Homeopatía Jasídica

La curación de los mordidos mediante la contemplación de la Serpiente de Cobre

“Es propio de los caminos de la Torá que todas sus vías sean un milagro dentro de un milagro: eliminar el daño a través del agente dañino y curar la enfermedad a través del agente causante”. Mientras que el ser humano (de carne y hueso) cura lo amargo mediante lo dulce, el Santo, Bendito Sea, cura lo amargo con lo amargo; introduce el elemento destructor dentro del elemento agredido para obrar un milagro. La medicina humana es alopatía (medicina convencional que actúa mediante sustancias que se oponen a la enfermedad), mientras que la medicina de Dios es homeopatía: la curación de lo semejante con lo semejante, sanando la enfermedad al hallar la raíz de la cura dentro de ella misma.

En términos generales, la alopatía es la medicina del presente, mientras que la homeopatía es la medicina del futuro, para cuando seamos capaces de asemejarnos al “Médico de toda carne que obra maravillas” y curar como Él, lo semejante con lo semejante. Del mismo modo, en la sanación de las dolencias del alma, el servicio espiritual del presente —accesible a cualquier nivel, que es el servicio de los Beinonim (los hombres intermedios)— es el trabajo de Itcafia (la subyugación y el combate directo contra el mal). Por el contrario, el trabajo de Itafja (la transformación absoluta del mal en bien desde su propia esencia) es el patrimonio de los Tzadikim (los justos), quienes viven ya bajo la conciencia del futuro (era en la cual se aclarará que “y tu pueblo, todos ellos son Tzadikim”).

La relación entre la homeopatía divina y la alopatía humana yace en el secreto del versículo: “Las cosas ocultas pertenecen al Eterno nuestro Dios [la homeopatía], y las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos [la alopatía]”. Por lo tanto, específicamente en lo que respecta a la enfermedad psicológica y espiritual más profunda y fundamental —el orgullo y la arrogancia (Gaavá), que se infiltra hasta las dimensiones más ocultas del alma, siendo la única dolencia que daña las letras Iud-Hei del Nombre Divino (cuya suma gemátrica equivale a la palabra Gaavá)—, uno no puede conformarse con la medicina convencional y revelada, sino que debe recurrir también a la medicina oculta. De hecho, es precisamente respecto a la cura del orgullo donde surgen las dos metodologías en las enseñanzas de nuestros sabios (Jazal):

Por un lado, hay quienes dictaminan que uno debe distanciarse del orgullo hasta el extremo absoluto (“ni de él, ni una parte de él”), mediante una lucha tenaz e inflexible, pues “abominación del Eterno es todo altivo de corazón”. En contraste, hay quienes dictaminan que a un erudito de la Torá (Talmid Jajam) le está permitido, e incluso le es necesario, poseer “una octava parte de una octava parte” (un sesentaicuatroavo) de orgullo. Esta dosis minúscula y sumamente diluida de orgullo —la fractura inicial que queda anulada en una proporción de uno a sesenta (batel be-shishim)— funciona en realidad como un remedio homeopático cuyo propósito final es sanar la totalidad de la patología del orgullo.

En su sentido más simple, la función de esta “octava de la octava parte” es evitar que el sabio sea pisoteado por los ignorantes, garantizando que sus palabras —incluyendo las reprimendas necesarias— sean respetadas y aceptadas por la comunidad. Es decir, el orgullo del sabio es su herramienta para confrontar, bajo el principio de “atacar al agresor con su propia arma”, la soberbia de las masas que amenaza con volverlas impermeables a la guía espiritual. Al mismo tiempo, el predominio de la humildad interna del sabio sobre esa única partícula de orgullo externo debilita la fuerza global del orgullo en el mundo.

En un nivel más profundo, el sabio es realista y consciente de que, a pesar de todo su esfuerzo por erradicar el orgullo (mediante el método alopático de lucha humana), siempre restará esa “octava de la octava parte” con la cual es incapaz de lidiar por sí mismo. Incluso tras ser anulada por la mayoría de sus virtudes, permanece oculta en su interior como el residuo del mal en el alma, pues “no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque [en el pecado del orgullo]”.

El reconocimiento de que la erradicación total del orgullo es una meta “imposible” para sus propias fuerzas humanas genera en él una profunda humildad (Shiflut). Esto “abre espacio” para que se revele la curación milagrosa de Dios —el Creador de lo imposible—, quien es el único con el poder de abolir el orgullo por completo. De este modo, esa misma “octava de la octava parte” termina sirviendo como el remedio homeopático que atrae la cura divina a la arrogancia innata de la humanidad; una medicina milagrosa que en el futuro erradicará la muerte misma del mundo.

DEL ESTUDIO DE JUDAÍSMO:

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