el ámbito espiritual, y es precisamente la risa y la alegría los que los endulzan. La persona que se ríe es posible que no sea consciente de ello, y puede preguntarse: “¿Por qué me reí?” Pero esto está arraigado en la naturaleza humana para permitir que la persona caída se levante de nuevo: “Un tzadik cae siete veces y se levanta” (Proverbios 24:16).
Por esta razón, el alma arquetípica de la sefirá de poder (guevurá) es Itzjak, cuyo nombre hebreo, significa “él se reirá”. El poder de la risa para endulzar un juicio severo llega hasta la raíz misma del juicio, y en esa raíz todo es bueno; además, la disonancia entre la bondad inherente en cada evento – tal y como es en su raíz – y la forma en que el evento se manifiesta en nuestra realidad es, en sí misma, una fuente de risa y alegría. Cuando nació Itzjak, Sará dijo: “Di-s me ha dado motivos para reír; todos los que lo oigan reirán conmigo” (Génesis 21:6).
A la luz de la enseñanza del Ba’al Shem Tov, se puede interpretar que “los que ríen conmigo” incluyen incluso (o particularmente) a quienes se ríen de mí, porque son ellos quienes más endulzan los juicios severos. Todos los duros juicios de la vida de Sará – su esterilidad, sus penurias y su vida nómada con Abraham – se endulzaron con el nacimiento de Itzjak y las risas que siguieron.
Cuando cae el Tzadik
Hay un detalle único en esta historia en particular. Si bien, en el curso ordinario de las cosas, son quienes rodean al caído quienes se ríen y, con ello, endulzan el juicio que se le impone, aquí es el tzadik quien se ríe de sí mismo: se compara de forma divertida con una pareja de desdichados jasidim errantes, y declara que, en realidad, es un “tzadik simulado”” y que todo el bien que logra proviene del hecho de que sus pretensiones de ser un rebe y un líder son completamente ridículas.
Como corresponde a un verdadero tzadik, el Rebe de Lelov siempre se siente a sí mismo un bar nafla – aquel que ha caído – en el espíritu de David, cuyo nombre lleva. Siente que él mismo no es nada, y que todo lo que hay dentro de él proviene enteramente del Todopoderoso y de sus santos antepasados, así como los dos jasidim en la historia simplemente abrieron la puerta para que entraran las oraciones de todos los tzadikim. De este modo, el tzadik “se hace caer” y se deleita riéndose de sí mismo; y, a través de esa risa, ayuda a su jasid difunto.
(Basado en una clase impartida el 2 de Adar 1, 5774)
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