TODO DESCENSO ES EN ARAS DE UN ASCENSO, INCLUSO DEL PECADO

Los Nueve Principios de la Fe Parte 4

PARTE 1: https://galeinai.org/2026/06/18/los-nueve-principios-de-la-fe-parte-1/

PARTE 2: https://galeinai.org/2026/06/25/los-nueve-principios-de-la-fe-parte-2/

PARTE 3 https://galeinai.org/2026/06/25/los-nueve-principios-de-la-fe-parte-3/

Continuamos nuestra revisión de los 9 Principios de Fe de la dimensión interior de la Torá con el cuarto principio: que todo descenso es en aras de un ascenso posterior, es decir, que todos los obstáculos, o fracasos, están destinados a conducir a un estado superior definitivo, incluso aquellos fracasos que la Torá considera pecados.

El contenido de esta serie apareció por primera vez en hebreo, en el libro de HaRav Ginsburgh, Emuna VeMuda’ut (Fe y Conciencia). Se está traduciendo aquí por primera vez.

Ahora llegamos al cuarto principio de fe de la dimensión interior de la Torá. Di-s creó nuestro mundo para presentar a nuestras almas la oportunidad de ascender a un nivel superior, a un estado elevado. Para acceder a esta oportunidad, nuestra alma debe estar dispuesta a descender del cielo a nuestro cuerpo físico. Aunque inicialmente se trata de un descenso desde el alto estado espiritual del alma, al atravesar las dificultades inherentes a la vida, el alma merece ascender a un estado superior. Esta es la raíz del principio de que todo descenso es en aras de un ascenso.

Cada descenso desde una condición anterior más elevada viene determinado por la sefirá de poder (guevurá), también conocida como el atributo del juicio, midat haDin (מִדַּת הַדִּין) y de contracción (o, en algunas ocasiones, de la concentración). Cada descenso tiene como objetivo un ascenso posterior a un lugar incomparablemente más alto que el punto de partida inicial. Requiere de una gran perspicacia, pero para quien es capaz de “ver”,[1]  el propósito – la cima del ascenso – ya está presente en el propio descenso.[2]

Este principio se aplica no solo al descenso del alma a nuestra realidad mundana, o a cualquier otro descenso que esté de acuerdo con la voluntad de Di-s, sino incluso a un descenso causado por pecado o transgresión cometida por una persona por su libre albedrío y contrario a la voluntad de Di-s. Aunque el pecado va en contra de la suprema voluntad de Di-s, oculto en el acto no deseado se esconde una intención oculta que se origina en la esencia más elevada de Di-s, un ámbito que está por encima de la voluntad revelada de Di-s, tal y como se explica en Jasidut respecto al versículo: «Di-s es… admirado por sus actos hacia la humanidad”[3], leju ureu mifalot Elokim norá alilá al benei Adam (לְכוּ וּרְאוּ מִפְעֲלוֹת אֱ־לֹהִים נוֹרָא עֲלִילָה עַל בְּנֵי אָדָם), que se explica en el midrash de la siguiente [4]manera:

Rabi Iehoshua ben Korjah dijo: Incluso las cosas terribles que nos traes, las haces llegar mediante una trama (עֲלִילָה, alilá).

Ven y verás: cuando el Santo Bendito sea creó el mundo, desde el primer día creó al Ángel de la Muerte…. Adam fue creado el sexto día. Sin embargo, el plan fue imputado a él y se le culpó de haber traído la muerte al mundo, como está dicho: “porque el día que la comas [el fruto del Árbol del Conocimiento] seguro morirás.”[5]

¿Con qué se puede comparar esto? A un hombre que desea divorciarse de su esposa. Antes de irse a casa, redactó el acta de divorcio y luego entró en su casa con el dinero ya en mano, buscando un pretexto para dárselo. Le dijo: “Sírveme una copa para beber.” Se lo servía. En cuanto le quitó la copa de la mano, dijo: “Aquí tienes tu acta de divorcio.” Ella le dijo: “¿Cuál es mi ofensa?” Él respondió: “Fuera de mi casa, porque me has servido una copa tibia.” Ella le dijo: “¡Ya sabías que te iba a servir una copa tibia, porque escribiste el ‘guet [Acta de divorcio] y la trajiste en la mano!’

