PARADOJAS DEL EGO

ESTUDIO SEMANAL: Parashá Jukat

Nuestra parashá comienza,

Este es el estatuto de la Torá que Di-s ordenó, diciendo: hablad a los Hijos de Israel y que os lleven una vaquilla perfectamente roja y sin defecto alguno, a la que no se le haya puesto yugo.[1]

La novilla roja fue sacrificada y quemada junto con una mezcla de madera de cedro, hisopo y un hilo carmesí hasta que solo quedó ceniza. Estas cenizas, una vez mezcladas con agua pura de manantial, se rociaban sobre las personas que habían quedado ritualmente impuras por haber entrado en contacto con una fuente de impureza suprema – normalmente la muerte. La palabra hebrea para “estatuto” en este versículo es jukat (חֻקַּת), el nombre de nuestra parashá.

Esta palabra indica un tipo de mitzvá, un mandamiento que trasciende o incluso desafía la lógica normativa. La pará adumá, el ritual de la vaca roja, se considera el estatuto cardinal o jok de la Torá, ya que paradójicamente purifica a quienes son impuros por su contacto con la muerte, pero, al mismo tiempo, contamina a quienes prepararon la mezcla de las cenizas purificadoras y el agua del manantial. ¿Cómo puede el mismo conjunto de elementos purificarse y contaminarse simultáneamente? Según la tradición, ni siquiera Salomón, el hombre más sabio, pudo resolver esta paradoja.[2]

Un análisis psicológico

El Ba’al Shem Tov ofrece un análisis psicológico profundo de este ritual paradójico de una manera relevante para cada persona, en cada generación.[3] La depresión, la tristeza, la inacción, la baja autoestima y el letargo se equiparan espiritualmente con la muerte. Cuando uno está en tal estado, la inclinación malvada susurra al oído todas las razones del mundo para hacerle creer que no es digno o capaz de iniciar o lograr nada. ¿Qué se puede hacer ante una situación así?

El Ba’al Shem Tov propone emplear – el propio orgullo – algo que normalmente se considera tabú en el pensamiento jasídico. Para levantarse con energía renovada y liberarse de la desesperación, se necesita un poco de orgullo propio. Hay que decirse a uno mismo: “el mundo fue creado para mí.”[4] Si no actúo, quién sabe qué pasará con todo el mundo. Di-s cuenta conmigo para que me ponga en marcha, para que tome la iniciativa y tenga éxito. Soy el único capaz de actuar ahora mismo. En lugar de la humildad habitual, el Ba’al Shem Tov nos anima en estas situaciones a recordarnos que no somos insignificantes, sino que hemos sido creados “a imagen de Di-s”.[5] De este modo, convertimos la impureza de la inacción y la desesperación en un estado emocional de energía, fuerza e incluso orgullo propio.

Sin embargo, aquí es donde surge la paradoja: al actuar con estos pensamientos en mente, es inevitable que el orgullo propio y la arrogancia se cuelen en nuestra mente y profanen espiritualmente el acto positivo que se está realizando. La solución a esto es adoptar un profundo sentido de humildad, especialmente cuando actúas con un “espíritu elevado”, y especialmente tras completar una tarea con éxito.

Se puede lograr esto pensando, de forma sencilla y sincera, que el mérito de este buen acto que acabo de realizar es de Di-s, no mío. Sin Di-s dándome vida, sin Di-s dándome la capacidad de actuar, nada de esto habría pasado. Esta explicación del Ba’al Shem Tov revela cómo este ritual misterioso y paradójico de la vaca roja puede aplicarse a situaciones muy reales de la vida.[6]

Más sobre el ego

En línea con la idea del Ba’al Shem Tov sobre cómo hacer que este ritual paradójico sea altamente relevante para cada persona, procedamos brevemente a explorar otras ideas de la Torá sobre la naturaleza paradójica del yo y el ego. Por supuesto, este es un tema extenso y profundo más allá del contexto de un artículo breve, pero, aun así, vamos a traer algunos puntos relevantes sobre los que merece la pena reflexionar.

