DARKEJA ELOKEINU – PLEGARIA DE IOM KIPUR

El nigún “Darkeja Elokeinu” pertenece al repertorio tradicional de Nigunei Jabad y está construido sobre las palabras del piyut: “Darkeja Elokeinu lehaarij apeja, laraim velatovim, vehí tehilateja”, “Tu camino, Dios nuestro, es prolongar Tu paciencia con los malos y con los buenos, y ésta es Tu alabanza”. En Jabad, como ocurre con muchos nigunim, la melodía no es simplemente un acompañamiento musical del texto. El nigún intenta llevar al corazón aquello que las palabras expresan intelectualmente.

La melodía tiene el carácter de una tefilá interior. No comienza como una canción de alegría expansiva, sino con un movimiento contenido, serio y meditativo. La sensación es la de una persona que se encuentra frente a Hashem consciente de su pequeñez y, al mismo tiempo, de la inmensidad de la misericordia divina. Por eso las palabras “lehaarij apeja”, la paciencia de Hashem, adquieren en el nigún una profundidad especial: no estamos describiendo simplemente un atributo divino; estamos pidiendo experimentar personalmente que Hashem todavía nos da tiempo para regresar.

Una característica fundamental de los nigunim de Jabad es que la repetición no busca simplemente embellecer la melodía. La repetición es parte de la hitbonenut. Se vuelve una y otra vez sobre las mismas palabras porque la primera vez las dice la boca, después comienzan a penetrar en la mente y finalmente pueden alcanzar el corazón. En ese sentido, cantar “Darkeja Elokeinu” lentamente puede convertirse en una forma de meditación jasídica: primero comprendo que Hashem es paciente conmigo; después siento cuánto necesito esa paciencia; finalmente aparece el deseo de hacer teshuvá.

También hay un contraste muy jasídico dentro del nigún. Por un lado está el sentimiento de shiflut, la conciencia de nuestra pequeñez: no tenemos de qué vanagloriarnos delante de Hashem. Pero esa humildad no conduce a tristeza ni desesperación. Al contrario, conduce a bitajón y cercanía. Si “el camino de Hashem” es prolongar Su paciencia, entonces incluso desde el lugar más bajo puedo volver. La melodía parece moverse precisamente entre esos dos polos: el corazón quebrantado y la confianza absoluta en la misericordia divina.

Ésta es una diferencia importante entre atzvut, tristeza paralizante, y merirut, amargura santa, tan desarrollada en el Tania. La tristeza dice: “Estoy lejos y no puedo cambiar”. La merirut dice: “Estoy lejos, y precisamente por eso deseo regresar”. Un nigún como Darkeja Elokeinu puede transformar la conciencia de nuestras faltas en movimiento. El corazón se quiebra, pero ese quiebre abre la puerta.

Por eso este nigún tiene una fuerza particular alrededor de Iom Kipur y los Iamim Noraim. Expresa algo esencial de la teshuvá según el Jasidut: no regresamos a Hashem solamente por temor al castigo. Regresamos porque descubrimos que, aun cuando nos alejamos, Él nos estaba esperando. Lehaarij apeja significa que Hashem dejó abierta la puerta.

Cuando un jasid canta este nigún con kavaná, puede meditar así: “Hashem, Tu camino es tener paciencia conmigo. Si me concediste otro día, otra oportunidad y otro aliento, entonces todavía esperas algo de mí. No utilizaré Tu paciencia como permiso para permanecer igual; la recibiré como una invitación a regresar.”

Entonces el nigún deja de ser simplemente una hermosa melodía de Jabad. Se convierte en un diálogo entre el alma y Hashem: la melodía comienza en la pequeñez del hombre, atraviesa la misericordia divina y termina despertando el deseo de teshuvá y de una nueva cercanía con Hashem.

“Darkeja Elokeinu” — דַּרְכֶּךָ אֱלֹקֵינוּ, el piyut que se dice en la Kedushá de Musaf de Iom Kipur, es un texto muy especial porque resume una de las ideas centrales de Iom Kipur: Hashem no desea la destrucción del pecador, sino su teshuvá y su vida.

El texto central dice:

דַּרְכְּךָ אֱלֹקֵינוּ לְהַאֲרִיךְ אַפֶּךָ, לָרָעִים וְלַטּוֹבִים, וְהִיא תְהִלָּתֶךָ. לְמַעַנְךָ אֱלֹקֵינוּ עֲשֵׂה, וְלֹא לָנוּ. רְאֵה עֲמִידָתֵנוּ דַּלִּים וְרֵקִים.

Darkejá Elokeinu, lehaarij apejá, laraím velatovím, vehí tehilatejá. Lemaanejá Elokeinu asé, veló lanu. Reé amidateinu dalim vereikim.

“Tu camino, Dios nuestro, es prolongar Tu paciencia tanto con los malos como con los buenos, y ésta es Tu alabanza. Por Ti mismo, Dios nuestro, actúa, y no por nosotros. Mira cómo estamos ante Ti, pobres y vacíos.”