Así también, Adam dijo ante el Santo Bendito sea: “Señor del Universo, no creaste tu mundo hasta que pasaron dos mil años, durante los cuales la Torá estuvo contigo…. Y en la Torá ya estaba escrito: ‘Esta es la Torá: cuando muere un hombre en una tienda.’[6] Si no hubieras ordenado ya la muerte para tus criaturas, ¿habrías escrito algo así en ella? Más bien, has venido a culparme de la trama.”[7]

Analicemos esto por un momento desde la perspectiva de Di-s. Di-s conoce de antemano todas las acciones humanas, incluidas aquellas definidas por la Torá como pecado. No obstante, Él sostiene y hace posibles incluso estas acciones, a pesar de que sean contrarias a Su voluntad revelada tal y como se establece en la Torá. El pecador podría argumentar que, por esto, no es culpable del pecado, porque si Di-s hubiera querido lo contrario, podría haber evitado que el pecado ocurriera. Sin embargo, Di-s eligió que el libre albedrío sería un elemento fundamental de la existencia humana y, basándose en la libertad de voluntad del hombre, Di-s juzgaría al hombre y sus acciones.

Dado todo lo anterior, cada individuo es responsable de sus actos y debe responder por ellos. Sin embargo, cuando un pecador regresa a Di-s en completa teshuvá y se adhiere a la voluntad y deseo primordiales de Di-s para la Creación – que trascienden la Creación y los caminos del mundo creado -, revela cómo el pecado es, en realidad, una conexión con Di-s mismo – con el Ser esencial y trascendente de Di-s, que está más allá del entendimiento y la definición.

El mal como un trono para el bien

Por tanto, el propósito último de todo mal en el mundo es servir como medio para el refinamiento y la redención. El mal está destinado a convertirse en “una base para el bien”, como expresa la famosa enseñanza de nuestro maestro Baal Shem Tov: “el mal es como un trono sobre el que se sienta el bien.”[8] En otras palabras, una vez que el mal cumple su verdadero propósito, será fundamental para elevar el bien en nuestro mundo a un nivel incomparablemente superior al que estaba cuando se opuso directamente al mal. Una vez refinado el mal, el bien no tiene por qué limitarse a definiciones que demuestren que no es malo, y puede elevarse por encima de todas las definiciones para volverse infinito y cada vez más parecido a su origen – Di-s – que es infinito.

De manera similar, el Maguid de Mezritch explicó que el origen lingüístico de la palabra hebrea para mal, (רַע) está relacionado con el significado de la palabra “inferior”, milerrá (מִלְּרַע). Así, el mal entró en nuestro mundo con lo que cayó, se rompió y murió con la Ruptura de los Recipientes del Mundo del Caos, la idea cabalística que establece un paralelismo (e incluye) con el pecado de Adam y Javá al comer del Árbol del Conocimiento. El mal está destinado a actuar como andamiaje para el bien. Lo sostiene desde abajo.

El mal tiene dos dimensiones. Está la parte “real” del mal. Esta parte incluye la chispa Divina que está atrapada en ella y sostiene su existencia junto con el fragmento de los recipientes rotos; constituyen su propia existencia.[9] Esta parte está destinada a ser refinada y redimida, y cumplirá el propósito del mal como trono para el bien. Pero también hay una parte imaginaria del mal, sobre la cual el profeta dice: «Eliminaré el espíritu de la impureza de la Tierra». Esto ocurrirá una vez que se perfeccione la parte real del mal.