El yo y el no ser

Ego significa literalmente “Yo”. La palabra hebrea para “yo” es ani (אֲנִי). Tiene las mismas letras, pero permutadas de forma diferente a la palabra hebrea para el aparentemente opuesto no-ser, a veces traducida como “nada”, (אָיִן), pronunciada ayin. El ego, según Jasidut, se rectifica y eleva mediante un proceso constante de auto-anulación. El objetivo no es aniquilar el ego, sino purificarlo del egoísmo, los celos, la codicia y el deseo de honor y poder. Idealmente, uno debería esforzarse por experimentar tanto el “yo” rectificado como una sensación de anulación espiritual en cada momento.

Rectificar el Ego

Las letras de la palabra para “sabiduría”, jojmá (חָכְמָה), cuando permutan, pueden leerse como “el poder de qué”, coaj mah (כֹּחַ מָה), la capacidad de visualizar la esencia.[7] La sabiduría es el primer nivel consciente del intelecto, pero mantiene vínculos con niveles superiores de esencia pura dentro de la corona, la más elevada de las sefirot, donde existe un sustrato conocido como moja stima’a o la “mente oculta”.[8] Por tanto, la sabiduría, comparada con un destello de intuición, una idea brillante o una revelacion, no se deriva simplemente de la deducción lógica, sino que surge de este cerebro oculto en el nivel superconsciente de la corona.

La palabra “qué” (mah) también es una palabra clave para el aspecto motivacional interior de la sabiduría – el poder de qué – conocido como bitul, o autoanulación, como en la afirmación de Moisés, quien la propia Torá atestigua que fue el más humilde de todos los hombres: «¿Qué somos nosotros [Moisés y Aarón] que murmuran contra nosotros.»[9] Acceder a este nivel de sabiduría solo se obtiene a través del bitul, la autoanulación del ego.[10]

Cuanto más hacemos Su voluntad nuestra voluntad y sometemos nuestro alma animal al alma Divina que hay en nuestro interior, más rectificamos el ego. Bitul consiste en dejar el ego a un lado, abriendo el alma a un nivel superior de sabiduría. La autoanulación depende de sentir un verdadero aprecio por cada momento de la vida, reconociendo que todo es un regalo de Di-s.[11]

La humildad de Moisés

Estrechamente asociada a un ego rectificado está la humildad, como se mencionó antes. El Midrash afirma que la Torá fue dada en el desierto, un lugar que simboliza la sencillez y la humildad. Esta visión también explica por qué Di-s dio la Torá al pueblo judío a través de Moisés, pues la propia Torá da testimonio de que Moisés fue el hombre más humilde del mundo.[12] La humildad, que implica un alto nivel de depuración del ego, no disminuyó el poder de Moisés; paradójicamente, lo aumentó exponencialmente.

Moisés era considerado un rey, una posición vinculada a la sefirá de reinado. La fuerza motriz interna de reinado es, paradójicamente, el shiflut, un profundo sentido de humildad existencial. Sin embargo, el sentido del shiflut de Moisés fue en realidad su fuente de fortaleza para liderar al pueblo durante 40 años.[13]

Moisés había conquistado su ego hasta tal punto que Di-s le habló “cara a cara”, como ningún otro ser humano antes ni después.[14] Recibió la Torá en nombre del pueblo judío y la transmitió a la nación como una herencia eterna. Si merecemos o no, como individuos, el regalo y la herencia de la Torá depende, en última instancia, de nuestras propias capacidades para conquistar nuestro ego, orgullo e ira, y alcanzar niveles genuinos de autoanulación y humildad.

Hacer espacio para la Torá

Esta idea se encuentra metafóricamente en la parashá Jukat: “Esta es la Torá respecto a un hombre que fallecía en una tienda.”[15] Aunque, a nivel literal, este versículo y el pasaje posterior parecen tratar sobre la pureza ritual de una tienda y los objetos que hay en ella después de que alguien muere en ella, sin embargo, a nivel alegórico, el sabio Reish Lakish, aplica el versículo a un erudito de la Torá: “¿De dónde sabemos que la Torá solo se establece por quien da la vida por ella?” Como dice: ‘Esta es la Torá respecto a un hombre que fallecía en la tienda.'”[16]

Las tiendas a las que se refiere aquí son las de Iaacob, de quien se dice: “Iaacov era un hombre íntegro, que moraba en las tiendas.[17] Rashi explica que estas son las tiendas de Torá. Obviamente, Reish Lakish no está sugiriendo que un erudito de la Torá en ciernes deba estudiar tan intensamente hasta el punto de perder la vida. Más bien, quiere decir que para alcanzar un entendimiento profundo y fundamental de la Torá, hay que experimentar una muerte del ego, de modo que haya “espacio” para que las verdaderas enseñanzas de la Torá penetren en la mente y el corazón.