Darkejá — דרכך, “Tu camino”, significa aquí la manera en que Hashem conduce Su mundo. ¿Cuál es ese camino? Lehaarij apejá — להאריך אפך, prolongar Su paciencia, no apresurarse a ejecutar el juicio. Esta expresión está íntimamente relacionada con Erej Apaim — ארך אפים, “lento para la ira”, uno de los Trece Atributos de Misericordia. Hashem da tiempo al ser humano. Incluso cuando una persona se ha alejado, la puerta de la teshuvá permanece abierta. La paciencia divina no significa indiferencia frente al pecado; significa que Hashem concede al hombre tiempo y posibilidad para regresar.

El texto agrega laraím velatovím — לרעים ולטובים, “con los malos y con los buenos”. Éste es un punto extraordinario. Hashem continúa sosteniendo la existencia incluso de aquel que todavía no ha corregido su conducta. El sol sale, la persona respira y recibe vida a cada instante. Esa prolongación de la vida contiene una invitación silenciosa: todavía puedes volver. Mientras hay vida, existe la posibilidad de teshuvá.

Por eso continúa vehí tehilatejá — והיא תהלתך, “y ésta es Tu alabanza”. Podríamos pensar que el poder de un rey se demuestra castigando inmediatamente al rebelde. Aquí aprendemos lo contrario: una manifestación mucho más elevada del poder divino consiste en contener el juicio y darle al ser humano la oportunidad de transformarse. Hashem no desea simplemente castigar al hombre por aquello que hizo; desea que el hombre deje de ser quien era y se convierta en alguien nuevo.

Luego decimos algo todavía más profundo: Lemaanejá Elokeinu asé, veló lanu — למענך אלקינו עשה ולא לנו, “Por Ti, Dios nuestro, hazlo, y no por nosotros”. En Iom Kipur llega un momento en que dejamos de presentar argumentos. No decimos: “Perdónanos porque lo merecemos”. Al contrario, reconocemos nuestra pobreza espiritual: Reé amidateinu dalim vereikim — ראה עמידתנו דלים וריקים, “Mira cómo estamos ante Ti, pobres y vacíos”.

Dalim vereikim, “pobres y vacíos”, no significa desesperación. Expresa bitul, la anulación del ego ante Hashem. Llegamos ante Él sin pretender que nuestros méritos nos den derecho a exigir nada. Es como decir: “Hashem, quizá no tengo suficientes méritos para presentarte, pero tengo mi vínculo contigo”. Y precisamente cuando dejamos de depender de nuestros propios méritos puede revelarse una misericordia que está por encima del cálculo de mérito y culpa.

Desde el Jasidut, ésta es una de las profundidades de Iom Kipur. Durante el año nuestra relación con Hashem puede percibirse dentro de un sistema de medida: una mitzvá genera mérito, una averá requiere reparación. Pero en Iom Kipur se revela una dimensión más profunda: la esencia del alma, la Iejidá, cuyo vínculo esencial con Hashem no puede ser destruido por el pecado. El pecado puede ocultar esa unión, pero no puede eliminarla. La teshuvá de Iom Kipur permite retirar aquello que la oculta y revelar nuevamente lo que siempre estuvo allí.

También es significativo que digamos Darkejá Elokeinu. El Nombre Elokim está asociado en la Cabalá con din y guevurá, juicio, medida y ocultamiento. Sin embargo, precisamente aquí hablamos de la paciencia de “Elokeinu”. Esto revela que en la raíz incluso el juicio divino contiene misericordia. Hashem no juzga para destruir, sino para rectificar. Incluso la guevurá tiene como finalidad última permitir que el hombre regrese a su verdadera raíz.

Hay aquí también una enseñanza fundamental para nuestra relación con los demás. Si el camino de Hashem es lehaarij af, tener paciencia incluso con quien todavía no se encuentra donde debería estar, nosotros también debemos intentar incorporar algo de esa cualidad. No debemos definir a una persona únicamente por su peor caída ni confundir al ser humano con el error que cometió. Debemos saber dejar espacio para la teshuvá, el crecimiento y el cambio.

Éste puede ser uno de los mensajes más profundos de Darkeja Elokeinu: Hashem mira al ser humano no solamente según lo que es en este momento, sino también según aquello en lo que todavía puede convertirse. Su paciencia expresa la posibilidad permanente de regresar. Por eso nos presentamos ante Él dalim vereikim, pobres y vacíos, pero nunca desesperados. Precisamente cuando dejamos de decir “dame porque merezco”, podemos decir algo mucho más profundo: “Hashem, aunque no tenga nada que presentarte, sigo siendo Tuyo”. Y allí, más allá del mérito y del cálculo, se revela la misericordia esencial de Hashem y la unión esencial del alma con Él.


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