“Nadie se perderá”

El ascenso que sigue al descenso es un acto de teshuvá: un regreso a Di-s. La Teshuvá rige tanto el ascenso del individuo como el de la comunidad. Maimónides escribe que, respecto al pueblo judío: “Israel finalmente volverá a Di-s al final de su exilio, y serán redimidos de inmediato.”[10]

Quien ha regresado a Di-s al ascender tras su caída alcanza un nivel superior de cercanía a Di-s incluso al de los justos que nunca han pecado. El Talmud nos dice que, “donde están los grandes de la teshuvá [del retorno a Di-s], los completamente justos no pueden permanecer.”[11] Por ello, una de las tareas más importantes del Mashíaj es “llevar a los justos a hacer la teshuvá“,[12] para que incluso los justos merezcan estar al nivel que los penitentes – los grandes de la teshuvá – pueden estar. La distancia que se abre entre ellos y Di-s, entre su ser y todo lo que es divino y bueno, genera un anhelo sin igual por ascender, y esa energía los catapulta por encima del estado en el que se encontraban antes de pecar. La cuestión es que quienes han hecho la teshuvá por sus pecados, por haberse enfrentado al mal, alcanzan su mayor proximidad a la Divinidad porque han completado el ciclo completo de “descenso en aras del ascenso, incluso con el pecado”, y lo han hecho por amor a Di-s, amor a lo que es el bien.

La Teshuvá que nace del amor a Di-s – y dentro de cada judío hay un amor oculto destinado a ser revelado como teshuvá por amor – tiene el poder “de transformar incluso los pecados intencionados en méritos.”[13] El pecado y la distancia de Di-s se convierten, retroactivamente, en propulsores hacia una cercanía mayor y más poderosa. Este es el significado profundo del versículo dicho sobre cada alma individual de Israel: “nadie se perderá.”[14]

Recompensa y castigo

Este cuarto principio de fe de la dimensión interior de la Torá – «Todo descenso es en aras de un ascenso», incluso en lo que respecta al pecado – corresponde al undécimo principio de fe de Maimónides respecto a la recompensa que corresponde a quienes observan los mandamientos de Di-s y al castigo que se administra a quienes transgreden Su voluntad. La dimensión interior de la Torá añade que el castigo no es más que un acto oculto de bondad. Su función es refinar el propio mal para que pueda convertirse en un trono para el bien.

Según Maimónides, “el mal no desciende de Arriba”, lo que significa que no se origina en Di-s.[15] El mal es completamente creado por el hombre. Pero según la sabiduría de la tradición interior de la Torá, nada en el mundo es realmente creado por los propios seres inferiores: todo es creado desde Arriba. El significado de la frase “el mal no desciende de arriba” es que, dado que todo en el mundo, incluido todo el mal que hay en él, viene de Arriba – no es un mal verdadero[16] cuyo propósito es castigar y causar sufrimiento, sino que trata de ascender en sí mismo y de elevar el bien para que sea abarcado por lo infinito.

La Cámara del Mérito

Ya hemos explicado la conexión entre el descenso y el eje izquierdo de las sefirot y, en particular, la sefirá de rigor-poder (guevurá), a la que hacemos corresponder con este cuarto principio de fe de la dimensión interior de la Torá. Añadimos otro punto al respecto.

El Zohar y los escritos de los Arizal hablan de otra nomenclatura paralela para las siete sefirot emotivas – una nomenclatura que está arraigada en el idioma de las cámaras celestiales. Entre ellas, la “Cámara del Mérito”, Heijal HaZjut (הֵיכַל הַזְּכוּת), donde la Corte Celestial se reúne para juzgar y decidir sobre recompensas y castigos, se encuentra la cámara asociada con el poder, el atributo del juicio. Es revelador que no se denomine la <<Cámara de Justicia>>, sino Cámara del Mérito. De esto aprendemos que el verdadero propósito de la recompensa y el castigo es redimir a la persona, purificar incluso el mal que hay en su interior para que pueda convertirse en un trono para el bien, y transformar cada descenso en un impulso para ascender.