Es interesante observar que no solo la adquisición de la Torá se equipara con la “muerte del ego”, sino también el amor, como se expresa en el Cantar de los Cantares: “Grábame como un sello en tu corazón, como una marca en tu brazo, porque el amor es tan fuerte como la muerte.”[18] El amor verdadero implica un gran desinterés y rectificación del ego para crear un espacio real para otra persona en nuestros pensamientos, habla y acción.[19]

Antes de recibir la Torá, Israel proclamó “haremos y escucharemos”, una declaración de confianza, fe y amor a Di-s. Significativamente, con cada palabra que Di-s nos dijo en el Sinaí, nuestras almas abandonaban nuestros cuerpos y experimentaban una especie de muerte. Se enviaron ángeles para revivir al pueblo.[20]

La bendición y maldición del ego

 Otra observación importante sobre el ego se basa en la lectura de este versículo en Deuteronomio por parte de Ba’al Shem Tov: «En aquel momento me encontraba entre Di-s y vosotros para transmitiros la palabra de Di-s».[21] Explicó que cuando Moisés afirmó que “Yo estaba entre Di-s y vosotros”, quiso implicar que “el aspecto del ‘yo’- el ego – está entre tú y Di-s.”

En realidad, aquí hay una gran paradoja. En esencia, el alma Divina está en armonía con Di-s y no tiene un estatus real de independencia, pero Di-s ha moldeado a los seres humanos de tal manera que se sienten bastante independientes. (Esta misma paradoja obviamente comparte muchas similitudes con la paradoja del libre albedrío humano y la Providencia Divina y la Omnipotencia.)

Inherentemente, el ego no es ni una bendición ni una maldición, todo depende de cuánto depuremos nuestro sentido del yo. A veces el ego realmente se interpone entre nosotros y Di-s, entre nosotros y los demás, e incluso entre nosotros y nuestra verdadera naturaleza. La verdad es que, la mayoría de las ocasiones, el ego se interpone entre nosotros y todo lo demás. Sin embargo, esto solo ocurre cuando permitimos que el ego actúe sin control, cuando permitimos que nuestros impulsos animales dominen por completo sobre nuestros pensamientos, habla y acción. No obstante, cuando canalizamos el ego en la dirección correcta, se convierte en un instrumento saludable para hacer el bien y ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos en la vida. Al depurar y purificar el ego a través del verdadero altruismo, se revela nuestra verdadera alma. Entonces nos damos cuenta de que el ego, el “Yo”, es simplemente el alma animal no rectificada que, cuando se deja a su suerte, nos lleva a un lodazal interminable de celos, ira, egoísmo y la búsqueda de poder y control.[22]

En última instancia, cuando el alma lucha por su plenitud y realización, paradójicamente, conduce a su propia anulación. Un ego rectificado, imbuido de la conciencia constante de que el alma es una parte real de Di-s en lo Alto y que no hay nada más que Di-s, encuentra su plenitud en el dictamen de los sabios: «Haz Su voluntad, tu voluntad, para que Él haga que tu voluntad sea como Su voluntad. Anula tu voluntad ante la Suya, para que Él anule la voluntad de otros ante la tuya.”[23]


[1] Números 19:2.

[2] Eclesiastés 7:23; Bamidbar Rabá 19:3

[3] Ba’al Shem Tov Al HaTorá, jukat.

[4] Sanhedrín 37a.

[5] Génesis 1:27.

[6] La Dimensión Interior: Perspectivas sobre la porción semanal de la Torá, Jukat.

[7] Anatomía del alma, p. 91.

[8] El misterio del matrimonio, p. 434.

[9] Éxodo 16:7.

[10] Anatomía del alma, p. 91.

[11] Las Letras Hebreas, p.69.

[12] Números 12:3.

[13] Lo que necesitas saber sobre la Cábala, p. 113.

[14] Éxodo 33:11.

[15] Números 19:14.

[16] Berajot 43b.

[17] Génesis 25:27.

[18] Cantar de los Cantares 8:6.

[19] El Misterio del Matrimonio 171-2.

[20] Ibid.

[21] Deuteronomio 5:5.

[22] El misterio del matrimonio, pág. 402.

[23] Ibid., p. 378.

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