Este principio de fe está asociado también con el eje izquierdo de la sefirot porque es sensible a los límites inherentes – los límites están relacionados con la contracción – de los seres creados, así como es el poder de contracción el que limita la revelación Divina para que pueda ser entendida por las criaturas inferiores, y por otro lado genera el atributo de juicio que evalúa cada acto de las criaturas. Porque corresponde con la sefirá de poder, este principio situado justo debajo del principio de fe en “Nuestro servicio Divino es una necesidad del Altísimo”, que corresponde con la sefirá de entendimiento.

La relación entre entendimiento y poder se refleja en el versículo: “Yo soy el que entiende, para mí el poder.”[17] Aplicado a estos dos principios de fe de la tradición oculta de la Torá, este versículo significa que cuando una persona, al servir a su Creador y hacer el bien abajo, en el reino mundano, Arriba también está haciendo el bien, por así decirlo, para Di-s. Esto se rige por el principio de que, “un despertar abajo genera un despertar Arriba.

Pero incluso cuando una persona peca abajo, la intención suprema (oculta en la esencia más elevada de Di-s, allá arriba) desciende para transformar el descenso provocado por el pecado en un ascenso que proporcionará a Di-s placer y satisfacción infinitos (especialmente con el arrepentimiento definitivo de todo el pueblo judío, como se ha mencionado antes). Así, “soy el que entiende” se refiere al bien que necesita el Altísimo y “el poder es mío” se refiere al poder necesario para transformar un descenso en un ascenso, poder que posee Di-s Arriba.


[1] En el Zohar (véase también Tania cap. 37), quien puede ver se describe como el sabio que tiene “ojos en su cabeza” que se refiere específicamente a la sabiduría supraterrenal, los ojos celestiales de la corona, la superconciencia, conocida como “la sabiduría oculta”, una manifestación del poder (guevurá) de Atik Iomin, la parte superior de la corona.

[2] Véase Likutei Moharan 1:22 cap. 11. Véase también Torat Menajem 5712, vol. 2, pág. 192.

[3] Salmos 66:5.

[4] Tanjuma Vaieishev 4.

[5] Génesis 2:17.

[6] Números 19:14.

[7] Véase también Torat Jaim del Mitler Rebe, Toldot, s.v. VeYiten Leja, cap. 10 en adelante; Sefer HaMamarim del Rebe Raiatz, Kuntresim vol. 1, 191b y siguientes; Sefer HaMamarim Melukat, Kuntres Iud Shevat 5751, que el pretexto se aplica incluso al pecado en sí.

[8] Las palabras precisas del Ba’al Shem Tov son en hebreo y dicen: “El mal es un trono para el bien”, haRá Kisé leTov (הָרַע כִּסֵּא לְטוֹב). Las iniciales de esta frase forman la palabra “todo”, hacol (הַכֹּל), aludiendo al misterioso significado de la conclusión (y el origen) de Eclesiastés. El libro comienza con el versículo: “Vanidad de vanidades, dice Eclesiastés, vanidad de vanidades, todo es vanidad”, hacol Hevel (הַכֹּל הָבֶל). La conclusión dice: “En definitiva, habiendo sido escuchado todo, es: temed a Di-s y observad Sus mandamientos, porque esto es todo lo que es el hombre”, hacol nishmá (הַכֹּל נִשְׁמָע). Véase Sod Hashem Lierei’av, HaRa Kise LaTov (Sha’ar 21).

[9] Como se sabe por los escritos del Arizal sobre luces, chispas y recipientes.

[10] Hiljot Teshuvá 7:5.

[11] Berajot 34b.

[12] Zohar 3:153b

[13] Iomá 86b.

[14] 2 Samuel 14:14.

[15] Bereshit Rabá 51:3.

[16] Aquello que es verdaderamente malvado – no una chispa de Divinidad ni un fragmento de un recipiente sagrado, sino la dimensión del mal descrita anteriormente como “imaginaria” – es ilusorio y desaparecerá por completo en el momento de la Redención.

[17] Proverbios 8:14. Ani Biná li Guevurá.  אֲנִי בִינָה לִ֣י גְבוּרָה


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